Al menos en su fase más visible, la Guerra en Irán pareciera haber terminado, pero los resultados distan mucho de la narrativa triunfalista que intenta imponer la Casa Blanca.
En una entrevista en Fox News esta misma semana, el presidente Donald Trump aseguró que el nuevo liderazgo iraní es “bastante razonable” e insinuó que se registró un cambio de régimen.
Sin embargo, la realidad es terca y parece moverse en sentido contrario.
Es evidente que lejos de debilitar al sistema político iraní, los 40 días de bombardeos estadounidenses e israelíes han fortalecido a los sectores más duros del régimen fundamentalista, en particular al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, la estructura militar e ideológica más poderosa del país.
En Irán, a diferencia de lo que dice el presidente de Estados Unidos, no se vive una transformación política, lo que ocurrió fue una sustitución dentro del mismo entramado de poder.
La llegada del ayatolá Mojtaba Jamenei, tras la muerte de su padre al inicio del conflicto, simboliza continuidad antes que una profunda ruptura.
Analistas consideran que en el mejor de los casos puede hablarse de un cambio de liderazgo, pero no de una mejora del sistema ni mucho menos de una transición democrática.
La guerra no desmanteló al régimen; lo endureció.
El error estratégico es que Washington se metió a la boca del lobo sin medir la capacidad organizativa de un aparato que funciona al mismo tiempo como Estado, ejército ideológico y red económica.
La Guardia Revolucionaria no es un actor convencional; opera con lógica de guerrilla, con estructuras descentralizadas, redes regionales y capacidad para responder indirectamente mediante aliados.
Ese tipo de enemigo no se derrota con bombardeos quirúrgicos ni con operaciones de corto plazo.
Al contrario, los ataques externos suelen reforzar su legitimidad interna bajo la narrativa de resistencia nacional.
El resultado ha sido paradójico. A pesar de la destrucción y la eliminación de funcionarios, el régimen iraní salió envalentonado.
Demostró que puede alterar el comercio global, presionar los mercados energéticos y provocar aumentos en los precios del combustible en Estados Unidos.
Es decir, logró convertir su debilidad militar relativa en una herramienta geopolítica. La guerra, lejos de aislarlo, confirmó su capacidad de disrupción.
Esto no significa que el régimen goce de apoyo popular. Diversas estimaciones señalan que hasta 85 por ciento de la población iraní rechaza al sistema de los ayatolás.
Pero ese descontento no se traduce automáticamente en una caída del poder. La historia demuestra que los regímenes autoritarios con estructuras militares cohesionadas pueden sobrevivir décadas pese al rechazo social.
Pretender que un bombardeo externo desencadene una revolución interna es desconocer la complejidad de estos sistemas.
El problema central es que no hubo un cálculo realista del desenlace. Derribar al régimen implicaría una operación prolongada, ocupación territorial o fractura interna de las élites, escenarios que Washington nunca estuvo dispuesto a asumir.
En cambio, se optó por una intervención limitada que generó daño material, pero no alteró el equilibrio político interno. Peor aún, permitió que los sectores más radicales consolidaran su control.
Además, el conflicto reconfigura el equilibrio regional. Un Irán más radicalizado y con mayor protagonismo militar incrementa el riesgo de choques indirectos en Líbano, Siria, Irak y el Golfo Pérsico, donde Teherán mantiene redes de influencia.
La guerra que buscaba contener al régimen podría terminar expandiendo su capacidad de presión, al obligarlo a jugar en múltiples frentes y a reforzar su estrategia asimétrica.
En ese escenario, la victoria declarada por Washington se vuelve frágil, mientras el costo político y económico del conflicto continúa acumulándose.
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