Cronopio

El dilema de 2024

Los dilemas son el núcleo de los relatos electorales. Po ello la imposibilidad de fijar uno es, quizás, un primer síntoma de irrelevancia.

En los cuartos de estrategia de campañas se suele decir que las probabilidades de éxito o fracaso dependen de fijar con claridad el dilema social que la elección tiene que resolver. El dilema es esa cuestión, planteada en términos de disyuntiva, que según sea concedida o negada, conduce a una determinada decisión. A votar por o en contra de.

En la elección del 2000, el dilema exitoso fue la continuidad del longevo partido oficial o la alternancia pluralista. La consigna de sacar al PRI de Los Pinos aglutinó la percepción de que los relevos en el poder eran rutinas institucionales valiosas. A diferencia del 2000, en la elección de 2006 no se planteó una disyuntiva propiamente programática, sino la opción entre el perfil del próximo gobernante. La decisión se decantó por el perfil de los candidatos punteros: moderación o radicalidad. En la elección de 2012, el argumento de la eficacia se impuso fácilmente a una pecaminosa continuidad sin continuistas. López Obrador polarizó eficientemente el dilema democrático en su tercera incursión por la Presidencia: el poder en manos del pueblo o de las élites. El cambio en la sustitución del poder detrás de la silla sexenal.

Los dilemas son el núcleo de los relatos electorales. De esa historia que los candidatos cuentan sobre sí mismos, sobre su visión de la realidad y sobre sus capacidades, aptitudes, talentos o, incluso, metapoderes para transformarla. El dilema es una forma de simplificar la lucha entre protagonistas y antagonistas, entre el bien y el mal, entre un nosotros y los otros. Su función es que sea irresistible tomar alguna posición. La sustancia persuasiva del dilema es empujar a los electores a buscar el lado correcto de la ecuación.

Estas construcciones no son estáticas. Se ajustan –o deben ajustarse– a las sensibilidades sociales y a los denominados climas de opinión. Se abandonan, modifican o reafirman. Pero la imposibilidad de fijar un dilema es, quizá, un primer síntoma de irrelevancia. Los candidatos existen políticamente hablando cuando instalan su propia disyuntiva en la conversación pública. Desaparecen cuando no personifican la decisión que el elector debe tomar frente a la urna. Se desvanecen cuando no pueden dar sentido al tache de la boleta.

¿Cuáles son los dilemas de esta elección? Para Morena, 2024 es la continuidad del obradorismo sin rubores. Le llaman el “segundo piso de la transformación”. La imagen sugiere una nueva realización sobre cimientos previos. La apuesta, parece, es consolidar el voto duro de López Obrador y a una parte del voto no partidista que aún cree en su oferta. La historia, los protagonistas y antagonistas son los mismos de López Obrador, pero con una difusa materialización ulterior. Continuidad 2.0 sobre el piso de los cerca de 16 millones de votos que AMLO movilizó en 2006, 2012, 2021 y en la revocación de mandato de 2022.

Otro dilema es entre vieja y nueva política. Movimiento Ciudadano intuye que el rechazo al eje PRI-PAN-PRD es todavía más intenso que la desilusión o el enojo hacia AMLO-Morena. Al parecer, la tercera vía no pretende socavar los polos partidarios, sino captar a indecisos y, sobre todo, a los que no encuentran vía de castigo al obradorismo en los partidos tradicionales. A ese 40 por ciento de electores que no se definen como ‘anti’, de unos o de otros. Y ahí también están los jóvenes que repudian a la partidocracia y que, al mismo tiempo, ven con recelo la agenda conservadora en género, libertades sociales y en medioambiente de AMLO.

Frente a las definiciones de Morena y MC, el frente Va por México no termina por superar su dilema existencial: contra AMLO o contra Sheinbaum. Quizás esa indefinición se deba a la complejidad de articular a partidos y organizaciones con agendas distintas o quizás al hecho de que el frente mismo es una reacción epidérmica a la continuidad del obradorismo. Es entendible que si López Obrador los juntó, sea siempre más fácil definirse mirando su reflejo en el espejo. Eso puede explicar que hablen mucho de AMLO y muy poco de los gobiernos de Morena y de sus candidatos.

Si el dilema que el frente pretende plantear es el ‘fin de AMLO’, si la estrategia es convertir la elección en un plebiscito sobre su figura, habría que corregir el matiz de que habrá continuidad en lo que sirve y cambio en lo que no. La disyuntiva, así planteada, termina en una contradicción o necesita explicación. Si el país va con rumbo a la destrucción, ¿qué merece conservarse? Si AMLO no es Nerón, entonces ¿en qué se ancla la urgencia, el imperativo ético, del voto útil con la nariz tapada?

El frente debe fijar con claridad su dilema. Atreverse a contrastar en binarios. Hacer creíble la disyuntiva. Repetirla con consistencia y persistencia. Decidir de qué se trata, desde la parcialidad que representan, esta elección. Y el tiempo apremia.

COLUMNAS ANTERIORES

Los cárteles terroristas
El fraude judicial: el voto no es universal ni directo

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.