La Fiesta Está Viva

Silveti

Dinastía con cuatro generaciones de toreros que han dado lustre a la tauromaquia mundial, combinando de manera real la idiosincrasia del mexicano.

Apellido ilustre en México. Dinastía con cuatro generaciones de toreros que han dado lustre a la tauromaquia mundial, combinando de manera real la idiosincrasia del mexicano. Valiente y atrevido, artista y sensible. Más de un siglo ante los toros, escribiendo con sangre y valor el sentir de un pueblo, donde la vida no vale nada, donde se danza con la muerte para enaltecer la vida y ésta se goza al límite bajo los valores del respeto.

El peso e importancia de la dinastía merece un libro, esta entrega semanal no pretende, absurdo sería, englobar más de un siglo taurino, las distintas tauromaquias de las cuatro generaciones representadas en cinco toreros: “Juan sin miedo”, “El Tigre”, El Rey David”, Alejandro y Diego, como matadores de toros.

Me enfocaré en el menor y actualmente el matador en activo con la honra de llevar el apellido Silveti por los ruedos del mundo. Diego Silveti nació torero, no hay que ser genio para saberlo. Ahora bien, ser un torero de esta dinastía conlleva una responsabilidad aún mayor al hecho de ser torero, que de suyo ya es una vocación sólo para elegidos. Entender y vivir la vida a través de expresar sus sentimientos ante un toro que puede matar, al que se ama y venera, por el que sacrifican infancia, vida social y miles de horas en sueño, no es para cualquiera.

La grandeza en esta dinastía es la libertad de expresión artística bajo una sola premisa: conocer a fondo y respetar la liturgia del toreo, la profesión y el toro.

Diego se fue a formar a España, su carrera novilleril fue planeada con inteligencia y la experiencia de tres generaciones anteriores. Los contactos y el apellido sin duda abrieron por primera vez la puerta; el talento, trabajo y entrega a esta vocación son los que la mantienen abierta.

Al México taurino nos estremeció la muerte de su padre, el maestro David se fue y todos nos quedamos con el vacío terrible de poder haber hecho más, siempre se puede hacer más. Cuando apareció Diego en la escena taurina, cultural y social en México, fue la clara oportunidad de resarcir nuestro dolor, demostrarle al “Rey David” nuestra más profunda admiración por su toreo, por su tauromaquia y por su apellido.

Bien preparado llegó Diego como novillero y se presentó con máxima categoría en Juriquilla, una apuesta fuerte por parte del apoderado en ese momento y hombre clave en la carrera de Diego, el sevillano José María Garzón. Quien apuesta fuerte, gana fuerte, y Diego se puso en los cuernos de la luna desde novillero. Nos robó el corazón y sanó el dolor con su temple, su valor y su esencia torera.

Regresó a España y tomó la alternativa con la vitola de triunfador, con categoría cerró el primer capítulo de su historia, la de novillero. Diego era en ese momento un “artículo taurino” apetecible para empresas y público. Vino a México y confirmó en la gran plaza. Entrega, valor, sello y una reminiscencia nostálgica a su padre lo colocaron en la cumbre. Ojo, nada ha sido gratis, ni fácil. Llegaron los triunfos, los carteles de polendas, las fechas soñadas y el dinero.

En el toro el único y mejor juez es él. La juventud se vio arrollada por la velocidad del ascenso. El toro le presentó a Diego su mirada oscura. Con los grandes triunfos vinieron tardes complejas. El público exigió y parecía dar la espalda; pero así como el público y el toro parecen crueles sinodales, siempre esperan, siempre están ahí y siempre marcan los tiempos que a veces los mortales no entendemos.

Aferrándose a los valores y la ética taurina de su apellido, Diego no sucumbió, tampoco traicionó su esencia. Se sumió en una profunda introspección, cruel, dura y exigente a las que los artistas se someten por el hecho de ser artistas, es necesario para ellos cuestionarse. Sufrir para gozar, llorar para reír.

Los tiempos de Dios y del toro son perfectos. Vino la pandemia y Diego es hoy el torero que quiere ser. La soledad, los cinqueños en el campo, el miedo sin aplauso, la prueba real a la vocación sin el aval del público, le han otorgado la posibilidad de vivir su mejor momento como torero.

Al tiempo, lo del domingo en Monterrey cortando dos orejas a un gran toro de Arroyo Zarco es sólo un indicio del Diego Silveti que tenemos en cuadrillas para enaltecer aún más esta gran dinastía.

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