Rolando Cordera Campos

El rostro humano

Las caravanas de migrantes han puesto al desnudo nuestras graves incongruencias, la profundidad de la crisis moral y política que aqueja al Estado.

Policrisis y policrítica, como le gustaba denominarla al filósofo querido (Tuti Pereira). “Una cascada de crisis (…) que amenazan el cumplimiento de los objetivos del desarrollo sostenible”, como señaló el secretario ejecutivo de la CEPAL, José Manuel Salazar, al presentar en la UNAM el más reciente informe de la Comisión “Hacia la transformación del modelo de desarrollo en América Latina y el Caribe: producción, inclusión y sostenibilidad” (2022). Pero ahora más: necedad y miopía de los poderes; egoísmo rampante cuando se trata de abordar perfiles y coordenadas básicas de la cuestión social; mares de desprotección de comunidades enteras, ríos de llanto y sangre. Y, en estos días, mucho sudor sin que aparezca por ahí un émulo de Churchill para darle sentido de historia y esperanza a lo que visto de frente es solo una tragedia.

Nuestro país ha topado con las expresiones más dolorosas de la desesperación humana, siempre dispuestas a traducirse en dolor de los miles y millones de migrantes que solo buscan alejarse del horror criminal y del terror que imponen el hambre y el frío. Sin techo, con apenas unos mendrugos, vemos imágenes que desmienten los discursos del progreso “inmaculado”: la caminata desde Tapachula de miles de personas, de emigrantes que “no buscan ni quieren desafiar al presidente” y su gobierno, sólo reclaman oídos para su mensaje y disposición genuina del poder para establecer un intercambio, un elemental diálogo, sin el cual no puede haber deliberación ninguna que ofrezca rutas transitables a una de por sí infernal circunstancia, agravada por grupos criminales a lo largo del territorio nacional.

Son miles, se habla de más de cuatro mil, pero pueden ser muchos más, quienes atestiguan el cinismo y la desnudez de unos poderes corrompidos y poseídos por el egoísmo y la avidez de ganancias prontas y fáciles. Los humanos rechazamos nuestro pretendido discernimiento y presuntuosa racionalidad cuando negamos evidencias inmediatas y obvias, y optamos por “no mirar” lo que nos inoportuna. Sin embargo, lo reconozcamos o no, esos contingentes que marchan sin cesar por los caminos de México nos están mostrando la urgencia de restaurar entre nosotros el núcleo esencial de racionalidad y compasión que gobierna reflejos y sentimientos a la vez que exige que las cualidades y atributos que nos distinguen del resto de las especies y nos vuelven singulares, se pongan en juego para hacer que nuestros entendimientos, mediados por la política, sean solidarios.

Pensar y actuar de emergencia, con el mayor rigor posible; nunca más a los episodios sangrientos de Ciudad Juárez, San Luis Potosí, San Fernando…

Nuestra postura ante la migración internacional, en la cual nuestros paisanos forman filas centenarias, es una vergüenza, una ignominia que no se lavará con chivos expiatorios. Mucho menos con majaderas manipulaciones de los hechos y sus secuelas.

Nos urge construir una elemental coherencia, política y moral. De las autoridades, actitudes firmes y claras; de todos nosotros, un reclamo sostenido que pueda empezar a (re)tejer una política solidaria y comprometida.

Frente al bochorno, no cabe pretender una distancia “fría” que fácilmente puede convertirse en desafane o (auto)victimización. Esos millones de personas, marchistas anónimos que, acompañados por hijos y esposas, ancianas y discapacitados, nos arrojan a la cara nuestras fallas ancestrales: las que dibujan nuestras desigualdades y expoliaciones; las que perfilan una situación laboral desamparada, una salud abandonada, una educación arrinconada.

Las caravanas de migrantes han puesto al desnudo nuestras graves incongruencias, la profundidad de la crisis moral y política que aqueja al Estado: la incuria burocrática; la fragilidad de todas las fuerzas políticas para afrontar una situación que claramente las desborda. La desmesura de los medios informativos que convierten el sufrimiento en diversión cínica.

La emigración debería ser motivo para replantear la necesidad urgente de una efectiva reforma del Estado, para volverlo Estado social y comprometido con la justicia. Lo que no es.

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