Rolando Cordera Campos

El colapso

Hace algunos años México dejó de ser convergente; ahora es el relato maestro de una divergencia que en economía política o del desarrollo quiere decir caída.

No es necesario visitar de nuevo el manantial maldito de nuestras angustias, que es la economía, para advertir que nos movemos en torno al caos. Un desorden que podría devenir demoledor fenómeno histórico.

La economía no nos deja, tampoco se advierten condiciones que permitan superar la situación de manera pronta. La noción de ‘ciencia lúgubre’ se actualiza diariamente y abruma al inventario de nuestras calamidades colectivas.

No es cuestión, tampoco, de hacerse eco de los mensajes, sin duda catastrofistas, que acompañan los verbos de una cierta oposición que, como su némesis, tampoco encuentra derrotero cierto. Bastaría tan solo con revisar los datos emanados de la banca, del propio Banxico o el puntual reporte del Inegi, cuya cobertura se vuelve con las horas reporte global del declive de la que hasta hace muy poco era vista como ‘potencia emergente’. Pero no ocurre así. El gobierno y sus adversarios están enfrascados en otra cosa; vaya usted a saber.

México dejó hace algunos años de ser convergente, ahora es el relato maestro de una divergencia que en economía política o del desarrollo quiere decir caída, estancamiento secular. Decadencia precoz que no alcanzó a ver el auge.

Es cierto que la caída venía de lejos, pero por razones que la mayoría de los mexicanos no conocemos, el gobierno actual la transmutó en misión posible y realizable, como si se tratara de obra pía. Encomienda del todo contraria al discurso comprometido con un cambio profundo y radical del país, de su Estado y economía; de sus tejidos primordiales para la cohesión social y el equilibrio político de una variopinta coalición. Una negación de verbo e historia difícil de tragar, no solo para sus opositores y adversarios, conservadores irredentos.

Sin pretender amargar la hora de los postres y el café, pienso que llegamos a una especie de hora cero que no admite posposiciones. Así lo exigen las madres sufrientes por sus hijos desaparecidos; las mujeres vejadas y sacrificadas impunemente; los miles de seres alojados en fosas comunes. Cuando alguien colapsa no suele anunciarlo, aunque muchos de sus prójimos adviertan hasta con regocijo ‘lo veían venir’.

Parece privar una confusa mezcla: un intrigante regodeo con una más que vernácula ‘gran resignación’, y una moderación que parece aceptar y hasta festejar el ‘crecimiento’ económico a ras del suelo; una mala distribución y el avance inclemente de la pobreza en el campo y las ciudades.

Tal vez por ello el sentido de alarma no ha logrado estar en el discurso de la empresa, la crítica académica o la oposición política. Ha primado algo así como una contemplación pasiva de los desatinos de los gobernantes, junto con la esperanza tonta de que después de todo seis años no son nada. Para qué precipitar desenlace alguno, parece haber sido la constante.

Los barruntos de arreglo y acuerdo del gobierno con el capital no han cuajado en un pacto robusto para la inversión y el crecimiento. A pesar de los anuncios festivos de muchos dirigentes empresariales a la salida de Palacio.

Ninguna fuerza, ningún discurso ni convocatoria ha presentado una estrategia a partir del conocimiento de la realidad circundante, no digamos de sus estructuras y honduras. No pocos se conforman con decir que el Plan Nacional de Desarrollo es suficiente. Intrigantes optimistas a quienes les serviría una visita al posgrado del Tec de Monterrey, para una conversa ilustrada y pedagógica con el doctor Urzúa.

Exigir a los legisladores que conversen no es un dislate ni un abuso del optimismo mañanero. Tampoco pedir que lo hagan con sus pares y con quienes cultivan un conocimiento sofisticado y hasta preciso.

No sobra insistir: el gobierno tiene que ilustrarse y documentarse para fines de elaboración y revisión política porque nos estamos jugando la vida como república y como democracia. Nada más y nada menos.

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