La Feria

Unos caciques muy raros

Esa etiqueta de cacicazgos sobre lo que podría ocurrir en Morena es desempolvada de tiempos de los priistas.

Muchas veces en la prensa se improvisan categorías para explicar lo que ocurre. Algunas son inéditas, pero las hay resucitadas. En el caso de Morena, en no pocas ocasiones se le compara con el viejo PRI. En estos días de destapes, por ejemplo, algunos hemos dicho que el proceso tiene el defecto de que, empoderando a gobernadores, podría alentarse la formación de neocaciques.

No pocos de las y los candidatos ganadores de las “coordinaciones” que enmascaran la ilegalidad de campañas adelantadas son cercanos a los gobernadores (en el caso de los estados regidos por Morena), y se han dado situaciones, notoriamente Nayarit, donde se tuvo que buscar una solución intermedia porque, al no quedar el que el gobernador quería, este pudo vetar a una que él no quería.

Dado que Morena está lejos de tener una vida institucionalizada (entre que es una organización con apenas tres lustros, entre que su fundador no dejaba que le enmendaran ni una coma, entre que la presidenta no se asume plenamente como dirigente de un partido de Estado… la maduración se ve lejos), el peso de esos gobernadores en los comicios podría abrir la puerta a cacicazgos.

Esa etiqueta de cacicazgos sobre lo que podría ocurrir en Morena es desempolvada de tiempos de los priistas (los panistas, que sin duda tuvieron su cuota de satrapía, no llegaron a tanto como para presumir que instalaron su propia era caciquil). Que el Verde y la mandataria de los jets, Mara Lezama, por ejemplo, impusieran al candidato en Quintana Roo abre, de golpe, la ventana a la impunidad de ese clan.

Gonzalo N. Santos, catálogo y fuente de anécdotas y dichos del perfecto truhán de esa época de caciques del priismo clásico, solía decir que en San Luis Potosí no se necesitaba un gobernador, que con un velador bastaba. Él se asumía dueño de la entidad, y solo requería de quien encendiera las luces y la hiciera de sereno. La fanfarronería no era gratuita: muertes, despojos y amenazas la hacían temible.

¿Aprenderá Morena en cabeza ajena? ¿O esas clases de historias, que tanto gustaban a Andrés Manuel López Obrador y que tanto ha retomado la presidenta Claudia Sheinbaum, no incluyen revisar qué pasa cuando a un gobernante local se le deja rienda suelta, cuando la fiscalía y el Congreso de la Unión toleran delitos y vicios de los compañeros, cuando se garantiza impunidad a los de casa?

Mas esa etiqueta puede ser equívoca porque no explica cosas que ocurren hoy en Morena. Y es que un sobreentendido de que el centro volteara a otro lado y desatendiera su obligación de también someter al imperio de la ley al cacique, era que éste tuviera el estado en paz, que la sangre no llegara al río, que la gobernabilidad fuera mayor que el escándalo de imponerla, así fuera por la mala.

¿Es un cacique de diccionario el gobernador de Oaxaca Salomón Jara, que fue incapaz de ver que el exalcalde de Juchitán era, según la Federación, el extorsionador en jefe de ese importante municipio? ¿Será que ya no hacen a los caciques como antes y que Jara ni escuchó ni se enteró de tan grave situación?

Tan raro como el caso de Marina del Pilar Ávila, que siendo favorita de AMLO y de Sheinbaum y madrina de la candidata a sucederla en Baja California, no se enteró en las que andaba su hasta hace poco marido, ayer martes señalado por Estados Unidos de operador para el narco.

El cacique era émulo del imperial presidente. Si en el país no se movía una hoja sin que el primer mandatario lo supiera, a escala, en los estados, se repetía lo mismo. De todo se enteraba el gobernador, nada ocurría en la entidad sin su venia, tolerancia o complicidad.

Vamos a tener que buscar nuevas categorías para estos caciques –inocentes víctimas de las circunstancias– tan poco sabedores de lo que ocurría en un municipio como Juchitán, o en su propio domicilio de Mexicali con su cónyuge.

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