Rolando Cordera Campos

Nada de qué presumir

El empobrecimiento, que ha sido mayúsculo, pudo haberse atenuado significativamente con la decisión de gastar más para proteger el empleo y sus fuentes.

Mauricio de María y Campos,

In memoriam.

Dice el senador Monreal que la economía de México ha tenido un comportamiento ejemplar a todo lo largo de la pandemia y que ello se debe, faltaba más, a una también ejemplar conducción de la economía. “El caso mexicano en América Latina sin duda es ejemplo de cómo un gobierno popular, comprometido únicamente con la población y no con intereses de grupos, puede hacer frente de manera más eficaz a los retos de las crisis sanitaria y financiera. El presidente AMLO mantuvo firme la decisión de no solicitar préstamos para afrontar los retos actuales, y en lugar de ello, mantener la política de austeridad republicana para eliminar gastos excesivos y lujos en el gobierno”. (Ricardo Monreal, ‘Endeudamiento y vacunas’, El Universal, 24/05/21).

Cada uno puede tener los barómetros y criterios de evaluación que guste, siempre que se compartan los indicadores básicos en los que se sustente la calificación. Al parecer, en estos días se llegó en Palacio a la convicción de que había que aferrarse a los desempeños de las finanzas públicas y darle a la política de no endeudarse un valor absoluto para aprobar al conjunto económico nacional. Al hacerlo, se soslaya una dimensión fundamental de la vida nacional: el nivel de vida general y promedio de los mexicanos.

Con la información con que se cuenta puede desagregarse el nivel de vida, calculado con base en el PIB, en diferentes categorías que pueden ser demográficas, geográficas, etcétera. Hacerlo no significa pasar por alto que los resultados dependen del indicador usado. Siendo este el caso, después de observar el nivel de ingreso de las personas se identifican las fuentes del ingreso, sus variaciones y alcances para luego pasar al decisivo plano del trabajo o el empleo.

Examinar la calidad del empleo supone conocer los ingresos derivados del trabajo, así como la duración de la jornada, la temporalidad del contrato, el acceso o no a la seguridad social, etcétera.

Como sabemos, es imposible dejar de lado el duro y extendido campo de la informalidad laboral, donde se cultivan la incertidumbre y la precariedad laborales que extienden sus redes a la inseguridad pública y personal, la pérdida de cohesión en las comunidades y el cultivo de la anomia, el desconocimiento −u olvido− de la norma y su importancia para nuestra vida pública y la estabilidad política y del Estado.

Los reportes que la semana pasada dieron a conocer el Inegi y el Coneval, sobre el empleo y el ingreso laboral, no presentan datos que sostengan el orgulloso triunfalismo del senador y su partido, compartido por el gobierno y el presidente. El empleo recuperado es insuficiente y se ubica en los niveles más bajos de remuneración. Además, se caracteriza por grados extremos de ‘subutilización’ de sus capacidades. Lo que predomina es el subempleo y siguen contándose en millones los mexicanos que desesperanzados y desalentados han dejado de buscar un empleo bueno y digno.

Así, el trabajo informal es mayoritario y la pobreza laboral llega a representar cerca de 40 por ciento de los trabajadores ocupados: cuatro de cada diez empleados obtienen ingresos por debajo del costo de una canasta básica alimentaria.

El empobrecimiento, que ha sido mayúsculo, pudo haberse atenuado significativamente con la decisión de gastar más para proteger el empleo y sus fuentes, en especial las empresas medianas, pequeñas y micros donde anida la vulnerabilidad y se atrinchera el mal pago. No haber gastado lo que se requería no es motivo de alarde, aún si eso significara no endeudarse por encima de las cuotas aprobadas por el Congreso. Recordemos que dicho gasto y el endeudamiento fueron estimados y aprobados antes de que todo estallara.

Estigmatizar el endeudamiento, porque supuestamente beneficia a los oligarcas, es muestra eficiente de la enfermedad infantil del analfabetismo económico, pero nada más. Frente a la tragedia, había que reconsiderar, cambiar y adaptarse a la nueva y terrible circunstancia. Nada de ello se ha hecho.

En México hoy nadie tiene de qué presumir. Hay que deliberar a partir de estas evidencias, y dejar de inventar puerilidades financieras.

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