La Feria

Roxana Guzmán no atestiguó el quinto partido

La historia de la tortura y asesinato de la periodista escuece, justo la emoción contraria a las que nos han traído estas semanas el futbol.

El 2 de junio, cuatro hombres encapuchados derribaron a mazazos la puerta de la casa de la periodista veracruzana Roxana Guzmán Ramírez. La violencia del allanamiento quedó grabada en un video que se convirtió en recordatorio de que en México, el país que entonces contaba las horas para la inauguración mundialista, el monopolio del uso de la fuerza no es del Estado, sino de criminales.

Esa mañana en Nanchital, Veracruz, Roxana, voz de Pulso Informativo del Sureste, pensaba ir a hacer ejercicio. Sus captores la hincaron y esposaron. Hoy sabemos que en un vehículo compacto fue trasladada al municipio de Moloacán. Cuando circuló el terrible video del rapto, la opinión pública nacional discutía si la CNTE podría impedir el Mundial, y la negativa de Sheinbaum de entregar a Rocha a Estados Unidos.

Los siguientes días hubo cada vez más información de la llegada de las selecciones que jugarían en México su partido inaugural y de los preparativos como país sede. En el sureste mexicano, en cambio, la pista de Roxana era invisible para las autoridades estatales.

Luego, México pasó todo un mes de algarabía. Del 2 de junio al 2 de julio, la selección nacional se anotó una marcha perfecta. Cuatro juegos, sendas victorias y la portería sin gol. De ensueño. En la familia de Guzmán Ramírez, y en parte del gremio, las cosas no estaban para festejos. La gobernadora Rocío Nahle desestimó que el rapto fuera por la actividad periodística de Roxana, mientras la presidenta Sheinbaum prometía a la madre de la comunicadora que habría búsqueda.

El 25 de junio se encontraron unos restos humanos en un rancho a 20 kilómetros de Nanchital. Y el viernes 3 de julio, tras cumplirse justo un mes del secuestro, la noticia de la muerte de Roxana fue confirmada por la fiscalía del estado de Veracruz. La historia de la tortura y asesinato de la periodista escuece, justo la emoción contraria a las que nos han traído estas semanas el futbol.

Un personaje apodado El Delta 7 la torturó y asesinó. La novia de ese individuo —detenidos ambos el 25 de junio en Coatzacoalcos— ayudó a esconder pistas del homicidio. El martirizado cuerpo de Roxana fue calcinado en un tambo con capacidad de 200 litros. Cuatro policías de Ixhuatlán del Sureste llevaron el diesel para quemar los restos de la periodista. Esos uniformados también alimentaban a los asesinos.

En total hay ocho detenidos, los cuatro policías mencionados, y tres hombres y una mujer (la novia de El Delta 7 a la que apodan La Hiena) que formarían parte, según las autoridades, de una célula del grupo Sombra o Mafia Veracruzana, cártel acusado del asesinato hace justo un año de la maestra jubilada y taxista Irma Hernández: todos vimos el video donde, arrodillada, Irma dice que con “la mafia veracruzana no se juega, paguen su cuota”, pero para la gobernadora Nahle la maestra murió a causa de un infarto: “les guste o no les guste”, lanzó retadora.

Roxana Guzmán no pudo ver el quinto juego. Cuando ella nació el tricolor en México 86 ya era un mito instantáneo que ahora se reedita. Esta columna se entrega antes del partido entre Inglaterra y la selección nacional mexicana. Hoy podremos seguir soñando o padeceremos el comienzo de la resaca mundialista. La periodista no tuvo la oportunidad de vivir nada de eso.

Roxana dejó a su familia en el dolor en medio de gritos de “¡Viva México!”. El salvajismo de su muerte recuerda que el Estado en México es una entelequia: los partidos políticos se disputan el presupuesto sin garantizar gobiernos que den seguridad a la gente.

La muerte de Irma Hernández a finales de julio de 2025 a manos del mismo grupo delincuencial en Veracruz fue un horror sin consecuencias. El gobierno estatal y federal fracasaron en hacer de esa ejecución un punto final del cártel que ha vuelto a matar con saña.

Ni Irma Hernández, ni Roxana Guzmán pudieron ver la ilusión de un país por el Tri de Mora. Se los impidió el crimen organizado —que seguro ayer también celebró, o lamentó, el resultado— y los negligentes gobiernos que se autocongratulan con estadísticas a la baja.

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