La democracia desde el conflicto
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La democracia desde el conflicto

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La democracia desde el conflicto

17/12/2018
Actualización 17/12/2018 - 14:52

Decía Carl Schmitt que la política es un campo de batalla. Un territorio en disputa permanente. Es el escenario en el que se recrea la dualidad amigo-enemigo a la que se refería en su breve ensayo sobre el concepto de lo político. En las trincheras del conflicto, dice el abogado alemán, se expresa vívidamente la razón última de la política: sobrevivir o ser aniquilado. Las medias tintas, el diálogo que pacifica o la tregua que distiende, son síntomas de debilidad. El poder, por el contrario, debe ejercerse con resolución. Imponerse, si es necesario. Es voluntad que no cede frente a lo que le es extraño o ajeno. Para Schmitt, la decisión política no depende de un conjunto de principios o valores intangibles que obligan al soberano a retraerse o limitarse, como sugería ese liberalismo acomodaticio al que combatía. Es ante todo la elección pragmática entre antagonismos reales. “Nosotros o ustedes”, como el margen ético en el que se define la política.

La política como conflicto alimenta una visión radical de la democracia. Las urnas autorizan a asaltar todas las trincheras. Conquistar el poder es ocupar todo el Estado. Los adversarios derrotados en la batalla electoral deben rendirse o retirarse. Los vigías de la guerra justa no tienen otra opción que subordinarse o desaparecer. Desde esta visión radical e iliberal de la democracia, las instituciones de la imparcialidad, las zonas neutrales convenidas para procesar las enemistades, los espacios para alumbrar la razón común, son obstáculos que deben ser removidos para reestablecer la identidad entre el pueblo auténtico y sus legítimos representantes. Dice Schmitt en su estudio sobre el parlamentarismo: “el poder político de una democracia estriba en saber eliminar o alejar lo extraño y desigual, lo que amenaza a la homogeneidad”. El pluralismo es, en esencia, la negación de la democracia schmittiana.

Para López Obrador, la política es conflicto, el poder es voluntad, la democracia es uniformidad. La tercera alternancia, a pocos días de su inauguración, ya desliza las claves del ejercicio de sus capacidades legales para decidir. Las mayorías electorales habilitan de origen a usar el rodillo de las mayorías parlamentarias. La legitimidad directa es un permiso para capturar, a través de leales, las palancas que la República separa conscientemente para evitar la concentración de poder. El diálogo político es una simple cortesía a escuchar de viva voz los designios del presidente. La crítica es traición a la voluntad popular. El disenso, atrevimientos cupulares que se pagan en el patibulario popular. Las reglas como timoratas excentricidades de un régimen que se había atado absurdamente las manos para decidir. Frente a la voluntad de transformar, en la pureza de intención de la cabeza, desde la dimensión histórica de su travesía, no se puede ceder un centímetro en nada ni a nadie, porque los enemigos –conservadores, reaccionarios, fifís– siempre acechan.

Todo parece indicar que el modelo consensual que definió la transición democrática ha llegado a su fin. La polarización parece ser el signo de los nuevos tiempos. La deliberada intención de dividir a los mexicanos en extremos que se miran con reojo. Termina –deseo equivocarme– un episodio relativamente largo de “política tranquila”, como llama Sartori a esa disposición a atemperar las intensidades de la rivalidad. Y es que la toma de posición de la transición por el pluralismo explica no sólo buena parte de las instituciones políticas vigentes, sino también una praxis de diálogo y acuerdo. Un conjunto de actitudes que entienden a la política como una actividad civilizatoria para encapsular y superar el conflicto, que el poder se materializa en normas imparciales y previsibles, que la democracia es la coexistencia pacífica entre diferentes.

Los liberales mexicanos deben releer a Schmitt. En su ácida crítica al liberalismo, hay muchas claves para entender nuestro presente. Trazos para entender la democracia desde el conflicto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.