Construyendo

Anticiparse cuesta menos que reaccionar

Cuando una región crece aceleradamente, la infraestructura energética debe crecer con ella, e idealmente hacerlo incluso antes de que la demanda alcance su punto crítico.

En términos de infraestructura, como en muchas otras cosas de la vida, casi siempre resulta más barato anticiparse que reaccionar. A pesar de que es algo bien sabido, con demasiada frecuencia esperamos a que aparezca el problema para comenzar a discutir la solución.

La energía es quizá uno de los mejores ejemplos de este fenómeno. Cuando el suministro eléctrico funciona con normalidad, pocas personas se preguntan cómo llegó esa electricidad hasta sus hogares, comercios o industrias. Pero basta una interrupción del servicio para que la infraestructura eléctrica se convierta, de pronto, en tema de conversación.

Lo cierto es que las redes eléctricas no se construyen de un día para otro. Las líneas de transmisión, las subestaciones, los transformadores y los sistemas de distribución requieren años de planeación, inversión y ejecución. Por eso, cuando una región crece aceleradamente, la infraestructura energética debe crecer con ella, e idealmente hacerlo incluso antes de que la demanda alcance su punto crítico. La verdadera planeación consiste precisamente en eso, preparar el futuro antes de que el futuro nos alcance.

Hoy hablamos con frecuencia de transición energética y solemos concentrarnos en los grandes proyectos de generación renovable. Sin embargo, la conversación debe ampliarse. La infraestructura que transporta, distribuye y administra la electricidad será tan importante como la que la genera. Sin redes modernas, flexibles y suficientemente robustas, ninguna transición energética estará completa.

Al mismo tiempo, está ocurriendo una transformación silenciosa que cambiará nuestra relación con la electricidad. Los consumidores fueron por mucho tiempo actores pasivos, simplemente recibían la energía que el sistema les entregaba. Hoy, la tecnología permite asumir un papel mucho más activo.

Los sistemas de almacenamiento con baterías son un buen ejemplo. Con frecuencia se presentan únicamente como una solución para mantener el suministro durante una interrupción eléctrica. Sin embargo, esa es apenas una de sus muchas aplicaciones.

Cuando son correctamente diseñados e integrados, estos sistemas permiten almacenar energía en los momentos más convenientes, optimizar el aprovechamiento de instalaciones fotovoltaicas, reducir la demanda en horas pico, mejorar la calidad del suministro y aportar mayor flexibilidad al sistema eléctrico. En otras palabras, no solo respaldan al usuario; también contribuyen a construir una red más eficiente y resiliente.

Esto no significa trasladar al ciudadano la responsabilidad de resolver los desafíos del sistema eléctrico. Una infraestructura pública sólida seguirá siendo indispensable para garantizar el desarrollo económico y social de cualquier país. Pero también es cierto que la tecnología está dando origen a un nuevo tipo de consumidor, uno que participa, gestiona y fortalece su propia seguridad energética.

No se trata de elegir entre una red eléctrica fuerte o usuarios mejor preparados. Ambas cosas son necesarias y, sobre todo, complementarias. La energía del futuro exigirá inversiones inteligentes, infraestructura moderna y una nueva cultura energética donde gobiernos, empresas y ciudadanos comprendan que la resiliencia se construye de manera compartida. Las sociedades más exitosas no son aquellas que reaccionan mejor ante las crisis, sino las que supieron prepararse antes de que ocurrieran.

Y, como sucede con toda gran infraestructura, las mejores decisiones casi nunca son las más visibles. Son aquellas que, gracias a la visión de largo plazo, evitan que los problemas lleguen a presentarse.

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