Clara Brugada le dice a Mario Delgado: necesito ayuda para que la gente no salga a las calles y evitar una crisis de movilidad durante el Mundial. Delgado le responde que se despreocupe, que tiene la solución. Y, sin informarle a la presidenta Claudia Sheinbaum, el secretario de Educación cambia unilateralmente una política pública federal y anuncia que las vacaciones de verano se recorrerán y las clases se reducirán en 40 días este año, con lo que sumarían un total de 158 días en este año escolar. La respuesta era obvia: repudio total.
Si el diálogo en esos términos es imaginario, el ánimo con el que se tomó la medida refleja la componenda política que afectó la logística de 23 millones de jefas y jefes de familia. Fue una de las decisiones más estúpidas del año, pese a la fuerte competencia que ha existido. La jefa de Gobierno de la Ciudad de México necesita evitar su naufragio político y no tener más problemas con Sheinbaum, por su incapacidad notoria. Delgado requiere el apoyo de los duros y no ser la primera pieza sacrificada ante Donald Trump, que anda a la caza de narcopolíticos.
Es probable que el plan sea cancelado, como pareció apuntar la descalificación que hizo la presidenta del plan el viernes, obligando a Delgado a informar que hoy anunciaría el nuevo calendario. Menos de 24 horas hábiles duró su idea, porque, junto con Brugada, creó un problema donde no existía. No tenía ningún sentido y sus argumentos fueron baladís: la ola de calor, su primer justificante para no tener clases en junio, el mes mundialista, todavía no puede establecerse con certeza cómo pegará, porque habrá un ciclo de lluvias, y mayo, que aún no acaba, va por los niveles del mayo de hace dos años. Además, todos los juegos, salvo la inauguración, son en la noche.
La presidenta, que no sabía nada de la recalendarización, le reclamó a Delgado el mismo jueves del anuncio, y le dijo que lo iba a desmentir el viernes, como sucedió. El secretario de Educación se defendió diciéndole que había sido una propuesta de sus contrapartes estatales, lo que varios desmintieron. Guanajuato, Jalisco y Nuevo León incluso lo desafiaron públicamente y dijeron que lo desobedecerían.
El episodio mostró, en otro nivel, el desorden que se vive en la actual administración pública. A veces parece que cada quien hace las cosas que quiere, no las que debe, por razones particulares. Sheinbaum no puede actuar contra Brugada, porque es otro poder, pero sí lo podría hacer contra Delgado, cuya rebelión merecería su cese inmediato. No va a pasar, porque no lo puede dejar a la intemperie, vulnerable a las acusaciones de Estados Unidos.
México será el único país en haber sido tres veces sede mundialista, pero a diferencia de 1970 y 1986, cuando los gobiernos –que venían de tragedias y desastres– lo utilizaron como vitrina internacional, hoy parece estar dispuesto a usarlo como anestesia nacional. Por eso, la decisión de Delgado, aunque no lo supiera la presidenta y rápidamente se deslindara de ella, no deja de ser extraordinaria por la contradicción de un gobierno que lleva siete años –en dos facetas– repitiendo “primero los pobres”, reduzca semanas de clases en uno de los sistemas educativos más rezagados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, para facilitar la movilidad.
La explicación oficial intenta sostenerse sobre la ola de calor. Pero el calor en México no empezó en 2026. Lo nuevo no es la temperatura; es la incapacidad del Estado para adaptar infraestructura escolar, instalar ventilación, garantizar agua o modificar horarios sin sacrificar aprendizaje. Le resulta más fácil cerrar escuelas que gobernar. El mensaje es demoledor. Mientras Singapur, Corea del Sur o Polonia compiten por aumentar horas efectivas de enseñanza, México discute cómo perderlas.
Pero no solo eso. Delgado decidió que la educación puede comprimirse, ajustarse o sacrificarse según convenga a las necesidades operativas de una jefa de Gobierno que no tiene idea ni equipo para evitar el desastre de movilidad en la Ciudad de México y de acceso al Estadio Banorte, como se apreció en toda su magnitud durante el primer juego entre Pumas y América. No solo es culpa de ella. Su antecesora tuvo seis años para hacer algo y no lo hizo. Al expresidente le importó poco el compromiso por delante y pateó los problemas, como siempre lo hizo, al siguiente gobierno.
La solución Delgado ya la había expresado Brugada, cuando dijo que sería una buena idea que durante el Mundial la gente se quedara en sus casas. Si no hizo la tercera vía al estadio con la que se había comprometido, ni perfeccionó el uso del transporte público para llegar al coso, su mejor apuesta, mediocre, busca que el tráfico en la capital desaparezca y, con ella, cree ingenuamente, sus dolores de cabeza. En ese partido de Pumas contra América, con alrededor de 30 mil aficionados en el estadio –menos de 50% de su cupo–, la movilidad estuvo peor que durante la reinauguración del coso.
Delgado, para hacerle un favor, hizo del problema en el que está Brugada una política pública. No todos siguieron su disparate. En Guadalajara se anunció que el día de la inauguración y cuando México juegue contra Corea del Sur en el Estadio Akron, suspenderá clases para ayudar con la movilidad. Probablemente, como sucede en Alemania, Argentina y Brasil, habrá cierres parciales en las escuelas los días que juegue la selección, como era antes en México, pero para el divertimento.
El problema de fondo detrás de la iniciativa de Delgado encierra una paradoja por la incompetencia de Brugada: el gobierno necesita que el Mundial salga impecable porque será la mayor operación internacional de imagen del sexenio. No solo se juega turismo, se juega narrativa. El gobierno quiere proyectar estabilidad, modernidad y capacidad organizativa en medio de un país golpeado por violencia, desapariciones, presión económica y deterioro institucional. Pero comprobó, con las violentas imágenes tras la caída de Nemesio Oseguera, El Mencho, que son ellas las que dictan el relato.
El problema es que los gobiernos obsesionados con la escenografía suelen descuidar el edificio. La contradicción es brutal. México quiere convertirse en escaparate global mientras normaliza que miles de escuelas carezcan de electricidad funcional, bebederos o techumbres adecuadas, que es donde aparece el verdadero riesgo político para el régimen, porque el adelanto vacacional transmite una señal profunda: la educación pública es negociable.