La idea de reconstrucción como reedición del mundo previo a la pandemia se ha vuelto parámetro de usos múltiples y, como todo indicador, corre el riesgo de mitificarse y llevar a falsas apreciaciones sobre nuestro tiempo y el porvenir.
Si bien el hecho de que buena parte de las entidades federativas registren coeficientes de industrialización por debajo de los vistos en 2019 o 2018 debe ser motivo de preocupación, inquietud mayor debería generar el silencio de los gobiernos locales ante las expresiones de mal crecimiento o de plano de estancamiento.
Sin política, ya deberíamos haber aprendido a conjugarlo, no hay economía que pueda portar perspectivas alentadoras para la sociedad. Verdad que debería ser divisa mayor de gobiernos, empresas y agrupaciones patronales y, de haberlos, también de los sindicatos responsables del nivel salarial y de subsistencia de sus afiliados.
Al ver las cifras relativas al desempeño económico regional, uno se queda con la sensación de que, sin menoscabo de su poder descriptivo, los indicadores referidos pueden inducir espejismos e ilusiones ante panoramas como los que hoy marcan el mapa del mundo en su conjunto. Sin soslayar las enormes diferencias en lo que hace al ingreso o la riqueza disponible, el hecho es que la “gran promesa” globalista no se materializó y el globo sigue sus vueltas entre enormes brechas de equidad y bienestar.
Ahora que la relocalización industrial se torna una nueva panacea, es indispensable que se tomen en cuenta las amargas lecciones de otros brotes desarrollistas; en su momento, asociados con proyectos de gran envergadura, pero de alcance local, social y comunitario limitado. Si distender límites es tarea, directa o indirecta, de los poderes constituidos, es indispensable que esos poderes se desplieguen y convoquen a otras energías sociales. De funcionar como invitación a la acción colectiva, las potencialidades del proyecto original pueden expandirse y profundizarse, propiciar el surgimiento de nuevos y dinámicos circuitos de producción y empleo, inversión y formación de recursos humanos para conformar una auténtica plataforma de desarrollo. Sin cambio social no hay desarrollo, pero sin cooperación entre actores y sin un Estado que articule esfuerzos, tampoco habrá brote desarrollista que dure. Lecciones de grandes y pequeñas recesiones y reprobadas pandémicas que tenemos que cursar y aprobar cuanto antes.
El gobierno desperdició una gran oportunidad: la enorme legitimidad emanada de los votos. Renunció a explorar vías de planificación que, para volverse fuerza movilizadora, tiene que ser fruto de una efectiva participación deliberativa de la sociedad y sus organizaciones: desde los partidos políticos hasta la academia y sus centros de formación e investigación y, desde luego, los diferentes órdenes de gobierno.
Ir más allá de la celebración de una recuperación ilusoria y sin visos de durar, implica atender faltantes mayores que se concretan en la debilidad inversionista y del empleo formal, junto con la extrema anemia del fisco, sostén indispensable para “fondear” proyectos productivos, propulsar la banca de desarrollo y dar pasos significativos en nuevos emprendimientos de innovación de procesos, capacitación del trabajo, invención de nuevas formas de cooperación público-privada. No de otra cosa hablan las recientes proyecciones del BM y el FMI en Washington: detrás del muy débil crecimiento previsto están las dificultades mayores, inherentes a la reformulación de nuestras economías políticas con propósitos múltiples para los Estados e iniciativas renovadoras para empezar a creer en un nuevo orden mundial. Un orden que, sin haber nacido, se ve asediado por los nuevos jinetes apocalípticos encabezados por la ominosa presencia del cambio climático y el creciente deterioro ambiental.
Dar la bienvenida a los near y friendly shoring, obliga a apretar el paso y abrir la mente. Crear las condiciones mínimas necesarias para darles valor y larga vida. Para en verdad nacionalizarlos. Es decir, hacer economía política, democrática y para el desarrollo.