No se trata de evadir nuestra siempre dura y rejega problemática, sino de ubicarla en su debido contexto. Desafíos emanados de nuestras estructuras hay y muchos, basta tomar nota en serio de lo que las noticias nos dicen sobre la demografía universitaria, magra e insuficiente según muchos de nosotros, pero más que millonaria por sus habitantes, para asumir una perspectiva enormemente compleja y hasta ahora poco promisoria: la mayor parte de los jóvenes que ahora se vuelven pobladores del privilegio que se llama universidad, no tienen asegurado un empleo digno, ni por su ingreso ni por su calidad, y lo más probable es que acaben en la informalidad laboral o económica, donde la precariedad y los bajos emolumentos imperan. Y así podríamos seguir, para acompañar a los convocantes a la ceremonia del “punto de partida” donde se dieron cita mexicanos, diversos y plurales, comprometidos con la democracia como forma de gobierno, pero también, como lo dice nuestra Constitución, como forma de vida. Hacerlo realidad cotidiana, sabemos, no es sencillo, pero convocar para la (re)construcción y defensa de una forma de vida democrática, adjetivada así por su ejercicio cotidiano y reglas acordadas y respetadas, es buen punto de partida.
El panorama no se presenta fácil para quienes se decidan a enderezar el rumbo. Prendas imprescindibles resultan ser la constancia y la prudencia, la claridad de la palabra y la serenidad del ánimo para (re)encauzar nuestras deliberaciones políticas que, de hecho, nunca se han caracterizado por su sencillez y transparencia. Sin embargo, es la única vía posible para enfilarnos hacia una sociedad adulta, deliberativa, condición fundamental si de comunidad democrática hablamos.
El discurso presidencial, inaudito por su recurrencia al insulto o la procacidad, se ha vuelto un gran obstáculo para el avance democrático de México. Su explícita ruptura con las reglas democráticas, construidas a varias voces, es un hecho que ha resultado para muchos, entre los que me incluyo, no solo sorprendente, sino una ominosa señal, un acicate para la polarización y el odio.
Negación militante del proyecto de reorganización de nuestra vida pública y del Estado, en el que muchos mexicanos nos hemos embarcado a partir de las reformas electorales y políticas de 1977, y que debe seguir siendo nuestra divisa maestra; empeño colectivo que debe superar, y pronto, el absurdo soslayo de una cuestión social muy grave, en el que caímos so capa de los muchos nudos que había que desatar en el frente electoral.
Si la ética pública está en crisis y los mexicanos padecemos de ataques permanentes a la verdad desde el poder público, como dijo el lunes el destacado universitario y jurista Diego Valadés, es urgente y obligado que tales juicios sean la materia prima de la discusión cotidiana de los no pocos grupos y comunidades que mantienen a resguardo la esperanza de (re)construir una convivencia democrática plena, generosa y ordenada. Como también lo es retomar la importancia central del lenguaje, obligada tarea primaria de la política, de todo político democrático.
Reivindicar el lenguaje es asimismo encomienda para el resto de nuestras actividades frente o dentro, desde y en contra del Estado. En particular llamo la atención de quienes buscan ocupar lugares en la economía o en los negocios, en los órganos de dirección y representación en los diferentes niveles de gobierno, de los congresos, los sindicatos y las empresas.
Los diálogos públicos exigen actuaciones transparentes, compromisos expresos; claridad de pensamiento y de palabra, requisitos primarios para la comunicación productiva. Política digna y respetuosa, comprometida con una construcción republicana que no puede quedarse a medias, mucho menos en sus cimientos.
No quiero cerrar esta comunicación para El Financiero sin hacer pública mi solidaridad con Lorenzo Córdova y Ciro Murayama, defensores de la democracia y maestros de lo que puede ser esa política digna y respetuosa, como me consta querían sus progenitores. Arnaldo Córdova fue también mi amigo entrañable y no se debe faltar el respeto a su memoria usando su nombre para injuriar a uno de sus hijos y con ello a quienes lo quisimos y respetamos.