Durante casi tres décadas, el tratado con Estados Unidos y Canadá fue la roca sobre la que México construyó su integración regional. Mientras que el TLCAN no tenía fecha de caducidad explícita, la cláusula de revisión del TMEC a seis años de su firma, deja hoy a México y a Canadá en un limbo.
Ante esto, hay que tener en claro que lo que se viene en los próximos meses no serán ocurrencias aisladas o las conocidas amenazas de Trump, sino la consecuencia de un cambio estructural en la forma en que Estados Unidos ha redefinido la relación entre comercio, industria y seguridad nacional.
El tratado llega a su primer corte en un contexto muy distinto al de 1994. Pese a que se han atribuido en gran medida las condiciones adversas de la revisión al impulso proteccionista de
Donald Trump, hay una capa más de fondo que funge como el argumento principal del momento actual: un cambio estructural en la política industrial estadounidense que no se veía en por lo menos cuarenta años, materializada tanto del lado Republicano como del Demócrata.
Durante décadas, Estados Unidos fue el evangelizador del libre comercio, operando bajo el entendido de que éste genera eficiencia, las cadenas de suministro globales son favorales y los tratados comerciales crean certidumbre de largo plazo. Con la llegada de Trump a la Casa Blanca se rompió ese paradigma mediante el uso de aranceles, nuevas reglas de origen, la securitización de la política comercial y la transición de China de socio económico a su principal rival estratégico.
Pero pocos recuerdan que fue el presidente Joe Biden quien institucionalizó esta política. Con el viraje demócrata en 2021 no regresa el libre comercio de la era pre-Trump. Biden entendió el momento político y fue quien terminó de impulsar una nueva política industrial estadounidense que, si bien no utilizaba el lema de America First, puso el foco en la reindustrialización del país por medio de subsidios, incentivos fiscales e inversión pública con el fin de reconstruir la base manufacturera estadounidense. Esto es importante porque la nueva política industrial tiene apoyo Demócrata. Eso significa que, gane quien gane en Washington, existe cierto consenso sobre la legitimidad de usar el poder del mercado estadounidense para disciplinar a socios y atraer inversión a su territorio, aunque las formas varíen.
Todos somos testigos de lo que siguió a partir del 2025: una política industrial agresiva, aranceles a diestra y siniestra, reglas de contenido local y la disposición de usar los tratados comerciales como palanca de presión. En lo que va del año, la administración Trump ha invertido directamente en sectores estratégicos que determinarán la próxima era: chips, baterías, autos eléctricos, defensa.
En ese nuevo marco, el escenario más probable no es la muerte del TMEC, sino su transformación silenciosa, de un tratado de largo plazo a, potencialmente, un contrato sujeto a exámenes periódicos.
Refrescar la memoria también implica recordar que la amenaza de salida del tratado no es una herramienta de presión novedosa, sino que fue clave en la negociación inicial. Condicionar la renovación periódicamente crea un estado de incertidumbre a modo que mantiene a socios, empresas e inversionistas reticentes sin detonar el caos que generaría una salida total. De hecho, este escenario no sólo le beneficia el Ejecutivo estadounidense, sino que la tensión administrada también es favorable para ciertas multinacionales y sectores estadounidenses. A comparación de sus contrapartes mexicanas y canadienses, se han habituado al uso de los mecanismos del tratado que, entre paneles y consultas, cumplen con el propósito de presionar a México y Canadá sin perder el marco básico de acceso al mercado.
En este sentido, la cláusula de revisión es un recordatorio de que, en la nueva política industrial de Estados Unidos, el acceso a su mercado ya no es un supuesto, sino un privilegio sujeto a evaluación continua y a concesiones fuertes. La historia de atracción de inversión que México vendía bajo el argumento de cercanía y certidumbre deja al país en una situación aún más endeble que el ya deteriorado panorama de inversión extranjera bajo el paraguas del T-MEC.
Durante años, vimos al tratado como un ancla, algo que nos fijaba a Norteamérica y nos protegía de vaivenes internos. Sin embargo, la reindustrialización estadounidense lo está convirtiendo en un espejo: cada revisión reflejará no solo nuestras exportaciones, sino también nuestras inconsistencias en seguridad, Estado de derecho y proyecto de país.
