Cinco Villas es una plaza de toros, un cortijo privado propiedad del aficionado Luis Marco Sirvent, un hombre exitoso en los negocios en México y en España, un apasionado de la tauromaquia que disfruta torear, hacer empresa, ayudar y sumar siempre que pueda a esta cultura.
Ubicado en Texcoco, a una hora de la CDMX, este complejo taurino es una joya que sorprende al momento en que uno cruza el portón de entrada. Por más de una década, la familia Marco se ha dedicado a dar fiesta en Cinco Villas; comenzaron dando novilladas sin picadores de máxima categoría, por las que desfilaron nombres como Juan Pablo y Juan Pedro Llaguno, los Adame, Héctor Gutiérrez, Isaac Fonseca, Emiliano Osornio y muchos más; y en cuanto a matadores de toros, figuras de aquí y de allá han toreado en el albero —sí, albero traído desde Sevilla—. Lo han hecho algunos a puerta cerrada, otros en festivales y, más recientemente, en corridas de toros de postín como la que gozamos el domingo pasado, con un cartel internacional de máxima categoría.
También hay que decirlo: el medio taurino, que a veces parece autodevorase, en algún tiempo abusó de la bondad, generosidad y pasión de la familia Marco, lo que provocó que Cinco Villas desapareciera de los eventos públicos y se mantuviera para que sus amigos gozaran de torear. Pero el tiempo y el toro, que sabios son, le han devuelto con creces su afición.
Don Luis, su señora esposa Lucero —una dama encantadora— y su grupo de profesionales, encabezados por dos matadores de toros, Luis Gallardo y Talín, se han convertido hoy en una pieza importante en el engranaje taurino nacional.
Ante el atroz cambio de reglamento taurino impuesto por el mal gobierno de la CDMX, encabezado por la señora Brugada, cuya obsesión por los ajolotes y su naquísimo gusto han convertido esta ciudad en un mercado sobre ruedas, inundado de puestos ambulantes, de piratería y de un rampante resentimiento hacia lo que es México: su despilfarro en pintura —sin entender ni saber que el amarillo de los puentes es por seguridad— es el nivel de ignorancia de quienes gobiernan la capital; lo mismo hicieron con los toros. Urge que se vayan.
En fin, decía yo: ante la inactividad taurina en la Plaza México, Cinco Villas es una opción formidable para vivir la experiencia de una corrida de toros.
Obvio, el aforo no tiene nada que ver; no son comparables una con la otra en ningún sentido. Pero hoy asistir a Cinco Villas a una de estas corridas de toros que están montando es una experiencia gratificante por muchos motivos: está cerca de la CDMX, tiene amplio estacionamiento dentro del complejo y es gratuito; la plaza y los jardines están impecables; hay venta de comida previa; con ciertas restricciones, se permite el acceso al tendido con viandas; los baños están limpios; los asientos son cómodos y sumamente amplios; puntualidad, rigor, corridas muy bien presentadas, silencio durante la lidia —salvo los gritones que terminan por ser molestos—, la música suena maravillosamente, y si ya de remate los toros embisten, es una experiencia memorable.
El domingo se jugaron siete de Los Encinos, bien presentados: dos toros buenos, dos regulares y tres faltos de fondo. Sebastián Castella tuvo en su primero una actuación como hacía mucho no le veía: reposado, templado, con ritmo y suavidad en su toreo y buen gusto. Gran faena premiada con una oreja. Su segundo y el regalo no sirvieron.
El Payo estuvo con su habitual prestancia y profundidad en su toreo. Pero esta tarde me transmitió cierta desgana; no lo vi enfibrado. Nos regaló pinceladas de máxima categoría, pero sin rematar la tarde.
Diego San Román, quien viene arrasando en la temporada mexicana y cuyo valor conocemos de sobra, me sorprendió gratamente con su primer toro: un buen ejemplar de Los Encinos al que cuajó desde el capote, toreando despacio, con suavidad, pasándoselo muy cerca como siempre, pero con mucho ritmo y, por ende, profundidad. Una oreja que para mí eran dos. Su segundo, un marrajo que solo se defendió.