Despertó el electorado y ejerció su voto para castigar a un ejecutivo que está muy lejos de cumplir sus promesas de campaña y que claramente está desconectado del sentir de la población. Mientras los ciudadanos requieren precios accesibles de los combustibles y la canasta básica, el de la Oficina Oval sigue obnubilado en construir monumentos de emperador romano: un altísimo arco del triunfo y un enorme salón de fiestas en la Casa Blanca.
Para que no hubiera duda de esa desconexión, su último acto de campaña fue justo en la fuente reflectante frente al monumento a Lincoln. La reparación de la fuente ha sido motivo de escarnio público, pues lleva meses que el constructor contratado sin concurso por la Casa Blanca simplemente no puede arreglarla.
Trump, quien como candidato en 2024 había demostrado alta sensibilidad a las demandas del elector, se olvidó por completo de la diosa electoral: la opinión pública.
El mandatario es víctima de su propia acumulación de poder. Nadie ni nada lo contradice. Su equipo, sin distinción, está compuesto de aduladores: “¡Sí, señor presidente, se hace lo que usted mande!”.
Exhortó a los electores, una y otra vez, a que lo pusieran en la boleta. Lo hicieron y lo reprobaron.
El revés electoral permite avizorar el final del túnel trumpista, que puso en jaque a la democracia como tal vez ningún otro de los mandatario en la historia del joven país vecino del norte.
El mundo y México no pueden cantar victoria. El tigre está herido y el Congreso opera con lentitud.
El mandatario acabará de fugarse al escenario internacional. Ya lo estaba haciendo en los últimos meses, pues, en el frente interno, los jueces federales sí le representaban un serio contrapeso. Lo frenaron en temas migratorios y arancelarios y, desde luego, en evitar que se abandonara el voto por correo.
Estará tentado a utilizar más fuerza para poner fin a la guerra de Irán. Habrá que observar qué tanto pesa el nuevo Congreso, en manos demócratas, para frenar el tratamiento con guantes de seda que le da la Casa Blanca a Vladimir Putin. En el tema geopolítico más importante, China, el nuevo Congreso seguirá apoyando el divorcio económico-comercial y la visión de que el gigante asiático es la mayor amenaza a la hegemonía global de Estados Unidos.
En el terreno bilateral, la tentación presidencial de ponerle un “hasta aquí” a un cártel mexicano estará más vigente que nunca.
En los temas migratorios y arancelarios, los demócratas en el Congreso no tendrán mucha efectividad.
Los recursos extraordinarios para el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) y la Patrulla Fronteriza ya están aprobados hasta 2029. De manera que ICE seguirá actuando con crueldad e impunidad. La revisión del T-MEC no será una prioridad demócrata ni se tienen los instrumentos desde el recinto legislativo para afectarla.
Pero también hay una nueva oportunidad para México en el nivel estatal y local. Los dos estados fronterizos que acaparan la relación bilateral por constituir la mitad del comercio y de la migración –Texas y California– serán gobernados por mexicoamericanos, Gina Hinojosa y Xavier Becerra.
Este es el momento de descentralizar la diplomacia de Sheinbaum; de ella misma iniciar una relación con ambos mandatarios, desde visitarlos e invitarlos a México hasta asegurar que tenemos cónsules tanto en Austin como en Sacramento que estén a la altura de la oportunidad. Estos requieren lograr un acceso rápido a los nuevos gobernantes y encabezar una relación estratégica.
En Estados Unidos, la fuerza del federalismo es mayor que en nuestro país. En muchos terrenos –migratorio, comercial y de manejo de la frontera– se puede tejer mucho con la autoridad estatal. Ese es el camino para que Sheinbaum acabe transformando la relación con el vecino. De una de amenazas y golpeteo a otra de socios respetuosos y estratégicos.
La democracia del vecino país acaba de dar un gran campanazo y México debe adecuarse sin dilación a los nuevos acomodos políticos.