Pedro Salazar

Seis reflexiones preelectorales y un colofón

La suma de voluntades a través de las urnas configuran y construyen la institucionalidad que busca fusionar la igualdad política con las libertades amplias.

Primero. Confío en el Instituto Nacional Electoral. Lo hago porque conozco la normatividad que lo rige y la manera en la que –no sin algunas decisiones discutibles– la han acatado las personas que adoptan sus decisiones. También y, tal vez sobre todo, porque el próximo domingo acudiré a mesas de casilla organizadas por mis vecinos y serán ellas y ellos quienes contarán mis votos. En lo fundamental, la organización electoral en México es ciudadana y eso me da confianza. En contrapartida repudio las insinuaciones de fraude y rechazo –con genuino temor– a las voces que hablan de ‘aniquilar’ o auguran que las instituciones electorales deban ‘morir’. Esos discursos empatan en su lógica fascista con las agrupaciones de ‘autodefensa electoral’ que han cambiado a las camisas negras por camisetas blancas. Fascismo puro y duro.

Segundo. Desconfío de la Fiscalía para la Atención de los Delitos Electorales porque, aunque aprecio y respeto a su titular, ha mostrado afinidad política con el gobierno y su partido y animadversión con sus opositores. Ambas actitudes contradicen su misión y función institucional. Tratándose de una institución de impartición de justicia especializada se requiere –y se espera– particular autonomía e imparcialidad. La desmemoria cuesta y puede salir muy cara.

Tercero. No confío en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Desde que algunos de sus integrantes aceptaron beneficiarse con una reforma que amplió su mandato –y que anticipa al artículo transitorio que prolonga el mandato del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y las y los consejeros de la judicatura– dicho tribunal ha mostrado sumisión obsequiosa con el gobierno en turno. Sus pleitos internos, la desconfianza entre sus integrantes, la retórica de su presidente, los excesos presupuestales –viajes, comidas, autos blindados– son la antítesis de la ética y compostura que debe caracterizar a un tribunal constitucional. Temo que tendremos que lidiar con las decisiones que emanen de su descompostura.

Cuarto. Iré a votar con convicción democrática. Estoy convencido que la suma de voluntades a través de las urnas configuran y construyen a la institucionalidad que produce el mejor resultado en la amalgama que busca fusionar la igualdad política con las libertades amplias. Así que no faltaré a mi cita con las urnas ni despreciaré al ejercicio electoral con el desánimo pandémico que aqueja a muchas personas en México. Votar es un derecho, un deber y una oportunidad. Votaré porque estoy consciente de que existen personas y poderes que pretenden que dejemos de votar en libertad.

Quinto. Tomaré en cuenta las lecturas más frescas de estos días para definir mi voto. Que será libre y secreto. Releeré, por ejemplo a Paulina Barrera Rosales en Animal Político, para descartar las ideas del “falso mesías” (The Economist) y del “gran caudillo” (El Soberano) como vectores orientadores de mi elección. Dejaré de lado el peso del personaje que nos gobierna –como ella misma propone– para ponderar propuestas legislativas, perfiles de candidatos y programas de gobierno (en mi caso, de alcaldía). El mío será –valga la obviedad– solamente un voto pero será razonado y ponderado. Es un lujo que puedo darme y me daré.

Sexto. No seguiré, aunque valoro y respeto, las coordenadas que proponen iniciativas como mivotoutil.mx o el Manifiesto por la República, la Democracia y las Libertades. Conozco y respeto a muchas de las personas que los emitieron y promueven, pero se trata de esfuerzos que articulan reclamos y agendas claramente opositoras al gobierno en turno. Es legítimo, se vale y es positivo en un contexto democrático. Faltaba más. Pero, por el momento, me coloco en otra arista. No votaría ni votaré por el partido en el gobierno –nunca lo he hecho– pero tampoco convocaría a que otros lo hicieran. Mis razones son más generales que concretas, más atemporales que coyunturales, más racionales que emotivas: desconfío del poder y de quienes lo detentan.

Colofón: Los conservadores son centralistas, promueven la personalización de la política y detestan los contrapesos al poder cuando están del bando que gobierna. Eso dice la literatura, la historia y la experiencia. Los liberales son promotores de la distribución y limitación del poder –lo tenga quien lo tenga–, buscan institucionalizar los equilibrios y límites a los poderes –división, separación, autonomías, etcétera– y, ante todo, observan con suspicacia a las personas que piensan que el futuro depende de su existencia, presencia y prestancia.

Soy un liberal de esos.

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