Hoy viernes 18 de junio, 23 mil trabajadores mexicanos de maquiladoras en Tijuana, sin visa para entrar a Estados Unidos, habrán recibido la dosis única de la vacuna Johnson & Johnson contra el Covid-19 en la garita fronteriza de San Ysidro, la más transitada en los 3 mil 200 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos.
Este esfuerzo fue posible gracias a un modelo sofisticado de cooperación regional transfronteriza. Las vacunas fueron donadas por el condado de San Diego. Administradas en la frontera por personal médico de la Universidad de California, San Diego (UC San Diego Health). El sector privado de Baja California convocó y coordinó a las empresas interesadas en que sus trabajadores, quienes son parte de la cadena productiva binacional, recibieran la vacuna.
Todo gracias al liderazgo del cónsul general de México en San Diego, embajador Carlos González Gutiérrez y a su eficiente equipo de colaboradores.
Es un caso de una frontera que nos une: un desparrame positivo entre ambos países. En San Diego sobran las vacunas; según datos del condado, 100 por ciento de la población objetivo mayor a 12 años ha recibido al menos una dosis. En Baja California continúan escasas.
Carlos González Gutiérrez, en afán de transparencia mi amigo de ya algunas décadas, quien tiene un récord probado de extraordinario desempeño consular tanto en Sacramento, California, como en Austin, Texas, aprovechó su credibilidad para echar a andar su imaginación y creatividad. Diseñó dos relevantes actividades transfronterizas para fomentar la salud regional durante el estado de emergencia: encuesta de Covid-19 y pruebas y vacunación en la frontera.
Se tomó una muestra representativa de mil 126 personas en las ciudades de Tijuana, Mexicali y Ensenada a las que se le aplicaron pruebas de Covid-19 y un cuestionario. Los resultados de la encuesta permitieron conocer los niveles de la enfermedad en Baja California, un dato esencial para que la frontera vuelva a la normalidad, pues ha estado cerrada parcialmente desde marzo de 2020. Esto ha causado una seria depresión económica y malestar social. Por ejemplo, los tijuanenses y los mexicalenses están impedidos de gozar la vecindad con San Diego y Calexico, respectivamente, como lo han hecho toda su vida.
La vacunación transfronteriza, explica mi colega profesora de medicina de UCSD, Linda Hill, requería resolver cuatro temas: tener vacunas; brazos, es decir, las personas que serían vacunadas; un equipo médico que aplicara las vacunas; y finalmente, el sitio para realizarlo.
Las vacunas las donaría el condado de San Diego. Una vez que la oferta de dosis disponibles fue mayor que la demanda, el consulado solicitó la donación de vacunas a la Agencia de Salud y Servicios Humanos del condado. El jefe, doctor Eric McDonald, accedió a apoyar a esta causa con una donación piloto de 10 mil dosis y posteriormente a continuó proveyendo de vacunas durante el tiempo que duró este programa.
Los brazos por vacunar serían los de trabajadores de maquiladoras subsidiarias de empresas estadounidenses, ubicadas en Tijuana. El consulado contactó a los líderes empresariales de Tijuana y les propuso un programa de vacunación para su personal. Trabajadores esenciales a quienes les llegaría tarde la vacuna, pues en su mayoría son jóvenes y, desde luego, carecen de visa y de los recursos financieros para venir a vacunarse a Estados Unidos, como lo hacen otros connacionales. Directores y dueños de las maquiladoras se organizaron y ordenadamente empezaron a llevar a sus trabajadores, desde el 24 de mayo pasado, a la garita de San Ysidro.
El equipo de vacunación sería el de UC San Diego Health. El antecedente es importante. Nuestro rector, Pradeep Khosla, no había escatimado esfuerzo alguno para desplegar toda la capacidad de su potente escuela de medicina para realizar una de las campañas de vacunación más exitosas en todo Estados Unidos. Por ejemplo, convirtieron el parque de beisbol de los Padres de San Diego en el mayor sitio de vacunación de toda la ciudad, una maquinaria eficiente que administraba hasta 7 mil dosis diarias.
En síntesis, el consulado aprovechó la disposición y experiencia del equipo médico de UCSD para aplicar las vacunas. Si bien éstas fueron donadas, la aplicación sí tuvo un costo administrativo, en especial el pago de los seguros para llevar a cabo una actividad así. El costo de cada vacuna fue abonado por las maquiladoras directamente a la universidad, por lo que este esfuerzo no costó un solo dólar a los bolsillos del contribuyente estadounidense.
Finalmente, el sitio de vacunación se instaló en la garita de San Ysidro, gracias al apoyo de la agencia encargada de mantener el orden en la frontera y de quien forman parte los 21 mil elementos de la Patrulla Fronteriza, Customs and Border Protection (CPB). Al arrancar la prueba piloto me comentó Carlos González Gutiérrez, con su característica sensibilidad, que los trabajadores de las maquilas vienen con su uniforme, sin celular y muy asustados a lo que para ellos es zona cero, las instalaciones de la Patrulla Fronteriza.
Hay buenos pronósticos para que este ejercicio se repita y se multiplique a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Una frontera que evidencia que puede ser punto de encuentro entre dos vecinos cercanos.
Nadie está a salvo hasta que todos estemos seguros es el mantra global para lograr acabar con el coronavirus. En la región del sur de California y del norte de Baja California, conocido como Calibaja, nos lo hemos tomado en serio y estamos siendo ejemplo, no sólo en nuestra frontera, sino para el mundo entero.