La Feria

Sobre la herejía de Monreal

López Obrador, que tanto admira al general Cárdenas, tendría que aprender de éste la faceta de la construcción de un partido que aglutinó a todos los que le ayudaron a avanzar.

En el partido oficial, el año comenzó con una herejía. Ricardo Monreal, líder del Senado y compañero político desde hace un cuarto de siglo de Andrés Manuel López Obrador, se expresó abiertamente sobre lo que debería ser la ruta al interior de Morena. Pecado.

Si antes de 2022 el zacatecano había alertado sobre los peligros de una sucesión presidencial precipitada, en ese nuevo mensaje incurrió en cosa aún más delicada: al criticar el radicalismo en Morena contradijo el discurso del 1 de diciembre de AMLO.

Por eso, y porque Monreal no ha callado ante medidas judiciales en Veracruz que ve como un ataque, toda la semana se habló de que este viernes sus compañeros podrían darle un estate quieto.

Estas fueron las palabras con que Monreal inauguró 2022: “Los que creen que siendo más radicales pueden obtener el cargo o la posición política que anhelan, allá ellos. Se equivocan, porque no va a quedar país para nadie, el aniquilamiento sólo deja destrucción” (entrevista con Reforma, 9 de enero).

Le reviraron el Presidente, la jefa de Gobierno e influyentes militantes como Pedro Miguel: sólo hay una ruta: radicalizarse.

En esa misma entrevista Monreal ya anticipaba lo que ha enfrentado esta semana: él deploró la “pugna” al interior del movimiento, pero también la eventualidad de una “purga”.

La bancada de Morena del Senado había reunido 30 firmas en contra de una comisión pluripartidista que pretendía Monreal para vigilar al gobernador de Veracruz Cuitláhuac García, a quien acusa de encarcelar sin causa a un colaborador suyo.

La comisión es ya historia, pero el intento de revuelta protagonizado por media bancada en contra de quien los ha pastoreado desde 2018 dejará en mala posición a Monreal, pero los costos serían también para López Obrador.

Si realmente pretende imponer un legado político, el Presidente debería procurar la consolidación de su partido como una fuerza que no sólo trascienda al sexenio, sino que garantice la cohesión de la militancia, prohíje debates, corrija excesos y premie a los meritorios; y, sobre todo, que se constituya en factor para la efectiva ejecución de lo que autoridades emanadas del mismo se propongan, y de la vigilancia de lo mismo.

Morena vive hasta el día de hoy de la fuerza que le presta Andrés Manuel. Pasada la mitad del sexenio, y decretado el arranque de la carrera sucesoria, el partido tendrá que mostrar desde ya que puede procesar en su interior cualquier discusión e incluso disidencia.

López Obrador, que tanta admiración le manifiesta al general Cárdenas, tendría que aprender de éste la faceta de la construcción de un partido que aglutinó a todos los que le ayudaron a avanzar.

Monreal, con y sin la comisión, ha llamado a criticar a los miembros de Morena que no estén haciendo un buen papel. Antes que restarle, esa conducta da legitimidad al movimiento. Pero el Presidente le ha respondido permitiendo que corriera toda la semana la rebeldía de senadoras y senadores que no habrían estampado su firma sin contar con el respaldo de Palacio y sus incondicionales.

Qué paradójico que una de las pocas iniciativas del Senado para asumir su rol de vigilante de la República sea reventada para mostrar que no se debe disentir de AMLO, para quien no existen los pecados de ningún, literalmente ningún, militante moreno, salvo –por lo visto– el de la herejía de Monreal.

Si López Obrador no cuida a su operador de tantos años, si lo maltrata de más, padecerá lo que Zedillo: la rebeldía de un hábil político que tras ser marginado desfondó al partido que le humilló.

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