Rolando Cordera Campos

Construir desde lo básico: empezar con el verbo

La importancia creciente no solo del discurso y sus términos y conceptos sino de la voluntad cotidiana en forjar entendimientos menores y mayores entre partidos y representantes.

Para nuestros hermanos jesuitas, solidarios con la sierra Tarahumara

Después del jolgorio moreniano de Toluca, la mayoría de los actores políticos formales se han dado a un extraño cuanto negativo regodeo en su indisposición a tejer acuerdos o tan siquiera proponérselo. Con ello, se acentúa la degradación de la política y de los políticos y el sistema político se vuelve pagaduría federal y cámara de compensaciones donde prácticamente todo se compra y vende.

En el principio siempre ha estado el verbo y es a su uso y abuso al que debe uno referirse para empezar a explicarse este triste caso de decadencia precoz de un régimen político que costó mucho erigir y trajo consigo mil y una expectativas de progreso inminente. El verbo acuñado por las primeras camadas de políticos de la democracia dejó mucho que desear y los partidos pronto renunciaron a su misión fundamental de ser espacios permanentes de formación y educación política. Todo quedó a disposición del libre mercado que en la política era traducido como competencia electoral sin demasiadas restricciones. Sería la competencia, enunciaron personeros y acompañantes de los varios partidos, la que nos haría diestros y duchos.

Hoy, tenemos que rendirnos a la evidencia de que aquel verbo se gastó, como se dice en Yucatán, y que urge una renovación de nuestros usos y costumbres en el quehacer político, empezando por el lenguaje que se escoja para comunicarse entre ellos y para lanzar mensajes de aliento y convocatoria al resto de la ciudadanía.

Antes se decía que entre las características distintivas de los regímenes democráticos predominaba, con mucho, el intercambio entre las oposiciones y el gobierno, podía ser ríspido, fuerte y no siempre constructivo, pero a pesar de los aspavientos había algo así como un conjunto de premisas que, por encima del griterío y las diferencias obligaban a mantener no solo en funcionamiento a las instituciones sino cierto sentido común. Se partía de la premisa de que subidos todos en el mismo barco, los navegantes tendían a enderezar el rumbo y nadie parecía dispuesto a dejarse seducir por las virtudes cantadas por alguna sirena. Pero…. hasta ahora no parece ser ése el sentido de la política actual.

Grave es que un chiste (malo) del presidente se vuelva moneda de curso corriente en la política. Peor que todos o casi se sientan obligados a declinar el tristemente célebre “corcholatazo” para pedir boleto de entrada a ese triste circo de tres pistas en que hemos convertido a nuestro intercambio público.

De aquí la importancia creciente no solo del discurso y sus términos y conceptos sino de la voluntad cotidiana empeñada en forjar entendimientos menores y mayores entre los partidos y sus representantes. Nos urge un mínimo “técnico” de consistencia en el discurso democrático que, por ya más de treinta años, nos hemos empeñado en convertir en la lingua franca de la nueva política. Llegó la hora de reconocer que eso no se ha logrado del todo; ni en la arena pública ni en los medios de información y comunicación, ni en la academia ni en los circuitos deliberativos que se supone son propios de toda política en activo.

Si en algún flanco de nuestra vida pública brilla esta inopia discursiva es en la economía y las finanzas públicas y privadas, así como en sus primeras y decisivas derivadas en la ocupación y el empleo, la distribución de riquezas e ingresos. Ahí se viven tragedias de gran y pequeño calado, en ningún caso inocuas o intrascendentes.

No nos falta información, pero sí mucha reflexión y compasión por nuestros prójimos y habrá que dedicarles tiempo y alma.

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