La Fiesta Está Viva

Ronda

La Real Maestranza de Ronda, plaza de toros con más de 230 años de haber celebrado su primera corrida de toros, es el centro de atención de la ciudad y su paseo turístico.

Alrededor del mundo del toro existen plazas y monumentos que no sólo son recintos, son verdaderos íconos de una manera de entender la vida, el pasado, el presente y el futuro. Enclavada en la sierra de la provincia de Málaga se encuentra Ronda, ciudad rodeada de olivares, donde el tiempo se ha detenido, donde el orgullo de sus raíces se levanta estoico en muros encalados sobre los acantilados.

La Real Maestranza de Ronda, plaza de toros con más de 230 años de haber celebrado su primera corrida de toros, es el centro de atención de la ciudad y su paseo turístico. Inmaculada, señorial y con personalidad propia, recibe al taurino y no taurino sin tapujos, mostrando lo que ha sido, lo que es y lo que será, por siempre. El recorrido está diseñado con impecable museografía, los corrales, toriles, patios y espacios externos son de elegante austeridad y sobriedad, no sobra nada, no falta nada, como reflejo exacto de su época, donde la vida era simple pero no sencilla, donde el toro era el eje de lo cultural y las fiestas populares.

La ingeniería de la época —eficiente a la fecha—, las cuerdas y contrapesos para abrir y cerrar puertas, los espacios y proporciones, dejan en claro la ergonomía de entonces. Paso a paso el recorrido te lleva a otros tiempos, de la mano, con suavidad y la magia de lo sagrado.

La ansiedad y entusiasmo con el que los turistas se van o nos vamos, introduciendo al recinto, va en aumento, sin embargo se va templando el alma. No es un efecto único en mí, que como se imaginará, mi vida son los toros, lo noté en algún colega turista de huarache de plástico, camiseta futbolera, chapas a tope por los 40 grados e idioma nórdico; conforme nos íbamos acercando a la puerta que conduce al callejón, se percibe que traspasando esos tablones horizontales, montados en sólidos tramos de piedra serrana, gruesa en su arquitectura y armónica en su función, ahí, a escaso medio metro, el espacio es sagrado.

Ningún niño corre, los adultos caminan con respeto, los nórdicos presienten que ahí la vida adquiere sentido cuando se encuentra con la muerte. Lo humano se conecta, no hay banalidad, hay realidad.

El ruedo es inmenso: 66 metros de diámetro, su tendido rematado con arcadas de aquella época adorna y embellece la sobriedad externa del monumento. Así como levantaron los moros durante ochos siglos la belleza más intensa del sur hispano, de puertas para dentro, así la Real Maestranza de Ronda espera que estés en su centro, en sus entrañas, para mostrarte lo que realmente es y lo que significa esta ciudad para la cultura de la tauromaquia.

De Pedro Romero a Antonio Ordóñez, ahí los toreros no van a pasar escrutinio, ahí se llega o por lazos de sangre o por méritos en los ruedos. Septiembre se viste goyesco, Ronda es el epicentro taurino, año con año torear en Ronda es el aval de la torería. Empresarios, profesionales y aficionados suelen estar de acuerdo en quién torea y por qué. No se viaja en el tiempo, el tiempo viene a Ronda, el colorido, la moda, las maneras y el toro.

Los mejores, sólo los mejores, reviven lo que habrá sido la pasión de otros tiempos. En los últimos años Morante ha asumido, como muchos otros aspectos, el peso histórico del toreo. A él lo soñó Goya, él sueña con Goya.

El rejoneo de igual manera ha sido parte del testimonio en el tiempo, Pablo Hermoso y Diego Ventura han revivido sensaciones de aquellos rondeños a caballo por la serranía malagueña.

Observando la Real Maestranza de Ronda se descubren detalles, símbolos de la región, arquitectura del tiempo y la atemporalidad de lo eterno. Para ejemplo, la cenefa entre escalones de la escalera que conduce a las gradas superiores es una narrativa maravillosa de la época. La cerámica que con arte y lujo de detalle los moros incrustaron en el sur de España en palacios y salones para la posteridad, su evolución histórica se ve plasmada en esta cenefa pintada a mano y perfectamente mantenida.

Al salir de la Real Maestranza el corazón ha comprendido Ronda. El Puente Viejo y El Puente Nuevo, obras de ingeniería y arquitectura maravillosas de otra época, confirman la importancia de conectar para entender, conocer para respetar y vivir con un sentido.

Ahora sólo falta vivir una corrida in situ y que se lo pueda yo narrar en este espacio.

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