Plaza Viva

Tomasa, Bentham y el tamaño de nuestra democracia

Me pregunto: ¿qué responsabilidades tenemos frente a seres capaces de experimentar dolor, miedo y apego? Las últimas semanas han traído esa conversación a la palestra de forma brutal. Una cachorra asesinada a golpes en la Ciudad de México o el caso de Rocky, el perro arrastrado por una camioneta en Coahuila, que indignó a todo el país.

“Los animales no se equivocan / Los animales nunca se equivocarán / Son portadores de la sinceridad del Cosmos”.

Ases Falsos

He tenido una de las mayores suertes en años: adopté (¿o sería mejor decir “me adoptó”?) a Tomasa; una perrita mestiza que, a sus dos meses, está cambiando mi vida para mejor y llenándome a diario de mordiscos en mis manos y piernas.

El fenómeno psicológico conocido como “efecto Baader-Meinhof” habla de cuando descubres algo nuevo y de pronto empiezas a verlo en todas partes. Generalmente, no se condice con un suceso real en el mundo, sino que con un cambio en tu atención. Y bueno, desde que Tomasa llegó a casa, pienso con más frecuencia en los animales y en lo que sienten. Me descubro preguntándome qué estará soñando cuando mueve las patas mientras duerme o qué intenta decirme cuando me mira fijamente.

Y entonces vuelvo una y otra vez a una pregunta formulada por uno de los padres del pensamiento liberal moderno, Jeremy Bentham: “La cuestión no es: ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?”.

La historia de las democracias ha consistido en ampliar quién tiene derechos políticos, sí, pero también trata sobre ampliar quién merece consideración por parte del Estado. Primero fueron los hombres propietarios, después las mujeres, infancias, personas con discapacidad y grupos históricamente excluidos. Hoy esa frontera comienza a extenderse hacia los animales.

Entonces me pregunto: ¿qué responsabilidades tenemos frente a seres capaces de experimentar dolor, miedo y apego?

Las últimas semanas han traído esa conversación a la palestra de forma brutal. Una cachorra asesinada a golpes en la Ciudad de México o el caso de Rocky, el perro arrastrado por una camioneta en Coahuila, que indignó a todo el país.

Hace apenas unas décadas, probablemente estas historias habrían ocupado unas cuantas líneas en la sección policiaca. Hoy generan investigaciones penales e indignación colectiva.

Yo crecí en los años noventa, en una época en que las mascotas dormían en la azotea, comían alimentos de baja calidad, rara vez iban al veterinario, casi nadie las sacaba a pasear y, en general, eran vistas como animales útiles, pero difícilmente como miembros de la familia.

Eso cambió: hoy los animales ocupan un lugar afectivo crucial, celebramos sus cumpleaños, nos preocupamos por su salud emocional y muchas veces se convierten en una de las presencias más importantes de nuestra vida cotidiana.

Y eso da cuenta de un cambio cultural que la ciencia respalda. En 2024, cientos de especialistas en neurociencia, comportamiento animal y ciencias cognitivas firmaron la Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal, sosteniendo que existe un sólido respaldo para afirmar que muchas especies poseen experiencias conscientes y que el sufrimiento probablemente está mucho más extendido en el reino animal de lo que pensamos.

Cuando cambia el conocimiento, también cambian nuestras obligaciones. Y México entendió eso. En el 2024 la Constitución incorporó la protección y el bienestar animal: la educación deberá fomentar el respeto hacia los animales; el Estado quedó obligado a garantizar su protección, y el Congreso recibió el mandato de expedir una Ley General en la materia.

Las leyes no bastan. Los casos antes mencionados demuestran que la distancia entre la norma y la realidad aún está muy marcada.

Precisamente por eso importan las instituciones. La Ciudad de México ha fortalecido su política de bienestar animal mediante campañas masivas de esterilización, clínicas veterinarias públicas, nuevas capacidades para investigar el maltrato y el fortalecimiento de la Brigada de Vigilancia Animal. Otros estados también han comenzado a crear fiscalías y ministerios públicos especializados.

Y en la misma línea, diversas investigaciones muestran que convivir con animales de compañía puede mejorar distintos indicadores de bienestar psicológico. Los animales son parte de nuestras redes de cuidado.

No podemos, entonces, limitarnos a únicamente aumentar las penas para quien golpea un perro, sino que necesitamos construir una política pública integral de bienestar animal. Una que eduque desde la infancia en la tenencia responsable; facilite la atención veterinaria; fortalezca las instituciones encargadas de investigar el maltrato; apoye a los municipios en el manejo ético de los animales abandonados y que entienda que proteger a los animales es, sin duda, hacia donde debemos avanzar.

Las instituciones tienen una responsabilidad, pero nosotros también. Si estás pensando en integrar un animal a tu familia, adopta, esteriliza, vacuna, identifica y cuida. Tener un perro o un gato no es un acto de consumo, sino un compromiso que puede durar quince años o más. Y si eres testigo de un caso de maltrato, denúncialo.

Hoy escribo estas líneas como ciudadano, sí… pero también como papá de Tomasa.

Ella no sabe qué dice la Constitución ni quién fue Jeremy Bentham. Lo único que sabe es confiar. Y esa confianza es un recordatorio de que una sociedad verdaderamente civilizada no sólo se reconoce por el respeto que tiene hacia las personas, sino también por la responsabilidad con la que ejerce el enorme poder que tiene sobre quienes dependen completamente de ella.

COLUMNAS ANTERIORES

El buen y el mal votante
México campeón

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.