Apuntes Globales

Rostros migrantes en frontera norte

Es posible dividir el enorme flujo de migrantes llegando a la frontera sur de EU en dos grandes contingentes: los peticionarios de asilo y los que intentan entrar sin documentos.

“En la selva colombiana nos asaltaron –nos quitaron el dinero; gracias a Dios, no la vida–”. Haitiano estancado en Tijuana, esperando asilo en Estados Unidos.

El pronóstico de la Patrulla Fronteriza es que este año se romperán los récords de migrantes detenidos en la frontera entre México y Estados Unidos. En mayo el número de aprehendidos fue de 240 mil, una marca histórica.

Es posible dividir este enorme flujo de migrantes llegando a la frontera en dos grandes contingentes: los peticionarios de asilo y los que intentan entrar sin documentos. El primer flujo está compuesto básicamente por núcleos familiares y, el segundo, por varones jóvenes.

Los peticionarios de asilo son un flujo estancado. Llegan a la frontera y buscan un lugar de residencia. Muchos se quedan en albergues y desde allí inician un largo proceso, desde unos cuantos meses hasta uno o dos años. Hay un contingente dentro de este grupo conocido como MPP, es decir, retornados a México a esperar su proceso de asilo por los protocolos de protección segura. Los MPP son migrantes continentales. En su gran mayoría de Centroamérica. La Suprema Corte acaba de revisar esos protocolos y se calcula que pronto se extinguirán.

Al flujo de indocumentados lo llamo migrantes del siglo 20, pues esa era la composición durante todo ese siglo –varones jóvenes, mayormente mexicanos–. Este año el incremento de detenidos de nuestro país en relación con 2021 ronda 40 por ciento. Tres elementos explican este aumento.

Primero, la economía de Estados Unidos está demandando una enorme cantidad de mano de obra no calificada. Se solicitan empleados en todo tipo de changarros, restaurantes, supermercados, jardines y labores del campo. Segundo, la economía de México, a raíz de la pandemia, se contrajo aún más, por lo que la expulsión está presente. Y, finalmente, el Título 42, instaurado por la administración Trump en marzo de 2020, por motivos de salud, sigue vigente. Esta ley incentiva los cruces irregulares, pues quienes se internan son deportados en caliente sin generar un expediente biométrico. De manera que los migrantes intentan una y otra vez internarse.

Rostros migrantes en Tijuana

Poblano. Varón muy joven. Bien peinado, incluso engominado. Chamarra de piel nuevecita, tenis en buen estado y un bagpack.

-Tengo 19 años y me acaban de deportar. Vengo de Puebla-, dice.

-¿Cuánto te cobró el pollero y cómo es que sonríes?-, lo inquiero.

-Once mil dólares, pero aún tengo otras cuatro oportunidades-. Se sube con prisa a un coche, tal vez un Uber o un vehículo de su pollero.

Michoacana. “Me salí de California para ir a ver a mis papás. Desde hace ya siete años. Mis dos hijos mayores están en Los Ángeles con una prima. Vengo ahora de Lázaro Cárdenas. No es vida para mi hijo menor de tres años que está conmigo. Quiero llevarlo con sus hermanos. Estoy esperando asilo. Tengo 10 meses en el albergue”, comenta.

Se ha ganado fama de colaboradora. A leguas se le nota lo entrona. Mientras hablo con ella, cuatro mujeres, todas de Michoacán, se acercan curiosas.

“¿Es usted abogado?”, me preguntan. “Soy profesor”, las desilusiono al responderles.

Al lado de ellas, me llama la atención un hombre en sus 50. Bien ensombrerado al interior del albergue.

-¿También michoacano?

-No, de Tequila, Jalisco-, me dice.

Hondureña. Muy jovencita. Veintiún años. Tiene dos niñas, de tres y uno. Se retira el cubrebocas. Bonita; tez muy blanca. Espigada. Oriunda de Cortés, cerca de San Pedro Sula. La niña más pequeña descansa en una carriola portátil. La mamá viste leggings. Por su vestir y figura, bien podría ser una de las jóvenes madres que se pasean por los lujosos centros comerciales de San Diego.

-Mi mamá me denunció e intentó que me deportaran por maltrato familiar. La OIM me ayudó (Organización Internacional de las Migraciones). Eran mentiras para quedarse con mis hijas. Quiero ingresar a Estados Unidos y darles una mejor vida-, me comenta.

¿Quién podría adivinar que una jovencita así ha acumulado tantas historias y profundas penas?

Michoacana. Madre joven con ojos y tez claros. Tres hijos varones: 11, ocho y tres. Viene de Nueva Italia. Bien plantada y estilo deportista. Podría ser entrenadora de gimnasio. La directora del albergue me comenta: “Esta señora tiene una actitud de ayuda excepcional”.

-Espero asilo. Tengo un caso fuerte. Pruebas importantes de violencia familiar. Huyo de mi esposo que está con un cártel.

Su hijo mayor estaba en sexto año de primaria.

-Está muy adelantado. Las maestras del albergue le dicen que es el más audaz-, dice.

-¿Qué deporte te gusta?-, le preguntó. Me contesta el de ocho, rápido: basquetbol. Lleva en el albergue cuatro meses. Una organización estadounidense, al otro lado, lleva su caso.

Haitiano. Hombre joven y jovial. Se defiende en español. Salió de su país hace más de siete años. Trabajaba en la construcción. Fue dura la salida y la llegada a Brasil. Salió casado y sigue con la misma, subraya. Tiene ya dos niñas nacidas en Brasil y un niño en camino.

Extracto. Lea la versión completa en: www.elfinanciero.com.mx

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