A diferencia de lo que analistas consideraron, de nada sirvieron los grandes golpes al crimen organizado, ni la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Nueva York para presenciar la final de la Copa del Mundo, ni tampoco tratar de mediar y capotear la tormenta ante el amago de Donald Trump de imponer aranceles.
El presidente de EU fue bastante directo y claro aun antes de llegar a la Casa Blanca en este segundo término. Lo dijo en su campaña, en octubre de 2024: aranceles es mi palabra favorita en el diccionario. Y lo cumplió.
Desde que asumió la presidencia de su país en enero de 2025, el magnate ha ido impulsando un aumento de impuestos a las importaciones como estrategia de negociación en la que siempre sale ganando. Ahora, para evitar un vacío legal y continuar con su plan tras un revés propinado por el Tribunal Supremo de EU -que echó para atrás los aranceles que impuso en abril del año pasado-, Trump aprovecha la coyuntura y anuncia nuevas tarifas de 10 por ciento. Justo cuando negocia el T-MEC con México, su principal socio comercial, el mandatario estadounidense se sienta en la mesa con la espada arancelaria desenfundada y poniendo a nuestro país contra la pared.
La consecuencia más inmediata para México no es un golpe arancelario directo, porque el T-MEC sigue protegiendo hasta a un 85 por ciento de las exportaciones mexicanas. La verdadera amenaza es la incertidumbre. Los nuevos aranceles muestran que la administración Trump seguirá utilizando la política comercial como instrumento de negociación y presión justo cuando se discute el futuro del acuerdo más importante para la economía mexicana,
México enfrenta este escenario en una posición particularmente vulnerable. Más de 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense. Tan solo durante los primeros cuatro meses de 2026, el intercambio comercial entre ambos países superó los 317 mil millones de dólares. Las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos ascendieron a casi 189 mil millones de dólares, reflejo de una integración económica que difícilmente puede sustituirse en el corto plazo.
Por eso los nuevos aranceles no deben analizarse únicamente como un impuesto a las importaciones. Son una señal política. Washington busca llegar a la revisión del T-MEC desde una posición de fuerza. Las discusiones sobre reglas de origen, contenido regional, manufactura automotriz y cadenas de suministro estratégicas estarán condicionadas por la amenaza permanente de nuevas barreras comerciales.
A este complicado escenario se suma otro factor: la crisis en Medio Oriente y la confrontación con Irán. La incertidumbre geopolítica ha impulsado los precios internacionales del petróleo y elevado la volatilidad de los mercados. Aunque México podría beneficiarse temporalmente de mayores ingresos petroleros, el efecto general es negativo. Un petróleo más caro incrementa los costos logísticos, alimenta la inflación y reduce el crecimiento global, afectando precisamente a las economías exportadoras como la mexicana.
La amenaza más seria no es un arancel de 10 por ciento. Es la posibilidad de que la revisión del tratado derive en nuevas restricciones permanentes para sectores clave de la economía mexicana. La combinación de proteccionismo estadounidense, incertidumbre jurídica, tensiones geopolíticas y desaceleración económica global con el nuevo escenario que tenemos en frente.
SOTTO VOCE
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