A 40 días de las elecciones de medio término en Estados Unidos, los demócratas aventajan en la intención de voto en encuestas nacionales, pero los republicanos llegan con una ventaja de más de 100 millones de dólares entre sus comités partidistas. En una elección que definirá el resto del segundo mandato de Donald Trump, el capital puede ser definitorio quién llega a las urnas.
De acuerdo con las encuestas nacionales más recientes, los demócratas tienen una ventaja de entre cinco y ocho puntos sobre los republicanos respecto al voto genérico del congreso. Esto no sorprende considerando que la popularidad del presidente Donald Trump está en su punto más bajo, los precios de la gasolina están por los cielos y se está librando una guerra como aquellas que el actual presidente prometió evitar durante su campaña. A esto se le suman dos tendencias: la llamada midterm curse, en donde el partido del presidente en turno generalmente pierde en las elecciones intermedias; y el hecho de que, frecuentemente, las elecciones en donde no se elige presidente reciben mucho menos atención y participación ciudadana.
Si bien los demócratas pueden estar ganando en la conversación nacional, será el presupuesto el que defina qué votantes reciben un mensaje y quién efectivamente acude a votar, lo cual puede hacer la diferencia en elecciones tan fragmentadas como esta, dividida en cientos de campañas para la Cámara de representantes, el Senado y las gubernaturas.
De acuerdo con un estudio de 2022 de la Universidad de Vanderbilt que revisó más de 4,500 campañas electorales encontró que la publicidad televisiva un par de meses antes de la elección tuvo un efecto medible en los resultados y que los anuncios son más influyentes en contiendas para cargos públicos de menor rango o perfil local.
Si bien el dinero no cambia por sí solo la preferencia de un elector, en una intermedia compra la capacidad de llegar a quienes no están convencidos o interesados. Esto a través de anuncios que permiten ubicar a candidatos poco conocidos, pero también por medio de de estrategas, datos, abogados, voluntarios, transporte, mensajes personalizados y una operación que convierte a un simpatizante en alguien que sí se aparece el día de la elección.
Si se observa el gasto de campañas ejercido por el GOP del 1 de agosto a la fecha, se observan diferencias prácticamente del doble de recursos en estados clave como Ohio, Texas, Michigan, Maine, Iowa y Georgia, dejando en claro que los republicanos están dispuestos a pagar lo que sea necesario para contener la marea azul.
A esto se suma que, a pesar de Trump no estará en la boleta, el presidente le ha pedido a su base electoral, literalmente, que actúen como si lo estuviera. Su presencia sin duda aporta atención, volviendo la competencia en una votación entre lealtad u oposición a su figura personalista, usando las mismas etiquetas de sus mensajes y evitando que el candidato tenga que ahondar en su propia agenda.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que nacionalizar la elección también implica nacionalizar lo que el electorado sufre y que es responsabilidad de la administración actual: la inflación, vivienda, salud, guerra, aranceles y más. Esto lleva a que, a pesar de verse favorecidos por los recursos republicanos, los candidatos que se encuentren atados a Trump difícilmente puedan apelar a una porción significativa de su propia base descontenta, así como a votantes independientes. Habrá quienes, tomando esto en cuenta, decidan alejarse de su figura o mantenerse en una posición neutral, con las consecuencias políticas y económicas que eso implica.
Prueba de ello es que, de acuerdo con ABC News, entre el 1 y 15 de septiembre, los republicanos emitieron más de 500 anuncios de televisión por más de 160 millones de dólares. De estos, sólo 12 mencionaron a Trump y equivalieron a aproximadamente 1 millón, menos de 1% del gasto. Los demócratas, por contraste, destinaron cerca de 23 millones a 95 anuncios que sí lo mencionan. Eso muestra que los candidatos también temen el costo que pueda tener la figura del presidente con los votantes independientes.
Trump quiere ser el candidato que no está en la boleta porque sabe que su nombre activa lealtades que ninguna campaña local puede comprar por sí sola. Los demócratas quieren que también esté en ella, porque confían en que su presidencia active el rechazo que hoy les da ventaja en las encuestas. Entre el hartazgo, el dinero y la lealtad se repartirá el poder el próximo 3 de noviembre.
