Rolando Cordera Campos

Triunfalismo y sigilo: lo peor

Reformar para mejorar nuestra construcción democrática no pasa por la demolición institucional ni por el avasallamiento o arrinconamiento del adversario.

Porfirio Muñoz Ledo, político de oficio e imaginación de Estado, nos llevó a ver nuestra circunstancia más allá de la elemental aritmética de los intercambios cotidianos. Mirada amplia y claridad de discurso, persistente crítico del extravío de principios y criterios fundamentales de evaluación de nuestra democracia, indispensables para construir y reconstruir los consensos necesarios para transitar y (re)inventar nuestro atribulado camino democrático. Destrezas y oficios públicos que se extrañan, máxime en momentos turbulentos como los que la República atraviesa.

La política pretende centralizar y monopolizar los sentimientos populares y nacionales, mientras sus hermeneutas buscan formas menos grotescas o groseras de evadir, de eludir diría un fiscalista, los mandatos legales. En particular, aquellos que regulan los procesos de designación de candidatos y elección de representantes o mandatarios.

El surgimiento de nuevas candidaturas o la capacidad movilizadora de las ya anunciadas, aunque sea bajo el grotesco disfraz inventado, no debería ser pretexto para que quienes aspiran o suspiran se comprometieran públicamente con enfrentar, y progresivamente superar, nuestra problemática social y productiva que, por más esfuerzos imaginativos que empeñemos, no ha mejorado significativamente. Menos si se considera que siguen llegando a la edad de trabajar miles de jóvenes que no han tenido acceso ni a empleos dignos y bien remunerados, ni a una seguridad social que cada día debe parecerles una virtualidad engañosa.

Si nos fuera posible formular una convocatoria contra la violencia y por la defensa de la vida, tal vez podríamos otear más allá del horizonte nublado que hoy caracteriza nuestra vida pública. Ventilar el ambiente, propiciar una amplia y libre circulación de la palabra, realizar comprometidas y repetidas deliberaciones con el saber, respetuosas del otro, del contrario: exactamente lo opuesto de lo que hemos hecho ya por demasiados años.

Reformar para mejorar nuestra construcción democrática no pasa por la demolición institucional ni por el avasallamiento o arrinconamiento del adversario. Implica diálogo e intercambio, disposición a confrontar y debatir, pero sobre todo asumir el valor potencial de la opinión diferente u opuesta. Conseja primordial que alguna vez esbozó el sabio Albert Hirschman y que debería ser consigna mayor, fundamental, para todos los actores involucrados en las cosas de la vida pública.

Se trata de asumir plenamente la dificultad mayúscula a la que hemos llegado, no solo al haber dejado libre paso a todo tipo de violencias y crimen armado, sino con el desgaste y la oxidación de nuestros criterios para la seguridad pública y cediendo terreno a simuladores profesionales de la extorsión o de la compraventa de protección para una ciudadanía arrinconada.

La tarea no es menor ni podrá cumplirse si la vida política sigue rigiéndose con principios y valores ajenos al comportamiento democrático; si pesan más las ocurrencias que las ideas, si la mercadotecnia se impone al derecho y predomina la marcha de los “likes”.

Caer víctimas de un triunfalismo ramplón, miope y autista es un lujo que no podemos darnos. Menos festinar resultados o victorias imaginarias sin cimientos… A lo que nos hemos dedicado en este tiempo, sin recato ni ambages.

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