No comparto el imaginario de que la elección de 2024 podrá enmarcarse en la decisión binaria ‘sí-no’ a la continuidad del lopezobradorismo. Los datos de las encuestas públicas reflejan un contexto político mucho más denso. Si bien lejos de inédita, la aprobación del Presidente no anticipa, aún, que el castigo a su gestión será un catalizador determinante de voto, como sucedió en la elección de 2018. El miedo o la preocupación a una posible deriva autocrática no se asoma como razón estratégica de voto. Morena registra una tasa de rechazo menor en comparación con los partidos que integran la alianza opositora, es decir, una mayor proporción de personas se declaran indispuestas a votar por los partidos de la transición, juntos o por separado. Hasta ahora, es difícil reconocer cambios relevantes en las tendencias electorales como resultado de los procesos de selección de candidatos. La reducción de las opciones entre el oficialismo y la oposición no parece haber provocado una realineación de preferencias. Sólo desde cierto autoengaño, puede afirmarse que el escenario de la competencia ha cambiado.
La apuesta todo o nada al ‘antilopezobradorismo’ es un error que puede costar caro a la democracia mexicana. Fuera de la suma lineal de la votación recibida por partido en la elección de 2021 o en las locales de 2022 (la comparativa entre votos recibidos por Morena y sus aliados versus votos agregados de toda la oposición), no encuentro base empírica o estadística que permita suponer que la elección está inercialmente instalada en la condición de un plebiscito entre, por un lado, el inminente maximato de López Obrador o, por el otro, la necesidad de restaurar la imperfecta pero preferible institucionalidad previa. Por el contrario, la construcción de este ‘clivaje’, de una línea divisoria entre bloques de votantes definidos por su identidad o no con el obradorismo, corre el riesgo de acelerar el tiro de gracia al sistema de partidos de la transición. Si la pluralidad se reduce a la pertenencia a un bando mutuamente excluyente en torno al régimen de López Obrador, los partidos pierden sentido como herramientas útiles para la comprensión de los problemas colectivos, para encauzar demandas o para recrear perspectivas de futuro. Amontonados en la inercia de configurar las élites gobernantes que evitarán la permanencia de la nueva hegemonía, los partidos renuncian a su función mediadora de la complejidad y conceden, poco a poco, legitimidad a la falsa personificación unitaria del pueblo. Dejan de representar algo más que la lucha de los ‘pocos’ por el poder que ‘uno’ le ofrece a los ‘muchos’.
A la retórica maniquea del antagonismo existencial entre pueblo verdadero y la mafia del poder en el que se sostiene el lopezobradorismo, no parece buena idea oponer ese paternalismo que predetermina la alternativa para evitar que el pueblo se equivoque nuevamente. El éxito de las versiones plebiscitarias de la democracia estriba en que toman en serio a sus votantes. Cultivan persistentemente la conexión sentimental entre lo que el poder no ha hecho y lo que debería hacer. Por eso, la tutela nunca será más atractiva que la oferta de empoderamiento. La amenaza estructural de las democracias contemporáneas es precisamente la cancelación del pluralismo. Es el vacío de la forma de representación política articulada por partidos e instituciones de mediación que actúan como fuerzas ideológicas, de movilización, competencia, cooperación y consenso. En la ‘desreponsabilización’ de los partidos, advierte Natalia Urbinati, la función de la maquinaria democrática se limita a la sustitución de unos por otros. La política se vuelve irrelevante para construir, desde la igualdad política, una vida decente. Es perfectamente sustituible para la voluntad de uno. “Resulta una herramienta poco poderosa para defender el proyecto social común”.
La elección de 2024 debe servir para problematizar al país más allá del lopezobradorismo. Politizar la desigualdad, la violencia, la corrupción, la ausencia de Estado, la desintitucionalización del país. Politizar en su connotación básica: crear conciencia colectiva. Y para politizar se necesita, inevitablemente, a los partidos.