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Household voting: el voto del patriarca

El household voting reabre el debate sobre el voto femenino, los derechos de las mujeres, el feminismo y la democracia en Estados Unidos.

En las últimas semanas en Estados Unidos ha trascendido un nuevo movimiento por de más escandaloso: el household voting. Puesto en términos simples, la propuesta, impulsada por pastores, influencers y activistas de ultraderecha, buscan que las mujeres renuncien a sus derechos electorales con el fin de que cada familia emita un solo voto, ejercido por el jefe del hogar.

Esta narrativa resonó con fuerza en la Women’s Leadership Summit de Turning Point USA, una de las organizaciones conservadoras más influyentes de Estados Unidos. En este evento, figuras como Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk, impulsaron discursos centrados en el regreso a los “valores tradicionales”, al punto de aconsejar a las asistentes a “tener más hijos de los que pueden mantener”.

La propuesta nace en un terreno fértil que se ha ido cultivando a través de distintas manifestaciones: el fenómeno de las tradwifes, en donde creadoras de contenido fomentan un estilo de vida dedicado al cuidado del hogar y critican abiertamente el desarrollo profesional de las mujeres; la reforma electoral conocida como SAVE Act, que crea nuevos obstáculos para votar para aquellas mujeres que cambiaron su apellido al casarse; así como toda una serie discursos romantizan la nostalgia por épocas en las que el único espacio de incidencia de las mujeres era el hogar.

Cabe destacar que el pilar fundamental del feminismo es la libertad, tomar el camino y estilo de vida que cada mujer considere mejor. Elegir dedicarse al hogar o apegarse a valores conservadores no es el problema, pero sí lo es enmascarar una guerra cultural con fines político-electorales con un argumento a favor de esta ideología.

Aunque hoy no exista como tal una iniciativa legislativa o el respaldo suficiente para buscar eliminar el voto femenino, el problema es igual de grave, pues se busca influir de tal forma que la renuncia al voto venga por decisión propia. Es decir, volver a un modelo donde el matrimonio y la familia son la unidad política y la decisión del patriarca representa al resto. En pocas palabras, que sean las familias, y no los individuos, quienes sean sujetos de derecho.

El momento y las razones detrás de esta propuesta no son azarosas ni casuales. Esta ofensiva ocurre de cara a las elecciones intermedias en Estados Unidos el próximo noviembre, en un contexto en el que el partido Republicano podría perder el control de las cámaras. Los datos respaldan por qué han resurgido estas ideas.

De acuerdo con estudios de la Universidad del Sur de California, desde 1980 las mujeres participan más que los hombres en las elecciones presidenciales de EE.UU. y desde los noventa su voto, en promedio, ha favorecido más a los demócratas que a los republicanos. La derecha sabe que, si el voto femenino se moviliza en torno a temas como aborto, democracia y derechos civiles, es más probable que juegue en su contra.

Es verdad que cuesta imaginar a una mujer liberal renunciando a su voto. Quienes podrían sentirse interpeladas por el voto del hogar son, sobre todo, mujeres blancas conservadoras, parte del núcleo republicano. A primera vista, parecería un tiro en el pie, pues el partido republicano estaría reduciendo su propia base. Pero ahí está la trampa. El household voting no solo busca restar votos a los demócratas, sino disciplinar o limitar el voto de mujeres incluso de su misma base, que hoy tienen un voto propio y que puede volverse disidente.

Pese a que esto suena imposible en otras latitudes, no lo es. Hace apenas unas semanas, el político panista Javier Albarrán hizo un guiño a esta propuesta sugiriendo que el voto sea por familia, con un “responsable” que emita el sufragio pensando en todos los integrantes. Así mismo, en las elecciones locales de Gorton and Denton, en Reino Unido, el pasado febrero, se reportaron denuncias de voto en familia ante la Policía de Greater Manchester y la Comisión Electoral. En estos casos, era evidente que un miembro de la familia influyía en el voto de otra persona, por ejemplo, entrando con ella a la cabina y condicionando su decisión.

Este debate, aunque permanezca en Estados Unidos, es una alerta para cualquier país que se tome en serio la democracia. Los derechos humanos no son permanentes. Como se vio con la abolición de Roe v. Wade, lo alcanzado puede terminar de golpe. Más aún cuando las narrativas son propagadas a gran velocidad en redes sociales y reverberan en nichos ideologizados, amplificadas por influencers y podcasters que convierten la renuncia al espacio público en una aspiración de vida. Cuando la familia se convierte en pretexto para quitarle voz a las mujeres, lo que está en juego va más allá de quién gana una elección, determina quién sigue siendo considerado persona a los ojos de la ley.

Raquel López-Portillo Maltos

Raquel López-Portillo Maltos

Analista y conductora

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