Un señor, un hombre íntegro y un taurino ejemplar, culto, estudioso, trabajador y con la capacidad de mostrar sabiduría con palabras precisas en los momentos adecuados. Valoró el silencio en el toreo, cualidad escasa en el mundo del toro, donde la vanidad y la soberbia se ciegan ante la esencia y la raíz de esta forma de vivir, de ser y de entender la vida a través del toro.
Don Antonio Vázquez, apoderado brillante, excepcional veedor de toros, interesante conversador y uno de los pocos hombres que mantuvieron el honor de ser buenos taurinos, llevando ese privilegio con elegancia y discreción, sin necesidad de alardear en absoluto.
Hermano del maestro Curro Vázquez, apoderado de Pablo Aguado junto a su hijo Fran, con quien firmó una temporada 2026 brillante. El abrazo cuando Pablo Aguado entró al callejón maestrante tras haber cortado una oreja a su segundo ejemplar en la pasada Feria de San Miguel, tras bordar el toreo, tras contar su historia con la muleta en el dorado albero, fue conmovedor. Lágrimas de hombres que miran a diario a la muerte a los ojos.
La tragedia ferroviaria del miércoles 28 de octubre en Urda, Toledo, se llevó a don Antonio. El toreo llora el último paseíllo de un gran hombre.
Mentiría si dijera que tuve una amistad con él. Sabía yo quién era, lo que significaba para el toreo su presencia y la importancia de la sapiencia torera, de campo y de plaza, de un hombre cuyas cualidades todos debíamos absorber.
Me bastaron un par de encuentros con él, breves, sinceros y de enorme profundidad taurina.
Me permito contarle el primero de ellos. Don Antonio apoderó un tiempo a Fermín Espinosa Armillita IV, en aquel entonces muy joven y recién alternativado. Toreó Armillita IV en la Plaza México y no tuvo una tarde afortunada; la verdad es que su lote no fue bueno y el público lo trató de manera injusta e incluso con cierta crueldad.
Esa tarde estaba yo comentando la corrida para la televisión; sentía la impotencia ante el maltrato al diestro, al que le cobraban su carrera novilleril plagada de privilegios y mimos, si es que en el toro los hay. Con el micrófono tapé algunas dudas del diestro cuando la tarde lo desbordó; entendía yo la situación, el lote, el trato injusto y el posible futuro del torero.
Al otro día, en Toros Sol y Sombra, de Canal Once, profundicé en mi comentario, sin defender lo indefendible, pero manifestando que al torero, esté como esté, hay que respetarlo y que las formas son fondo en el toreo.
La mañana del martes recibí una llamada; sin conocer el número, decidí contestar al ver el +34, número español: supuse que no sería ni un extorsionador ni un call center, interprételo usted como quiera.
Al teléfono estaba don Antonio, quien me saludó respetuoso. Tras brindarle mis respetos, comenzamos a hablar. Yo lo había saludado en un par de ocasiones nada más; sabía perfectamente quién era y su importancia, y él, como gran profesional que era, seguro sabía quién era el comentarista.
Tras comentar brevemente la corrida del domingo, se detuvo y me agradeció mi postura tanto en la transmisión como en el programa taurino. “Le agradezco su sensibilidad”: nunca lo olvidaré. No fue necesario hablar más; ha sido uno de los comentarios que más me han llenado sobre mi trabajo.
Con esa llamada dimensioné al hombre y al taurino. Hablamos brevemente en una ocasión posterior, en la Feria Nacional de San Marcos; yo hubiera querido tomar un café y escucharlo durante horas hablar de toros.
Un abrazo a Fran, su hijo, quien, estoy seguro, honrará a su padre como apoderado y taurino; al maestro Curro y al matador Pablo Aguado. Mi solidaridad a todas las familias de las víctimas de esta tragedia.