Los bancos se y nos “estresan” de nuevo. Sin previo aviso, la “santa alianza” reaparece: desconfianza e incertidumbre concentradas en lo que, desde hace décadas, se convirtió en el corazón del capitalismo transformado; desde entonces, dominado por la Alta Finanza Internacional que, sin embargo, alentaba un espectacular salto tecnológico. Su inspiración devino la más nefaria de las ideologías al alcance. De un espíritu libertario un tanto elemental, se pasó al servicio del individualismo más posesivo y devastador de instituciones.
Esta ideología se tornó, más pronto que tarde, en forma cultural y hasta de vida, no para todos, pero sí para las cúpulas del poder económico y las cohortes que la siguen y sirven. Se conformó entonces un regimiento de globalistas cuyo valor subyacente no era la expansión del intercambio, de mercancías, servicios, personas, sino el diario trajinar y reconversión de los conceptos centrales para una vida identificable como llevadera y, para algunos, buena.
La ideología pretendió recoger las maravillas del progreso técnico y sus espectaculares avances en la organización y administración de procesos cada día más complejos e interconectados. No por nada, una insistente visión de interdependencia marcaba al discurso globalista y, sin duda, conformaba el meollo de un sistema económico, financiero, comercial y cultural que se veía, a través de sus exegetas, como grand finale.
De ahí la fallida frase del politólogo Francis Fukuyama de que, con el fin de la Guerra Fría y el despliegue del mercado mundial unificado, la sociedad humana habría arribado al “fin de la historia”. No era una fórmula artificiosa, sino la pretensión de hacer la gran suma de unas evoluciones del mundo que llegaban al reino de la economía de mercado, coronadas por una democracia representativa capaz de hacer valer la vigencia y el respeto de los derechos humanos.
No era para menos. La economía de mercado se imponía sobre una integralmente planificada, y la democracia liberal cantaba victoria sobre el comunismo de partido. Muy pronto, sin embargo, se interpuso la realidad, desde la cual se teje irremisiblemente la esencia de nuestras historias.
La economía, super ampliada como mercado mundial con la incorporación del mundo comunista, en pos de una pronta transformación al capitalismo, no se tomó el tiempo necesario para comprender lo que vivía el mundo y asumir su historicidad. La globalización como oleada, a la que tendría que suceder el cambio en la dirección de sus mareas, se vio como imparable corriente en una sola dirección, en tanto que a la democracia representativa se le fijaban criterios abiertamente opuestos al discurso de bienestar y equidad que supuestamente se plasmaría en una nueva sociabilidad gracias a la retracción de la indebida injerencia de los Estados.
Ni las extremas oscilaciones de las economías, ni las desigualdades que se mantenían junto con las que la propia globalización mercantil propiciaba, merecieron atención por la academia y la inteligencia institucional, hasta que al despuntar el nuevo milenio el ruido y la furia se hicieron presentes en España, Washington, Génova... La desigualdad empezó a verse como agresión a la racionalidad histórica prometida por el nuevo capitalismo global y las supuestas o reales adiposidades de su economía política, recreadas por Roosevelt y los Estados sociales para evitar descalabros mayores, empezaron a reconsiderarse alternativas para un sistema político económico en crisis, urgido de voluntades y visiones de comunidad cuya desaparición se había celebrado apenas una década antes.
El 2008-2009 fue llamada de atención que se desatendió. Se optó por usufructuar unas recuperaciones timoratas y mantener la injusticia social como régimen imperante, aunque no asumido. Fue apenas en 2020 que la pandemia sanitaria confirmó nuestra actualidad globalizada, pero sobre todo nuestras precariedades institucionales y las inestabilidades congénitas de nuestras orondas maquinarias económicas. Más allá del sobresalto, pero ahora sin horizontes.
La miseria bancaria, hecha de trucos y arbitrariedades revestidas de prepotencia de los gerentes especuladores, está de vuelta. La fiesta de las recuperaciones termina y la incertidumbre reclama su lugar central, si lo que queremos es comprender y poner bajo un siempre relativo control a una economía dominada por el lucro sobre la que, prácticamente sin objeciones, sobrevuela un conglomerado de grandes corporaciones transnacionales. Así, la transubstanciación del capitalismo, a un costo muy alto, sigue su marcha.
El triunfalismo sibilino del gobierno y su secretario de Hacienda, proclamando victorias donde imperan los rezagos, es una retórica simplista hecha a la carrera y a costa de la más elemental de las racionalidades. Así no se alienta a nadie; ni a banqueros siempre dispuestos a celebrar los abonos sobre los cargos, cuando estos dominan el subsuelo. Como pasa hoy, con unos primerizos descalabros bancarios.