Para seguir la marcha de una república dañada, herida diría alguno, sometida a presiones y tensiones que no eran fáciles de imaginar ayer, se requiere ánimo. La coalición ganadora se volvió gobernante, pero sus principales personeros y su máximo exponente han ejercido el gobierno a trompicones, forma que ha llevado a pensar que, detrás de todo el barullo gobernante, hay un plan no confesado de llevar su proclamada transformación cuarta a un radical cambio del Estado en la dirección de un sistema de participación prácticamente universal. Si fuera el caso, el Poder Legislativo iría perdiendo sentido y misión; de hecho, la vocación federalista sobre la que descansa, en el sentido amplio de la palabra, la propia Unión perdería sustancia y, al final de cuentas, razón de ser.
Todavía contamos, para el bien de todos, con las reservas que se han creado a lo largo de casi cuarenta años de lento tránsito a la democracia, a pesar de que se han tensado, de que su eficacia ha sido puesta a prueba en estos años de mutación convulsa, y del desgaste ocasionado por las arbitrariedades y los abusos por parte de muchos de los principales protagonistas y beneficiarios de un sistema político inspirado en encauzar el cambio político propio de un tránsito de tal magnitud, pero no se ha dado el paso que un experimentado Porfirio Muñoz Ledo veía como decisivo: hacer una reforma del Estado que lo transformara en democrático y representativo y lo volviera capaz de volverse pronto un Estado social propiamente dicho.
No hicimos la reforma necesaria, no la hemos hecho, y ahora resentimos el reclamo airado, plebeyo, de quienes piensan que esperaron demasiado de una democracia renuente a escuchar y a enmendar los circuitos más conspicuos que han articulado nuestra perenne desigualdad.
Nefasta inequidad que ha generado ánimos y permitido la creación de espacios propicios para discursos estridentes y extravagantes, para acciones y programas corrosivos dirigidos a quienes portan nuestro máximo mensaje de esperanza racional: los niños y los jóvenes sujetos de la educación pública.
Que hoy los mexicanos nos debatamos en una absurda “lucha de clases” en torno a los libros de texto; que asistamos a una salvaje quema de libros; que se rechacen los libros por contener mensajes comunistas; o que sean usados como pretexto para desprestigiar a un mexicano honorable y respetado como Lorenzo Córdova son datos “duros” de la degradación social que padecemos. Del vaciamiento de la política.
Señales peligrosas que, en un descuido, pueden arrastrarnos al peor de los carnavales. Aquellas etapas negras como las vividas en la tierra de Bach y Mozart, Marx y Hegel, Heine. Las locuras que incitaron a los barbaros militares chilenos, argentinos, uruguayos, brasileños… a torturar y sacrificar a miles de personas para “fundar una nueva civilización”.
Urge rectificar la ruta, corregir nuestras brújulas y reescribir nuestras cartas de navegación. De seguir así, nos dirigimos al desastre.