Rolando Cordera Campos

Los pobres sin voz

O bien la sordera se apoderó prematuramente de los nuevos mandarines o sin advertir(lo) optaron por la vieja práctica del funcionariado de verse como poseedor único de conocimiento.

Los criterios de evaluación del presidente López Obrador y sus colaboradores en el gobierno, así como los de sus seguidores dentro y fuera de su peculiar partido, difieren sustancialmente de los que suelen usarse en la academia, las instituciones financieras, bancarias y los organismos internacionales. En sus consideraciones, sin permitir(se) ningún margen de duda, no son los saldos negativos en materia de inversión, ingreso, consumo y ocupación los que apuntan a malos resultados generales para la economía, ni tienen por qué llevar a revisar y corregir el rumbo adoptado porque, desde el discurso de toma de posesión el Presidente ha tenido claro que “(…) nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo. Esa es la causa principal de la desigualdad económica y social, y también de la inseguridad y de la violencia que padecemos”(1). Sus datos no tienen que ver con el desempeño de la economía, el crecimiento o el empleo, menos aún del poder, la riqueza y el desarrollo.

Es posible que esta disonancia, que puede llevar a serios problemas de comunicación y entendimiento con sus interlocutores del mundo económico nacional y global, tenga su origen en la apreciación que tienen respecto de la naturaleza del mexicano, de su capacidad de resistencia y aguante en y frente a adversidades. En aquel discurso inaugural también lo mencionaba: “(…) pueblo tenaz, combativo, luchón, emprendedor, honesto, con una excepcional idiosincrasia de fraternidad, de amor al prójimo, de verdadera solidaridad”.

Así, a los ojos y cavilaciones de los que mandan, lo que importa es el invariable aguante de los mexicanos frente al mal tiempo; en particular de quienes más han resentido los impactos de la caída productiva, la duración y extensión de la pandemia los que, por cierto, como deberíamos esperarlo y haberlo previsto, son los que ya vivían en condiciones hostiles, precarias y difíciles para acceder a los servicios médicos y a la protección social, según nos informan las estadísticas oficiales.

Los millones de mexicanos que comparten esta inicua circunstancia, donde se condensa la injusticia social que nos caracteriza como país, comparten con otros menos afectados una esencial carencia de voz. Ésta, es una penuria que debe sumarse a otras privaciones o “carencias” que sirven para definir los grados de pobreza, y que resulta ser decisiva cuando, además de caracterizar o medir un fenómeno tan esquivo como el de la pobreza, se buscan políticas o programas de emergencia dirigidos a paliar sus impactos o a demoler las murallas estructurales que han impedido que otras medidas logren su cometido de alivio y compensación.

Sin voz fuerte y efectiva, que en democracia quiere decir presencia más o menos permanente en el Congreso y en los órganos de decisión del Ejecutivo, los millones de mexicanos vulnerables quedan a la “intemperie” en materia de política y, necesariamente, sin posibilidad de tener algún papel que jugar cuando se trata de asignar los recursos públicos. Esto queda al arbitrio del Estado, que se torna un complejo institucional cada vez más opaco a medida que esas asignaciones chocan con la otra realidad nefasta de nuestra histórica circunstancia: la penuria fiscal que, una y otra vez, topa con la escasez, la inflexibilidad fehaciente de los fondos públicos para lidiar con las penurias.

“Por el bien de todos, primero los pobres”, llamaba a imaginar que los mexicanos desposeídos tendrían en Morena el megáfono necesario para hacerse oír en la sociedad y el Estado; que ése sería el vehículo para ir empatando democracia y pluralismo con equidad y justicia social, pero no ha ocurrido así.

O bien la sordera se apoderó prematuramente de los nuevos mandarines o sin advertir(lo) optaron por la vieja práctica del funcionariado que consiste en verse a sí mismo como poseedor único de conocimientos y destrezas superiores y, por ello, inapelables.

En esas estamos y, por lo dicho hasta ahora sobre el “paquete” económico para el año entrante, continuaremos sin recursos mínimamente suficientes y sin expectativas de aumentos prontos y adecuados. Así, seguiremos alabando la resistencia proverbial del mexicano pobre, confiando en que la lealtad, virtud esquiva y rejega, pueda seguir estando en favor de una transformación que como divisa se propuso atender a los pobres.

No está de más recordar la advertencia de Enrique González Pedrero en su ensayo Riqueza de la pobreza: “Mientras los viajeros se divierten, alegres y despreocupados en el baile de gala, el barco navega en la oscuridad hacia el iceberg fatal”.

(1)https://www.gob.mx/cenagas/acciones-y-programas/discurso-del-lic-andres-manuel-lopez-obrador-durante-su-toma-de-posesion-como-presidente-de-los-estados-unidos-mexicanos-183910

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