Por las vías menos imaginadas, las reglas que el mundo se había dado para procesar diferencias de opinión y regular los poderes que se querían democráticos, han empezado a perder vigor, a un ritmo que buena parte del mundo occidental tenía por superado gracias a sus propias transformaciones estatales provenientes de la guerra y los impactos devastadores de la Gran Depresión.
Sin embargo, con la gran crisis de 2008 resucitó el espectro del estancamiento que el profesor Hansen bautizara como secular allá por los años 40 y salieron a flote abusos y excesos en buena medida fruto del gran vuelco institucional luego llamado neoliberal y de entrada destinado a borrar de la faz de la tierra los postulados del New Deal de Roosevelt y ampliados después por los estados de bienestar europeos.
El mundo y en particular su porción desarrollada y rica hubo de reconocer abusos y excesos no atendidos en su momento ni debidamente aquilatados en cuanto a sus implicaciones políticas y sociales. Con las crisis del 2008, 2009 y el desplome de la pandemia del Covid, se han hecho presente una serie de ondas corrosivas no imaginadas, seguramente agravadas por esas crisis. Desde la tormenta sanitaria de 2020 a los cada vez mayores desastres medioambientales y los efectos económico-financieros derivados del Covid y agravados por el conflicto bélico desatado por Rusia, irrumpen distorsiones y disonancias que han afectado directamente a los sistemas democráticos. Al minar su credibilidad ponen en entredicho su propia legitimidad y propician la asunción al poder político formal de personajes que, utilizando la arquitectura democrática, desprecian las instituciones y las reglas acordadas por los muchos y destinadas a promover una progresiva ampliación y profundización de la democrática y de sus respectivos estados sociales.
La expansión y (per)versiones de este tipo de personajes recorre Europa, Estados Unidos y a la región latinoamericana. Ahora Brasil, que se aprestaba a celebrar su recuperación democrática. Y si bien, como se anotó, su acceso al poder se da por vía electoral, ya estando ahí procuran vaciar de contenido sus procedimientos y reglas ya que para muchos de ellos la legitimidad parece surgir de la “voz del pueblo” y de su aplauso sin necesidad de que esta voz y este aplauso sean validados por los termómetros democráticos de sus órganos colegiados representativos o las elecciones.
“Tras la crisis económica global, afirma el politólogo de la Universidad Complutense, José Antonio Sanahuaja, parece abrirse un periodo más incierto e impredecible (…) Si con el 11-S y la ‘Guerra Global contra el Terror’ termina el confiado optimismo de los años 90 (…) con la crisis económica iniciada en 2008 parecen disolverse todas las certezas de la posguerra fría”. (José Antonio Sanahuja, “Posglobalización y ascenso de la extrema derecha: crisis de hegemonía y riesgos sistémicos”, en seguridad internacional y democracia: guerras, militarización y fronteras, consultado en línea).
Por lo pronto, es hora de asumir que México y el mundo, México en el mundo, nos hallamos ante un nuevo momento de la historia global. Los recientes acontecimientos en Brasil contribuyen al deterioro de los términos del acuerdo apenas alcanzado ayer. Y en Perú no ocurre otra cosa mayor que su hundimiento como país de pobres y sin rumbo estatal discernible, no desde luego democrático.
Configurar un planteamiento y un compromiso histórico capaz de contrarrestar este proceso de autofagia democrática que solo degrada al organismo social es vital y urgente. Necesitamos volver a poner en la agenda la lucha no concluida por el derecho y los derechos, apelando a la organización ciudadana y a la responsabilidad de partidos y legisladores. Rescatar del olvido al tema del desarrollo y su renovación con la centralización de lo social como cuestión y plataforma podría ser buen camino para retomar el rumbo reflexivo que, sin consolidarse, pudo inspirar a muchos cuando empezamos a vivir el pluralismo consagrado y la democracia como posibilidad efectiva de progreso ciudadano.
Como nos lo han ilustrado para nosotros los socios del norte, puede y debe hacerse compatible plantear objetivos nacionales, racionales, y renovadas utopías de cooperación internacional en consonancia con esta fase obscura de la globalización de la sociedad humana. Ser capaces de remontar las inercias y ampliar los márgenes de las reglas democráticas alcanzadas tras años de encuentros y desencuentros. Unir fuerzas para desplegar un programa que ponga a la desigualdad en el centro de las deliberaciones, sin dejar de lado el apuntalamiento y mejora del andamiaje institucional, económico y cultural que haga posible nuevas y mejores formas de convivencia, sin descuidar y menos atentar contra la actividad política y la legislativa.
No se trata de ajustar la sociedad a modelo alguno sino de tener la destreza, la capacidad y el aplomo necesario para realizar los cambios que la República exige. El respeto al pluralismo y, en general, a nuestros acuerdos democráticos, exigir un marco ético sustentado en el interés general, no dejar de enfatizar la importancia de la deliberación pública y el diálogo por sobre la intolerancia o la violencia, son, entre otros, puntos de partida imprescindibles para una profunda renovación de la sociedad y el Estado, apoyado en un gran acuerdo nacional que, desde el mirador social, asume la diversidad y, simultáneamente, confiere pleno valor a los derechos individuales.
La democracia requiere de la (re)elaboración de una política con visión de futuro y un renovado compromiso ético. Eso debe ser también parte constitutiva del Gran Acuerdo Trinacional al que parecen querer convocar nuestros gobiernos.