El 11 de septiembre de 2001 cambió para siempre el curso de la historia contemporánea. Los atentados perpetrados por Al Qaeda contra las Torres Gemelas de Nueva York, el Pentágono y el vuelo 93 dejaron cerca de 3,000 muertos y desencadenaron la mayor transformación de la política internacional desde el final de la Guerra Fría. Hoy, veinticinco años después, el mundo que surgió de aquella tragedia es radicalmente distinto, pero la sombra de esas torres todavía nos alcanza.
Durante casi dos décadas, la llamada “guerra contra el terrorismo” dominó la agenda global. Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001 para derrocar al régimen talibán que daba refugio a Osama bin Laden, su antiguo aliado y la mente maestra detrás del ataque más mortífero en suelo estadounidense.
Más tarde vino la invasión de Irak en 2003. En conjunto, ambos conflictos costaron billones de dólares, miles de vidas estadounidenses y cientos de miles de víctimas en Medio Oriente. Sin embargo, el retiro definitivo de Afganistán en agosto de 2021 simbolizó el cierre de una era: Occidente dejó atrás la ambición de reconstruir naciones mediante ocupaciones militares prolongadas.
La consecuencia más visible de ese cambio es que el terrorismo dejó de ser el eje central de la política internacional. Hoy la prioridad estratégica de Washington ya no son Al Qaeda o ISIS, sino una competencia encarnizada con China y Rusia. Los presupuestos militares se orientan cada vez más hacia inteligencia artificial, ciberseguridad, sistemas espaciales, drones, armas hipersónicas y poder naval en el Indo-Pacífico. La rivalidad entre grandes potencias ha sustituido a las guerras contrainsurgentes que definieron los primeros años del siglo XXI.
También cambió la forma en que los Estados entienden la seguridad. Después del 11-S surgieron el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, la Ley Patriota y mecanismos de vigilancia sin precedentes. Los extenuantes y exhaustivos controles y filtros en los aeropuertos, las revisiones biométricas y el monitoreo de pasajeros con herramientas tecnológicas se convirtieron en parte de la vida cotidiana. Dos décadas y media después, la principal preocupación ya no son únicamente los atentados directos, sino los ataques cibernéticos capaces de paralizar redes eléctricas, sistemas financieros, procesos electorales o infraestructuras críticas.
Otra transformación profunda es la aparición de un mundo multipolar. A principios de siglo, Estados Unidos ejercía una supremacía prácticamente indiscutida. Hoy, potencias intermedias como India, Turquía, Arabia Saudita y Brasil actúan con agendas propias, negociando simultáneamente con Washington, Pekín y Moscú según sus intereses nacionales. El sistema internacional ya no gira alrededor de un único centro de poder, aunque la administración Trump despliegue su manto hemisférico.
En este contexto surge un fenómeno particularmente relevante para México y que nos recuerda que la agenda contra el terrorismo no está completamente sepultada. Estados Unidos ahora equipara la amenaza de los cárteles de la droga con la del terrorismo internacional. La designación de organizaciones criminales mexicanas como grupos terroristas refleja una evolución conceptual derivada directamente del 11-S. Lo que antes se entendía como delincuencia organizada transnacional ahora es visto por amplios sectores de Washington como un desafío a la seguridad nacional.
Las declaraciones recientes del secretario de Estado Marco Rubio ilustran esa visión. Rubio afirmó que existen “vastos territorios” en México controlados por organizaciones del narcotráfico y sostuvo que, aunque el Gobierno mexicano ha realizado más esfuerzos que en el pasado para combatirlas, estos siguen siendo insuficientes. También insistió en que los cárteles representan una amenaza directa para la seguridad estadounidense debido al tráfico de drogas, personas y el uso creciente de drones en la frontera.
Paradójicamente, hace apenas un año el mismo Rubio destacaba el nivel de cooperación bilateral alcanzado entre Washington y Ciudad de México. El cambio de tono demuestra hasta qué punto la seguridad se ha convertido en el eje dominante de la relación bilateral. Para Estados Unidos, la lucha contra los cárteles forma parte de la misma lógica estratégica que surgió tras los atentados de 2001, que consiste en neutralizar amenazas antes de que crucen sus fronteras.
A veinticinco años de la caída de las Torres Gemelas, el mundo ya no vive bajo la sombra exclusiva del terrorismo global. La atención se ha desplazado hacia la competencia entre potencias, las amenazas digitales, los riesgos que entraña la Inteligencia Artificial para toda la humanidad y los desafíos de un orden internacional fragmentado.
Sin embargo, el legado del 11-S permanece intacto. Aquella mañana no solo colapsaron dos edificios emblemáticos de Nueva York. También se redefinió irreversiblemente la manera en que los Estados entienden la seguridad, el poder y las amenazas. Ese es el mundo en el que nos toca vivir.
SOTTO VOCE
Luego de 181 semanas en El Financiero. Este espacio de reflexión, análisis e información se cierra tras la lamentable partida de Óscar Mario, la voz con un estilo diferente.
