La Feria

La salida de Claudia: ya no “corregir” el pasado

A la presidenta le queda tratar de incidir dentro, en cambiar lo que sí puede a nivel local (en un país que abrazó el TLCAN, luego el T-MEC, y otros tratados aperturistas en términos de comercio, decir local incluye a inversionistas foráneos).

La presidenta Claudia Sheinbaum ha de intentar pronto algo distinto, porque todo lo que ha hecho tiene un saldo negativo en cuanto al crecimiento de la economía. Si eso resulta justo o injusto, es otra discusión. Es lo que es.

Resulta obvio que el proteccionista Donald Trump –que con sus sangrientas aventuras bélicas además impacta los precios de energéticos, de fertilizantes, etc.– constituye una variable que la mandataria ni pidió ni tiene margen para cambiar, por mucha cabeza fría que ponga.

Ante tal panorama, a la presidenta le queda tratar de incidir dentro, en cambiar lo que sí puede a nivel local (en un país que abrazó el TLCAN, luego el T-MEC, y otros tratados aperturistas en términos de comercio, decir local incluye a inversionistas foráneos).

Sheinbaum fue elegida con el mandato de seguir lo iniciado en 2018. Y ha cumplido prácticamente a pie de página con las líneas generales del Plan C, elaborado en su momento por el fundador de Morena.

Polémicas reformas, como la judicial, y obras que devoran ingentes recursos han consumido el primer cuarto del sexenio claudista. Así que, cuando el domingo, al inaugurar el tren al AIFA, Sheinbaum dijo: “cumplimos”, debiera creérselo ella misma. Es hora de otra cosa.

Hora de otra cosa no significa vuelta en U, ni renuncia a los principios, menos aún ruptura. Hay que evitar la trampa de que solo hay una ruta, de que todo cambio es traición, de que cualquier corrección atenta contra el legado, de que el ajuste es, digamos, aburguesamiento.

Significa realinear el discurso para que el equipo trabaje en una sola dirección. Definir, por tanto, una narrativa que tenga claro que sin crecimiento no hay viabilidad de los programas sociales ni un futuro donde, al fin, los servicios públicos de salud y educación sean dignos.

La presidenta debe declarar que un ciclo ha concluido. Convocar a su equipo, primero, y a la sociedad, después, al arranque de una nueva etapa. Establecer las reglas del momento siguiente. Firmar con propios y extraños los términos de un nuevo contrato.

Claudia Sheinbaum tiene alta popularidad y finanzas al borde del precipicio. Lo primero no dura si lo segundo permanece o se agrava.

Para alejar a la economía del peor escenario, debe hacer que aquellos que podrían probarse como sus aliados en el esfuerzo de echar a andar la inversión tengan fe en que habrá un juego nuevo.

La realidad ya le dijo a Sheinbaum que no le gusta la reforma judicial, ni la UIF, que puede congelar cuentas sin más, ni un SAT proclive a hacer como que no existe límite ni cosa juzgada. Y la realidad no es tan ingenua como para pensar que la elección judicial tiene remedio.

¿Qué queda? Como en cualquier organización, detenerse un poco y ver claramente que urge un cambio; que la inversión quizá vuelva si hay una enmienda creíble, una donde ya no habrá cacerías de brujas, retroactividad a contentillo o amagos tipo “les echamos al SAT”.

Algunos dirán que sería oportuna una moratoria. O un “borrón y cuenta nueva”. O un “de aquí para adelante”. Son palabras y decisiones polémicas. Toca a la presidenta ver si eso, o algo parecido, se requiere para que el capital dé por bueno su afán por revivir la economía.

El gobierno justifica creativas (es un decir) auditorías del SAT diciendo que se trata de corregir errores del pasado. Al reabrir casos cerrados, con el consabido calambre que mete desconfianza, quizá consiga lo que busca: acabar con lo que quedaba del ayer, pero sin construir nada para mañana.

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