Rolando Cordera Campos

Para después de la elección

El escenario político a partir del cual podríamos intentar trazar una perspectiva es borroso, definido por dos grandes posiciones políticas y de gobierno.

Un grupo distinguido de intelectuales ha convocado a emitir el voto después de hacer un cálculo estratégico sobre su utilidad para un objetivo mayor: la defensa de la democracia y sus instituciones, hoy asediada por un regreso autoritario que a veces parece galopante y otras repta, según las diferentes versiones que sobre la coyuntura abierta en 2018 se cultiven. Interpretaciones críticas, casi todas, del camino adoptado por el gobierno que emergiera de la elección presidencial de 2018 y, en particular, del estilo y el verbo, junto con no pocas decisiones, que el presidente López Obrador decidió convertir en su “estilo personal de gobernar”.

A estas alturas de nuestra circunstancia, resultaría un tanto ingenuo rechazar o soslayar la carga que ha adquirido dicho estilo, en consonancia con la pretensión presidencial de recuperar el peso de la política y del Estado sobre la sociedad, la economía y sus intereses dominantes, como nos lo ha dicho de diferentes maneras el presidente López Obrador desde sus ‘mañaneras’ y otras incursiones innovadoras en materia de intervención del presidente en la política.

Sin duda, es un enigma cómo podrá configurarse en la próxima legislatura una oposición que, fruto de una coalición, encontró cemento en el enfrentamiento con un presidente que actúa conforme a un manual que se creía superado. Cómo enfocarán la construcción de un efectivo sistema de contrapesos, de planes y acciones políticas, sobre todo si se considera que, dicho frente, fruto del cálculo probabilístico de la ciudadanía convocada, tiene que pasar por la prueba de ácido de los reclamos inmediatos y de más largo plazo de sus respectivas y particulares clientelas político-electorales.

A dónde puede o quiere ir la coalición; en particular, qué horizonte propone para que México transite, no ha sido todavía abordado como una cuestión estratégica que sólo puede acometerse de manera constructiva con base en una declaración programática con miras a convertirse en programa político para el país. Hay que saber a dónde vamos o queremos ir, porque de otra forma no hay sino garete.

Puede aducirse que para esta complicada labor no había tiempo en los atropellados días preelectorales, pero la falta de una mínima referencia al tema, de un reconocimiento expreso de su pertinencia y relevancia no deja de preocupar.

Hasta este momento, el escenario político a partir del cual podríamos intentar trazar una perspectiva es borroso, definido por dos grandes posiciones políticas y de gobierno cuyos derroteros están apenas esbozados en declaraciones generales y grandes o pequeños gestos que quisieran parecer heroicos pero que son simulacros y gesticulaciones de poca utilidad para una política de auténtica ingeniería de reconstrucción nacional, como la que debe conformar el mapa maestro para definir y redefinir posiciones en torno al gobierno actual y el futuro del Estado, más allá de esta elección y el ‘curioso’ momento de confirmación o revocación de mandato del año próximo.

Acosada por los impactos de una profunda caída económica y la actual cascada de violencia criminal, la ciudadanía va a reclamar tarde o temprano un discurso que parta del reconocimiento de daños y desaciertos, así como de las fortalezas y activos con que cuenta la República para capear y superar esas faltas y poder plantear(se) no sólo su propio rescate inmediato sino toda una faena histórica reconstructiva. Empezando por sus lazos primordiales como comunidad; sus capacidades y fuerzas productivas para asegurar el sustento y la reproducción material y social; sus convenios y disposiciones para erigir una comunidad política democrática, sostenida en la seguridad y la protección universales, e inspirada en el ejercicio de una diversidad cultural e ideológica susceptible de volver a ser fuente de una profunda y ambiciosa renovación cultural, como la que México vivió después de la Revolución y se volvió a asomar a todo lo largo de los axiales años sesenta.

De nada de esto se habla hoy ni desde la mañanera ni desde una oposición en ciernes. Los partidos que forman ese frente tienen que afrontar las duras y rudas asignaturas pendientes con la sociedad y consigo mismos. Enfrentar el sentimiento de animadversión de la sociedad contra la llamada clase política, el desencanto de una comunidad que ve en la política una actividad ‘sospechosa’, implica vastas operaciones de reflexión abierta si los partidos en efecto, buscan desarrollar y transformar una sociedad lastimada y distante.

Quedó fuera de este empeño Movimiento Ciudadano, algunos de cuyos candidatos y promotores dicen querer una alternativa socialdemócrata, lo que sin duda es promisorio y debería concitar no solo el interés sino el voto este domingo. Yo pienso hacerlo, aunque sea parcialmente dado el carácter de la elección, pero no sobra reiterar que, para muchos, la democracia hoy bajo acoso solo tendrá perspectiva y sobre todo futuro si es capaz de dar el paso que en estos cuarenta años de estreno no dio: volverse una democracia social desarrollista como gran divisa para la reconstrucción nacional a que tenemos que abocarnos ya. Entender, atender, que la democracia política no puede ni debe ser ajena al compromiso social.

Los partidos y los medios, los políticos y los estudiosos que forman el crecido elenco intelectual del país, tienen que hacerlo a partir del domingo, salvo que se quiera que el programa máximo de México sea el autismo.

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