Claudia Sheinbaum culmina el ciclo del primer tercio de su gobierno con todo en la mesa para hacer cambios. La ocasión del informe anual sobre el estado de la nación suele abrir expectativas en torno a movimientos en el gabinete, decisiones de gran calado o meras, pero para nada triviales, definiciones de ajuste de rumbo. ¿En qué ámbitos podría la presidenta definir una renovación?
Cualquier herencia recibida por Sheinbaum queda a partir de ayer para la anécdota. Si tuvo demasiados entenados en la primera línea de la administración, si el juego de las corcholatas empoderó a sus contrincantes, si el partido no acaba (o siquiera inicia) su institucionalización… esas y otras consideraciones pertenecen al pasado. La presidenta es la única responsable de su gobierno.
Y lo mismo aplica para todo aquello ocurrido antes de octubre de 2024, lo que incluye particularmente los hechos de las administraciones de Peña Nieto, Calderón, Fox y hasta Zedillo. El recurso de culpar al neoliberalismo de algo actual es puro torear para la tribuna, truco que al final no salvará a la presidenta del juicio de la historia por lo que haya hecho o haya fallado desde octubre de 2024.
Morena está contra la pared en términos de imagen pública. Los escándalos tipo Rubén Rocha —que hay que insistir en que no empezó cuando en abril una corte de Nueva York solicitó su detención, sino mucho antes— y aquellos debidos a las “excentricidades” y “lujos”, palabras usadas ayer por Sheinbaum, de tanto obradorista, han dañado la marca del partido creado por López Obrador.
Ante eso, el movimiento ha prometido revisar las trayectorias de los miles de aspirantes que querrán aprovechar la, a pesar de todo, ventaja de Morena en la mayoría de los momios rumbo a las elecciones de 2027, cuando se renovarán 17 gubernaturas, la Cámara de Diputados federal, y cientos de alcaldías y diputaciones locales. Hacer solo eso sería desaprovechar una oportunidad de oro.
Una cosa es lo obligado y otro lo ideal. A la presidenta le debería ocupar esto último. Cómo convertir el obligado filtro en la selección de candidatos en una renovación del obradorismo, en una corrección, un retorno al origen, en una depuración puntual de aquellos tocados por la tentación de lo material, incluidos quienes ambicionan crear o retener fueros con el único fin de servirse a sí mismos.
También llegó el momento de tirar lastre del gabinete. La presidenta ha confiado en demasía en su método de encargarse ella de múltiples tareas. Ese proceder le ha hecho enfrentar personalmente en no pocas ocasiones las consecuencias de la falta de capacidad de sus colaboradores. Ella en el informe presumía que lleva 475 mañaneras, cuántas de esas no la desgastaron al asumir lo que tocaba a otros.
Si el discurso de ayer de Claudia fue ayuno en grandes (o siquiera medianos) anuncios, si “el día de la presidenta” no fue aprovechado para salidas o enroques en el gabinete, si no le hizo evidente vacío a ninguna gobernadora por viajera frecuente que sea de jets privados o por su proclividad a contratar coyotes para recuperar su visa estadounidense, ¿será que la presidenta no desea una renovación?
Tiene no solo la autoridad para hacerlo, sino la obligación de procurar las mejores condiciones para el resto del sexenio. Si en las candidaturas no se asegura que lleguen no solo personas limpias sino comprometidas y capaces, si no se deshace de gente que en su equipo no está a la altura de su misión, la única responsable de todo lo que no se logre, desde el gobierno y el movimiento, será ella.