Construyendo

¿Consumir más electricidad para contaminar menos?

La electrificación del transporte, la industria y los edificios puede reducir emisiones y consumo energético si se acompaña de generación limpia.

Hay una idea que parece desafiar y contradecir todo lo que sabemos hoy sobre cambio climático, y consiste en que para contaminar menos, el mundo necesita consumir más electricidad. ¿Cómo puede ser posible, si todavía generamos buena parte de ella quemando combustibles fósiles?

La respuesta está en una distinción que suele pasar inadvertida, no es lo mismo consumir energía que aprovecharla. Cuando cargamos gasolina en un automóvil, solamente una fracción de su energía termina moviendo las ruedas; gran parte se desperdicia como calor. Un motor eléctrico, en cambio, convierte una proporción mucho mayor en movimiento útil. Por eso, para recorrer la misma distancia, un vehículo eléctrico necesita mucha menos energía final.

Algo semejante ocurre al calentar espacios dentro de los edificios. Una caldera de gas produce calor quemando combustible; una bomba de calor utiliza electricidad para trasladar calor del ambiente al interior. Según la Agencia Internacional de Energía, puede entregar entre tres y cinco unidades de calor por cada unidad de electricidad consumida. Esta lógica es la que está detrás de una tendencia conocida como “la electrificación de todo”, que persigue sustituir, donde resulte técnicamente viable, el consumo directo de gasolina, diésel, gas y otros combustibles por tecnologías eléctricas más eficientes.

El asunto ocupará un lugar destacado en la COP31, que comenzará el 9 de noviembre en Antalya, Turquía. Sus organizadores promueven la meta voluntaria de elevar la participación de la electricidad en el consumo final mundial de energía, desde poco más del 20 por ciento en la actualidad, hasta el 35 por ciento en 2035. Conviene subrayarlo, no se propone aumentar 35% el consumo eléctrico, sino que la electricidad represente 35 de cada 100 unidades de energía final utilizadas por la economía. Y como los equipos eléctricos suelen desperdiciar menos energía, esa transición puede reducir el consumo energético total necesario para obtener los mismos servicios.

Pero hay una condición decisiva. Electrificar no equivale automáticamente a descarbonizar. Si la electricidad adicional proviene de centrales altamente contaminantes, los beneficios climáticos disminuyen. La estrategia exige avanzar simultáneamente en generación limpia, redes confiables, almacenamiento y eficiencia.

Para México, el desafío es particularmente relevante. Electrificar transporte, procesos industriales y edificios puede reducir nuestra dependencia de combustibles y mejorar la competitividad. Sin embargo, hacerlo sin anticipar inversiones en transmisión, distribución y capacidad de generación trasladaría los problemas de un sistema a otro.

Además, la electrificación ofrece beneficios que van más allá del cambio climático. Sustituir motores de combustión por tecnologías eléctricas puede reducir la contaminación del aire en nuestras ciudades, disminuir costos de operación y mejorar la seguridad energética al depender menos de combustibles importados. Para las empresas, una mayor eficiencia puede traducirse en menores costos de producción. Y para las familias, en servicios energéticos más económicos, siempre que existan tarifas competitivas y condiciones adecuadas de acceso.

También debemos evitar una simplificación; no todos los procesos pueden electrificarse hoy con la misma facilidad. Algunos usos industriales de alta temperatura y ciertos transportes requieren soluciones adicionales. La transición, entonces, no consiste en conectar indiscriminadamente más aparatos a la red. Consiste en rediseñar cómo obtenemos movilidad, confort y producción utilizando menos energía y generando menos emisiones.

De modo que lo verdaderamente relevante no está en cuánta electricidad consumiremos mañana, sino cuánto trabajo útil podremos realizar con ella y cuál será su origen.

El gran objetivo no es gastar más energía, sino dejar, de una vez por todas, de desperdiciarla.

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