Sobreaviso

Salida en falso

A ver si el banderazo en la carrera por la sucesión presidencial no es una salida en falso. No se puede instar a correr a los concursantes, poniéndoles grilletes en los tobillos.

A guisa de divertimento político, pasa como una maniobra distractora. A título de operación política, a ver si no queda como un error.

El banderazo de salida dado el martes pasado por el presidente Andrés Manuel López Obrador a la carrera sucesoria entraña, por decir lo menos, una contradicción: sin lograr ocultar su preferencia, aunque dice querer a todos, el mandatario impulsa a sus camaradas y les levanta el brazo en señal de victoria segura, al tiempo de ponerles grilletes en los tobillos.

Alentar desde el Ejecutivo la contienda interna en pos de la candidatura presidencial de Morena sin resolver o atemperar los problemas que tocan el corazón de la gente ni descargar a los impresentables de Morena y, a la vez, confrontando (a veces, afrentando) a sectores sociales, gremios profesionales y personalidades influyentes en la opinión pública, es animar a correr a sus cófrades con los pies atados. Casi les dice: muévanse en la arena política… y movediza, si quieren participar en el concurso.

Se solaza el mandatario al autorizar a nominados y no a hacer precampaña, al indicarles qué espera de ellos –”continuidad con cambio”, les dice– y al jurarles que, aun cuando lleva las reglas, el arbitraje y las fichas del juego, él no va a decidir de quién es la candidatura. Eso, asegura, lo determinará el pueblo a través de las encuestas, ese gran instrumento en el cual él deposita la mayor de las confianzas y desconfianzas según el resultado. ¡Arránquense, pero no dejen de hacer la tarea ni se valgan del puesto, el encargo o el presupuesto!

Sin duda, la temeridad del Ejecutivo de dar anticipadamente y en falso el banderazo de salida tiene por base la nulidad política que representa la oposición. Ese frente con agujeros incapaz de formular un programa político y construir un candidato o, al menos, dejar actuar a quienes han levantado la mano. Tanto así que, con un dejo de sorna, el mismo mandatario les sugiere nombres de posibles precandidatos, buscando sparrings a sus pupilos.

Idealmente precipitar la competencia interna por la candidatura presidencial incentiva a los concursantes a dar lo mejor de sí en la función pública o la representación popular que desempeñan o encarnan. Sí, pero tiene una desventaja: en aras de la ambición política, no faltará quien se incline no por presumir sus propios aciertos, sino por subrayar los errores del otro.

Ahí está lo sucedido el domingo y el jueves pasado. El domingo, la una y los otros tuvieron la dicha de ser aclamados como virtuales ocupantes de Palacio Nacional. Sin embargo, el jueves el canciller Marcelo Ebrard fue acusado por un supuesto militante contrario a su postulación de ser un neoliberal y, en estos días, tal acusación puede llevar a cualquiera al paredón político. ¿Cuántos incidentes más como el anterior se registrarán, habiéndose declarada abierta la competencia y qué efecto tendrá la competencia en la acción gubernamental, legislativa y política?

Aunado a ello, en breve los foros y lugares de exposición de quienes quieren abanderar a Morena se van a estrechar. La campaña en los seis estados que renovarán su gubernatura concluirán en doce días y la próxima obra emblemática del gobierno, la refinería de Dos Bocas, será inaugurada el dos de julio. ¿De qué artes y ardides se valdrán la y los suspirantes para placearse y ganar simpatizantes fuera de su ámbito natural de acción?

¿Qué tanto les permitirá el señor de Palacio disputarle el micrófono, el foro y la audiencia?

Esos problemas son nada, frente a tres de mucho mayor relevancia.

De tiempo atrás, sobre todo después de la elección intermedia, el presidente López Obrador carga contra aquellos sectores y movimientos sociales, gremios profesionales o, incluso, personalidades que resisten sus ideas o prácticas y, así, resta en vez de sumar votos. Cuando no los confronta, los afrenta. No estando más en su horizonte aparecer de nuevo en una boleta, puede importarle o no el saldo electoral de su actitud, pero no a quienes aspiran a sucederlo. El asunto es delicado, pero determinante. ¿Cómo darán muestra de lealtad y obediencia la y los suspirantes sin renunciar a restablecer puentes con aquellos grupos sociales que influirán en la elección?

La preocupación social del mandatario se ha concentrado en programas de atención social –particularmente pensiones, becas y ayudas directas–, pero no en políticas relacionadas con la seguridad y la salud que pegan en la corazón de la gente. Las desapariciones, homicidios y feminicidios en el campo de la seguridad o los enfermos por no contar con medicamentos o muertos por no haber recibido debida y oportuna atención pintan una tragedia y, sin embargo, no se advierte una reconsideración oficial al respecto. Ese cuadro tendrá expresión en elección.

Y, por si algo faltara, ni el gobierno ni Morena han tenido los arrestos para frenar o expulsar de su seno a funcionarios y exfuncionarios, gobernadores y exgobernadores, así como aliados de otros partidos que han desprestigiado al movimiento que encumbró al lopezobradorismo. ¿Cómo van a cargar con ellos, quienes pretendan hacer suya la candidatura presidencial?

Ciertamente, esos grilletes que frenan en su carrera a quienes buscan suceder al presidente López Obrador terminarán por desacelerar o frustrar su ambición. Sólo una o uno podrá coronarla y, entonces, será importante ver cómo se entiende con su padrino, con aquellos sectores y grupos sociales ofendidos u olvidados desde el poder y con quienes habiendo estado en la carrera se quedaron en el camino y abriguen resentimientos.

Así se haya planteado como un divertimento, precipitar la sucesión puede derivar en un error. Es difícil correr con grilletes en los tobillos.

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