Hace 40 años, Chihuahua marcó un hito por el autoritarismo priista con el “fraude patriótico” contra el PAN; hoy, con el enredo de la CIA, la gobernadora panista de ese estado dilapida lo poco que restaba de la imagen del panismo como una oposición seria y leal a México.
Falta mucho por saberse del involucramiento de la CIA en operaciones en Chihuahua gracias a acuerdos con el gobierno de Maru Campos, que en 2027 entregará el puesto. Pero cada cosa que ha ido saliendo a la luz desde el domingo embarra más y más a la gobernadora.
La noticia de un accidente serrano, en el que murieron cuatro personas el fin de semana, ha destapado lo que tiene la pinta de un escándalo mayor. Dos policías de Chihuahua y dos agentes de la CIA murieron en un coche desbarrancado. Eso es lo único en firme.
Desde entonces, la bruma se ha ido disipando, y no necesariamente para bien.
Ahora sabemos que la CIA habría participado en al menos tres operaciones con la administración de Maru Campos, mismas en las que el gobierno federal parece haber sido ninguneado por partida doble: sin que eso los exima de responsabilidad, a la Federación le habrían ocultado los operativos y/o la capacitación tanto el gobierno de Estados Unidos como el de Chihuahua.
En el centro del huracán está Maru Campos, cuya respuesta no solo ha sido tardía, sino cada vez más inverosímil desde el día mismo en que se supo del “accidente” –cuando ella estaba, a gusto, en la Feria de Aguascalientes– hasta ayer, cuando la presidenta Sheinbaum reveló en la mañanera que, tras que la gobernadora dijera en público que pediría una cita con Claudia, esta la buscó y la mandataria estatal no estuvo disponible. La palabra increíble se queda muy corta.
Independientemente del signo de sus gobiernos, México se toma muy mal la operación de la CIA (y de otras agencias de seguridad de Estados Unidos), pero, si hace falta decirlo, particularmente de la CIA, a la que le achacan todo tipo de intromisiones.
Su posible rol en la muerte del periodista Manuel Buendía nunca fue aclarado. Antes de ser ejecutado en 1984, el columnista los traía de encargo, revelando casi tiro por viaje la identidad de sus agentes en México. Y fueron profusas las versiones de que estuvieron también involucrados en la muerte del agente de la DEA Enrique Camarena Salazar.
En todo caso, y volviendo al presente, la presidencia Trump II ha recordado a las y los mexicanos que toda suspicacia con respecto a malas intenciones de Washington se queda corta. La amenaza de una intervención armada de Estados Unidos en México es un riesgo hoy (muy) real.
Tal contexto hace insostenible la postura de Campos en caso de confirmarse que ella, de manera unilateral e inopinada, decidió marginar al gobierno federal de operativos (e incluso de meros entrenamientos) de agentes de la CIA a policías de Chihuahua.
La presidenta Sheinbaum repite cada vez que puede que en toda llamada telefónica resiste la presión de Donald Trump para que Estados Unidos ataque directamente al crimen organizado. Es una postura patriótica, digna y el mínimo esperable de un gobierno.
Si se confirma que la gobernadora de Chihuahua, en cambio, abrió unilateralmente las puertas de México a la intervención de la CIA, su situación sería insostenible. Y quizá, 40 años más tarde, daría algo de sustancia al argumento que el PRI esgrimía, ese de que no se podía permitir un triunfo del PAN en el fronterizo Chihuahua porque se lo entregarían a Washington.