La Feria

Queremos tanto a Andy

Andy dio hace días en la Condesa nueva muestra de que a sus tiernos 40 años le falta estatura política, disciplina personal y olfato para detectar lo denso que está el aire.

Las campañas son el diablo. En unos cuantos meses un candidato se juega todo. Gana o pierde. En las del Senado hay premio de consolación al mejor perdedor, en la mayoría de las otras, te vas a la nada. ¿Alguien recuerda a algún candidato a alcalde que presuma, de ser el caso, que alcanzó una regiduría? Se trata solo de ganar. Y de nada más.

Quien entra a una campaña, así sea cuando ni siquiera lleva el nombre de precampaña, se sabe vulnerable. Todos sus pasos y dichos serán vistos con lupa por adversarios —para empezar, y tenazmente, por compañeros a los que desplaza; o por quienes dentro de su misma organización se verían amenazados si triunfa: no solo se quiere derrotar a los de afuera—.

Como Andrés Manuel López Beltrán sabe lo anterior (no es neófito y tuvo maestro), ¿será que el humo de tanto año a la sombra del poder le impide advertir el riesgo que corre, los incentivos para abollarle la candidatura a San Lázaro? Porque Andy dio hace días en la Condesa nueva muestra de que a sus tiernos 40 años le falta estatura política, disciplina personal y olfato para detectar lo denso que está el aire.

Andy fue enviado al distrito 6 federal de Tabasco para enmendar su pésimo desempeño en Morena como operador electoral, por un lado, y el fiasco por sus vacaciones en Japón —incluida la indolente “justificación” que publicó al respecto—, por el otro. Con su nombre, y en la tierra de su padre, es correcto el cálculo de que perder está fuera de la ecuación; mas ganar bien, convencer, es lo obligado.

Un Andy arribando a la Cámara de Diputados tras una campaña comentable y la percepción de que escribió algo a nombre propio es muy distinto a lo que se perfila hoy: una beca, con operadores incluidos, para quien mata la tarde en un restaurante, en derroche no solo del tiempo que se supone que era para transformar, sino de los recursos que nunca ha terminado de explicar y menos justificar.

Andy podría ser el poder en la Cámara de Diputados que arranca justo en un año. El diputado non de una bancada en la que sus integrantes corren a cobijarse bajo el nombre de su padre de los vendavales provocados por sus tantas insuficiencias. Se le daría natural aglutinar a sus compañeros tras una campaña “a la López Obrador”. Pero no es Andrés Manuel, sino Andy. Aquél prefiere Macuspana, éste la Toscana.

No es el vino caro, ni la fumadera lo que terminará costándole liderazgo dentro de San Lázaro y en Morena en general. Es que en vez de aportarle a las y los compañeros, como siempre hacía su progenitor, serán ellas y ellos, los candidatos en todo el país, los que tendrán que cargar, por si les hiciera falta al jugarse el destino en sus respectivas campañas, con el fardo de justificar a un vaquetón.

“En Tabasco de niños nos tocó sufrir”, dice Andy en el documental “Esto soy”, difundido por AMLO en 2017. “No somos estos juniors abusivos del poder, nosotros no vamos a ser parte del gobierno, no creemos en el nepotismo, creemos que es una lacra más de este sistema”. Qué mal están envejeciendo esas palabras. Porque sí, a los candidatos también les reviven su pasado, y el suyo qué lejos quedó.

Andy parece decidido a ser piñata en la elección, y se afana en meterle fruta. La oposición, agradece; y en una de esas también varios de sus compañeros que preferirían a otro líder en San Lázaro.

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