Enfermar y recibir atención médica, tener tiempo para cuidar a una hija o un hijo recién nacido, llegar a la vejez con una pensión digna después de toda una vida de trabajo. Son certezas que, cuando tenemos la fortuna de contar con ellas, nos permiten tomar decisiones, planificar y mirar el presente y futuro con menos miedo.
Eso, y nada menos, es la seguridad social.
Cada uno de esos derechos tiene historia. En 1906, los mineros de Cananea, en México, se organizaron para exigir mejores salarios y condiciones de trabajo. La huelga fue reprimida violentamente. Un año después, en Chile, miles de trabajadores de las minas de salitre llegaron a Iquique para reclamar una vida más digna. El 21 de diciembre de 1907, las fuerzas armadas dispararon contra quienes se encontraban reunidos en la Escuela Santa María manifestándose pacíficamente.
Aquellos hitos no acabaron de inmediato con las injusticias que los motivaron, pero sus demandas ayudaron a abrir caminos. En México, la Constitución de 1917, en su artículo 123, reconoció derechos como la jornada máxima de ocho horas, el descanso semanal, el salario mínimo, la organización sindical y la huelga. En Chile, la tragedia de Iquique marcó un precedente para el despertar del movimiento sindical organizado, decantando en los derechos que hoy conocemos.
Conmueve pensar que muchas de las cosas que hoy damos por sentadas fueron, alguna vez, las aspiraciones de personas que no sabían si alcanzarían a verlas convertidas en realidad. Lo que hoy nos protege es herencia de quienes nos antecedieron, y a nosotros nos corresponde cuidarlo y preguntarnos cómo hacer que llegue a quienes todavía están fuera.
Pero el camino está lejos de terminar. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 46.7% de las personas ocupadas en América Latina y el Caribe trabaja en la informalidad. Por su parte, la CEPAL señala que las mujeres dedican entre 22 y 42 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, dependiendo del país. Son desigualdades que siguen condicionando las oportunidades de millones de personas.
¿Cómo aseguramos una pensión a alguien que pasa años entre empleos informales y trabajos temporales? ¿Cuál es la forma de garantizar oportunidades laborales reales a una mujer que cuida?
Con el propósito de construir respuestas a preguntas como estas, hoy presentamos Ruta Continental, la Escuela Latinoamericana de Liderazgos en Seguridad Social, una iniciativa de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social para formar a nuevas generaciones interesadas en promover y ampliar estos derechos.
Las juventudes son una población particularmente vulnerable, sin ir más lejos, la desocupación laboral de este grupo en el 2025 era de un 11.3%, casi el triple de la presentada por los adultos, de un 4.1%, en el mismo periodo. Esto responde a diversos factores, siendo el desconocimiento de sus propios derechos uno de ellos.
La buena noticia es que en toda América Latina hay jóvenes que ya están haciendo mucho por sus comunidades, participando en organizaciones estudiantiles, sindicatos, colectivos de cuidados, instituciones públicas y comunidades rurales e indígenas. Jóvenes que conocen de cerca los problemas de sus territorios y tienen experiencias e ideas que merecen encontrarse.
Eso es algo que entusiasma especialmente de Ruta Continental: acercar el conocimiento especializado a quienes viven los desafíos día a día, porque construir buenas políticas públicas requiere tanto de rigor para crear soluciones como de sensibilidad para comprender la realidad.
Es relevante también que esta conversación se dé entre países, porque una mujer colombiana que enfrenta los retos de la jubilación, un joven argentino que estudia y busca oportunidades, un estudiante mexicano que comienza su vida laboral y un chileno que acaba de perder el trabajo, pueden tener realidades diferentes, pero quienes vivimos en Latinoamérica compartimos desafíos.
Cuando éramos más jóvenes y comenzábamos a involucrarnos en los asuntos públicos, nos habría encantado encontrar un espacio como Ruta Continental: nos entusiasma pensar que hoy nuevas generaciones tendrán esa oportunidad y que, desde distintas miradas y rincones de América Latina, podrán encontrarse para imaginar y construir juntas.
En honor a quienes, hace más de un siglo, imaginaron una vida distinta a la que les había tocado vivir y cuyas aspiraciones se han convertido en derechos que nos acompañan, emociona pensar que las juventudes que hoy comienzan a organizarse, aprender y construir juntas, también están sembrando las semillas de una América Latina mejor para hoy, y para las generaciones que nos precederán.
