Cuando el entonces recientemente electo vicepresidente Mike Pence fue en noviembre de 2016 a ver Hamilton, al final de esa función en Broadway el elenco leyó –de manera respetuosa– una declaración conjunta dirigida al colaborador de Donald Trump en defensa de Estados Unidos como nación de mujeres y hombres de los más diversos credos, colores y orientaciones.
Eso, recuerda a sus lectores Masha Gessen en Surviving Autocracy (Riverhead Books, 2020), enfureció a Trump, quien a pocos días de haber ganado la elección estadounidense reclamó vía Twitter que el teatro debería ser siempre un “espacio seguro” y demandó de los actores una disculpa para Pence.
Esta anécdota da pie a la autora para subrayar cómo el trumpismo captura palabras e incluso frases para vaciarlas de significado o darles uno completamente opuesto.
“La frase ‘espacio seguro’ fue acuñada para describir un lugar donde la gente que usualmente se siente insegura e impotente se sienta excepcionalmente segura. Asegurar que al segundo hombre más poderoso en el mundo se le tenía que otorgar un espacio seguro en público puso ese concepto totalmente de cabeza. Trump ejecutó el mismo truco con la frase ‘cacería de brujas’, repetidamente dijo que eso era lo que los demócratas estaban haciendo por haber lanzado una investigación sobre la injerencia rusa (a favor de Trump en las elecciones). Una cacería de brujas no puede ser lanzada por los perdedores, pequeños o grandes: el agente que realiza una cacería de brujas debe tener poder.
“De esa misma manera, Trump capturó y le dio la vuelta al término ‘fake news’. Hasta el otoño de 2016, ‘fake news’ se usaba para referirse a historias falsas proferidas por (el sitio de internet) Breitbart, los trolls rusos… El término era desafortunado –o es falso o es noticias, pero no ambas cosas– pero en poco tiempo fue ampliamente aceptado. Entonces Trump comenzó a aplicarlo a noticias de medios que él sentía que eran demasiado críticos hacia él, especialmente The New York Times y CNN. Darle la vuelta al término tuvo dos funciones: la clásica de un mentiroso, atrapado con las manos en la masa, que grita ‘mentirosos’ a sus acusadores, y posicionar a Trump como la víctima. El presidente se queja acerca de las ‘fake news’ como si los medios convencionales fueran más poderosos que él, lo suficientemente poderosos para tratarlo injustamente”.
“El otro talento de Trump es usar las palabras para que éstas no signifiquen nada”, dice la autora. Líneas más adelante señala que el clásico abordamiento trumpiano “para atacar el lenguaje es tomar palabras y arrojarlas a una pila sin significado”. Esas pilas “llenan el espacio público con estática, de la misma manera en que los contaminantes en una ciudad industrial pueden saturar el aire, haciéndolo tóxico y creando una neblina. Puede ser tan densa que los objetos sólo serán visibles de muy cerca, pero nunca en su totalidad y nunca realmente de forma nítida”.
Gessen, una especialista en Rusia, entre otras materias, señala que la “era Trump vio un incremento en el uso de palabras como ‘fascismo’, ‘golpe’ y ‘traición’, a menudo desplegadas menos en referencia de hechos o acciones específicos sino para señalar que los políticos estadounidenses estaban actuando en formas en que no deberían actuar. ‘Democracia’ se refiere a todo eso que extrañamos de lo que la política solía ser”, agrega.
Concluyo con otra cita de Gessen: “Hay palabras esenciales que deben ser rehabilitadas de la humillación a las que han sido sometidas, a menudo con la complicidad de los periodistas”.
Valga esto al cerrar en México una semana como la presente. Descansen.