Apuntes Globales

Paz en Irán: nuevos aliados de Estados Unidos

La paz lograda entre Estados Unidos e Irán tiene un marco de 60 días. Para muchos, se antoja un entendimiento frágil.

No fue la ONU o la OTAN, ni Francia o Alemania quienes se aliaron con Washington para lograr el memorándum de paz con Irán. Los países que destacaron fueron Pakistán y Qatar.

La negociación entre Washington y Teherán tuvo lugar en un nuevo escenario global. Ya no se trata de la Pax Americana, el paquete de gobernanza global constituido a través de las instituciones liberales de la post Segunda Guerra Mundial, como lo son la ONU, el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Hoy vivimos en un mundo bipolar sin estructuras ni reglas del juego claras. Uno de los polos, Estados Unidos, ha renunciado a ser el líder moral y el que subsidia a las instituciones de gobernanza global. China, el otro polo, aspira a desplazar a Washington en el plano económico y político, pero sin tomar sus responsabilidades planetarias.

La pregunta ahora es: ¿por qué Pakistán y Qatar? La respuesta: por su interés nacional y por su cercana relación con la Casa Blanca y Teherán.

El gobierno de Pakistán, en especial el jefe del ejército, Asim Munir, goza de una cercana relación con el presidente Donald Trump, la cual incluso ha afectado las relaciones entre el primer ministro de India, Narendra Modi, y Trump, pues Pakistán es enemigo jurado de India. Munir también mantiene excelentes lazos con la Guardia Revolucionaria Islámica, la poderosa rama de las fuerzas armadas iraníes. De esta forma, logró ser el principal interlocutor al arrancar las conversaciones del pasado 8 de abril entre Estados Unidos e Irán, lo que logró una paz de dos semanas y a la cual se sigue acogiendo la Casa Blanca.

Pakistán tiene frontera con Irán y una relación que se describe como “fraternal”. Además, es una potencia nuclear aliada a Occidente, en especial a Washington, pues fue el presidente George W. Bush quien aceptó tácitamente el estatus de Pakistán como potencia nuclear.

El día 16 de este mes, en la cumbre del G7, Donald Trump afirmó que para él “ha sido un verdadero placer trabajar con Qatar y la gente de Qatar”. Los calificó como exigentes y fuertes, y resaltó la cercanía geográfica entre ambos países.

En un revelador artículo, “The Doha Connection”, Shane Harris explica cómo y por qué Qatar jugó un papel tan relevante. Qatar, según Harris, es el país “mejor provisto” para mediar entre Teherán y Washington. Literalmente comparte con Irán el yacimiento de gas natural más importante del mundo, y la única salida de gas qatarí es el estrecho de Ormuz, que estuvo controlado y cerrado por Irán durante los últimos cuatro meses. Gracias a este recurso natural, los ciudadanos qataríes, solo 350 mil, gozan de uno de los ingresos per cápita más grandes del planeta.

Por otro lado, Qatar tiene una enorme dependencia de Estados Unidos para su seguridad. Alberga la base militar de ese país más grande en todo Medio Oriente y no escatima para quedar bien con quien despacha en la Oficina Oval. Un ejemplo de esto es el jet de 400 millones de dólares que le regalaron a Donald Trump en 2025, el cual ha sido uno de los mayores escándalos en lo que va de su segunda presidencia.

Esa fluida relación con el inquilino de la Casa Blanca le dio a Qatar mucha credibilidad con Irán, de manera que los negociadores de Qatar se han pasado los últimos dos meses volando entre Doha, Teherán, Washington, DC y Miami. Fueron ellos los que reactivaron las pláticas cuando se atoraron y los que ayudaron a cerrar el acuerdo esta semana.

Una característica de Qatar, me explica mi amigo y colega Francisco Marmolejo, quien dirige el programa de Educación en la Fundación Qatar, es que el país tiene un creciente papel como mediador global, marcado por un estilo discreto y efectivo. Ese país, señala Harris, ha convertido la industria de la mediación de conflictos internacionales en algo central, solo después de su producción de energía.

La paz lograda entre Estados Unidos e Irán tiene un marco de 60 días. Para muchos, se antoja un entendimiento frágil. En todo caso, el proceso a través del cual se logró nos revela que estamos en un nuevo esquema de gobernanza global, con nuevos actores y con formas y estilos menos institucionales y más personales.

COLUMNAS ANTERIORES

California: Becerra y el poder latino
Estados Unidos-China: la aspiración global de Xi 

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.