Con los magistrados disminuidos, los consejeros confrontados, los partidos hechos bolas y la adopción de decisiones inútiles o cuestionables inició a tiempo, pero tarde el proceso electoral 2026-2027. Un concurso que, por el marco y el contexto donde se desarrollará, sugiere un pandemonio y no una fiesta.
A tiempo porque ayer se estableció como la fecha formal del inicio, pero el árbitro ni el juez nomás no vieron que empezó mucho antes y que, con actos anticipados de campaña, los partidos –Morena a la cabeza– mostraron manifiesta disposición a burlar o torturar la ley.
Empezó mal el proceso, y aun cuando la fuerza en el poder sonríe hacia fuera y se aflige hacia dentro, ahora nomás falta por ver cómo termina. La democracia está de por medio.
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Lo paradójico del arranque del proceso electoral lo protagoniza Morena.
La fuerza en el poder cuenta, a pesar de los pesares, con innegable preferencia electoral y, sin embargo, optó por asegurar el poder emprendiendo acciones y operaciones o impulsando medidas que, desde ahora, ponen en duda la calidad y pulcritud del proceso electoral. Generó así un problema que no tenía y dejó de resolver el que, verdaderamente, lo asedia y lo coloca un apuro. Esa estrategia provoca la impresión de una pérdida de confianza de Morena en su propia capacidad y fortaleza para levantarse con el triunfo sin poner en duda la legitimidad de éste.
Hasta ahora, el desafío de Morena no lo representa la oposición significada por el priismo y el panismo. Esas formaciones separadas o integradas no le suponen un peligro y, sin embargo, el partido guinda le prestó más atención a ese asunto que al que debería atender. Y ese otro asunto es la lucha por las candidaturas dentro de la alianza que encabeza y que, como más de una vez se advirtió, amenaza con una implosión.
La competencia o incompetencia por las candidaturas de Morena y sus aliados es impresionante. A los suspirantes, varios de ellos con espíritu caníbal, poco les importa la unidad y la cohesión de la coalición ni complicar aún más la situación del gobierno, hacia fuera o hacia dentro del país. El juego de ellos es hacerse de cuotas o parcelas de poder cómo sea. La consigna de más de uno de ellos pareciera ser: primero la candidatura y luego vemos lo que sigue.
La lucha del exgobernador y la gobernadora de Baja California, Jaime Bonilla y Marina del Pilar Ávila, por colocar a su respectivo delfín en la candidatura trasciende la frontera y juega con la soberanía. Algo no muy distinto sucede en Quintana Roo, entre la gobernadora Mara Lezama y el aspirante Rafael Marín Mollinedo. Igual es notorio en Chihuahua el pleito entre Cruz Pérez Cuéllar y el senador Adán Augusto López que no compite, pero en la candidatura de Andrea Chávez se juega una de sus palancas de poder. E, incluso, a nivel municipal, la talla del pleito también es perceptible. Botón de muestra, la alcaldía de León, donde Ricardo Sheffield y Emmanuel Reyes se está dando con todo. Y, por no dejar, vale mencionar el desafío planteado a Morena por el empresario sindical y diputado Pedro Haces: me dan posiciones o las consigo con los adversarios.
El problema está dentro del partido del poder y éste, sin embargo, concentró la atención afuera. Y, por si eso no bastara, en los términos en que se resuelvan las candidaturas, la dirigente de Morena, Ariadna Montiel, quien no logra consolidar su autoridad, se juega la posibilidad de aparecer o no, más adelante, en la baraja de las y los presidenciales. La tensión, como en la presidenta Sheinbaum, comienza a advertirse en su rostro.
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Lo peor de la estrategia adoptada por Morena es que, al concentrar la atención donde no debía, le abrió una ventana de oportunidad a la oposición y, con ello, a la posibilidad de darle vida al fantasma que tanto teme: la injerencia externa.
Al restarle calidad y pulcritud desde su origen al proceso electoral y arrastrar con ello al tribunal y al instituto electoral, esa fuerza ha dado pie a un imposible: crear un problema que no tenía sin resolver el que lo amaga. En esto, sin embargo, hay un ingrediente fundamental: es tal el desvarío de las dirigencias del Revolucionario Institucional y de Acción Nacional que muy probablemente no vean la oportunidad ni la aprovechen. Mal no hace Movimiento Ciudadano en apartarse de ellos.
Ciertamente, los tricolores y los albiazules ya vislumbraron que, quizá, fuera del país se haga lo que ellos no pueden. Sin embargo, eso no basta. La denuncia fuera del país de los vicios del proceso electoral sólo adquiere sentido si tienen algo más que quejas y, sobra decirlo, no lo tienen. Se oponen sin proponer, su lucha es de sobrevivencia. Pueden ir y venir, desgañitarse dentro, pero no aparecen en la escena electoral y, con ello, la probabilidad de impulsar el voto de castigo se reduce a depositar la boleta en un bote o dos de basura.
Es patética la actuación de esas dirigencias opositoras.
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Al panorama generado al inicio del proceso electoral se agrega un actor que, día a día, cobra más protagonismo en la política: el crimen.
El pode criminal tiene hundido en la guerra a Sinaloa, asediada a más de una región y bajo dominio a otras. Como extra, más de uno de sus socios políticos están ya marcado como tal. La interrogante es cómo va a jugar sus cartas, siendo que, en Sinaloa, ya se le vio actuar como operador electoral.
Ante la amenaza de ese actor, asombra que el gobierno no haya resuelto qué hacer con quienes supuestamente investiga, obviamente, el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y el senador Enrique Inzunza, a fin de mandar una contundente señal contra la asociación de crimen y política.
Dice el refrán que lo que mal empieza, peor acaba. Ya inició el proceso electoral.