El caso Odebrecht, el de los videos con efectivo de Pío y Martín Jesús López Obrador, y hasta la reforma que quiere descabezar al INE llevan al mismo lugar: al dinero sucio que los partidos usan a pasto en las campañas electorales.
Desde hace una semana el presidente López Obrador y Ricardo Anaya se han trenzado en mucho más que un duelo verbal. El nivel de la confrontación –no hay manera de llamar debate a eso que atestiguamos– es útil tanto para la mañanera como para las redes sociales, pero tiene un trasfondo.
Quién sabe si Anaya tenga conciencia de que hacer enojar a AMLO es redituable para su causa judicial. Si el mandatario sigue llenando de adjetivos al panista, llamándole incluso ladrón, pues digamos que el queretano podrá alegar en su defensa que el gobierno mexicano vulnera la presunción de inocencia que es central en el debido proceso.
Pero más allá de la palabrería de ambos personajes y del ruido mediático que el caso ha suscitado, hay tres cosas graves.
Una, por supuesto, es comprobar que tenemos un presidente de la República dispuesto a tanto para quitar del camino a un adversario político, al que quiere sacar de una contienda que ni ha empezado, cobrándole supuestas traiciones a México en materia energética. La segunda, que no es nueva pero no deja de ser delicada, es el papelón de la Fiscalía General de la República, prestándose a ser el mazo de objetivos políticos de AMLO.
Pero de la tercera poco se ha dicho. Y esa es que lo que estamos viendo es una consecuencia del, digámosle de modo elegante, modelo ilegal de financiamiento de las campañas en México, en donde Andrés Manuel y Ricardo son iguales: productos y símbolos de un sistema electoral que es posible por el dinero ilícito que fluye a caudales en las campañas.
Dicho de otra forma. Si el sistema electoral mexicano fuera un poco más resistente al dinero corrupto, quizá Odebrecht habría tenido algo de dificultad para entregar millones a Lozoya. Los brasileños querían quedar bien con quien iba a ganar (Peña y su equipo) para obtener ventajas a la hora de futuros contratos con el gobierno. Parte de ese dinero acabó en las campañas.
Anaya por su lado, con el caso de los Barreiro, fue exhibido como alguien cuyas aspiraciones resultaron beneficiadas por la voracidad de empresarios asentados en Querétaro. Ese caso fue traído a la palestra por AMLO el lunes mismo en la mañanera. Otra raya al tigre del presupuesto negro en las campañas, incluidas las panistas.
El revire del blanquiazul el miércoles pasado fue de manual. Quiso llevar a sus terrenos al Presidente. Si me han de enjuiciar, que nos juzguen a todos, Andrés, fue el mensaje de Anaya. Su remate es el siguiente: a mí, a tus hermanos que reciben sobres de efectivo, y a ti, porque era dinero para proselitismo. Es decir, una realidad asumida: sin fondos de ese tipo no hay político que tenga posibilidades de ganar.
Finalmente: mencioné que quieren chutarse al INE como parte de esta misma lógica del dinero ilegal. Sí, porque Morena no va a perdonar que le evidenciaron con los fondos para la reconstrucción del sismo de 2017. Venganza gubernamental contra la autoridad que les exhibió en su carrusel para medrar con dinero que era para damnificados.
Los sobornos de Odebrecht, los dineros de los hermanos de AMLO, la cacería contra Anaya y la reforma electoral… Todo es por la lana, todo es para que nada cambie en campañas llenas de dinero ilegal.