La Fiesta Está Viva

En estado de gracia

Morante de la Puebla es un hombre tocado por la mano de Dios, con la bendición de nacer y desarrollar insuperables condiciones como torero.

El 16 de abril de este año será recordado dentro de los anales del toreo como una de las tardes de mayor emoción, plenitud y libertad creativa de parte del que considero el torero más importante de la historia por distintas razones.

Morante de la Puebla es un hombre tocado por la mano de Dios, con la bendición de nacer y desarrollar insuperables condiciones como torero. El momento que vive es el clímax de una vida entera dedicada a formarse y desarrollarse como torero, tal como él entiende y concibe el toreo dentro y fuera del ruedo.

Como todo artista supremo, ha padecido la incomprensión de profesionales y público, pero lo que muchos veíamos desde hace ya tres décadas ha llegado: la supremacía del toreo en cuanto a la capacidad de ejecutarlo y expresarlo por medio de la interpretación de la narrativa histórica del arte de lidiar toros.

Morante nos ha ofrecido crónicas vivas de suertes antiguas, de toreo clásico, sobre piernas o de gran quietud, adaptándose a cada toro y dando rienda suelta a su creatividad basada en el inmenso conocimiento cultural, técnico y expresivo del toreo.

El jueves pasado, en el oval albero de la Maestranza, el de la Puebla creó una atmósfera de felicidad plena, de júbilo ante su inventiva y repertorio. Su valor, base del toreo y de su tauromaquia, ha permitido que su toreo roce lo inverosímil, la sorpresa, el júbilo del espíritu de quien ocupa un lugar en el tendido; y gracias a la televisión, quienes tuvimos la oportunidad de sentir, al ritmo de sus muñecas, su ritmo corporal que parece fundirse con el toro.

En 2023 cortó dos orejas y rabo en la Maestranza y se pensaba que había alcanzado su clímax. Lo fascinante es que desde entonces todo ha sido aún más intenso, para bien y para mal. Dijo adiós en épica tarde el 12 de octubre en Madrid, para volver apenas este mes, el Domingo de Resurrección, y provocar el delirio colectivo, incluso por momentos desordenado.

Morante es tan grande que el jueves 16 de abril hubo de organizar el éxtasis que hoy provoca en el ruedo y fuera de la plaza. Ordenó la lidia cubriendo los tres tercios ante un noble toro de su amigo Álvaro Núñez del Cuvillo. Largas de pie pegado a tablas, lances en el tercio en los que, desde la intención y composición corporal para presentarle el capote al toro, ya se adueñan del alma; los dos primeros tiempos del lance son fantásticos. La estética y potencia visual de su toreo de capote nos deja sin palabras y nos eleva a emociones difíciles de explicar.

Cubrió el segundo tercio: el primer par, correcto, midiendo distancias y embestida. El segundo fue un homenaje al tercio de banderillas, de Joselito el Gallo hasta el maestro Esplá, pasando por Gaona, Arruza, Dominguín, Liceaga, Paquirri. Clasicismo, elegancia, ritmo y cadencia para asomarse al balcón, sacar los brazos desde abajo en la cara del toro y dejar en la memoria un soberbio par de banderillas. Para cerrar el tercio, pidió una silla del palco de ganaderos. La colocó en el tercio, se sentó, cruzó la pierna y revivió una imagen de tal torería que ha dado la vuelta al mundo, evocando la suerte de hace más de un siglo. Se arrancó el toro, le hizo el quiebro; el toro lo tenía cogido y fue la silla la que provocó que el toro siguiera con su embestida sin hacer presa del torero. Euforia, emoción, sorpresa, júbilo y la felicidad contagiada a todos por igual.

Lo de la muleta ya fue apreciado con lágrimas —me incluyo—. Suavidad, variedad, cercanía sin amontonar. Hubo un natural de 360 grados, un vals, máxima expresión del toreo actual y de la bravura del toro, ligado con un molinete invertido sobre piernas que nos hizo viajar, en dos segundos, cien años atrás.

No hubo espada, no hubo orejas; hubo toreo, hubo arte, hubo felicidad.

Ayer toreó de nuevo. Difícil superar lo hecho, pero para el Maestro no lo fue sorprender de nuevo. Gran faena a su primero, de dos orejas en mi opinión, una para el presidente. Su segundo toro le hirió. Dolorosa cornada. Así el toreo: del éxtasis al sufrimiento, como la vida misma.

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