Trópicos

Los dos rostros de México

México es un lugar donde los políticos son forajidos, y no ideólogos o estadistas. Su palabra anidada en el inconsciente es ‘permanencia’.

Después de la inauguración del Mundial de Futbol en la Ciudad de México, quedó claro que hay dos Méxicos: el que ha creado una historia llena de pasión, magia e íconos indiscutibles de unidad que nos dan sentido, y el que han creado nuestros soberbios políticos, cuna de impresentables forjadores de riquezas personales a cambio de la manipulación de la gente.

El 11 de junio se volvió a reflejar al México solidario, protector de los símbolos y valores que nos dan certeza nacional, nos identifican soberanos y bajo una pertenencia muy definida con todo lo que implique ello, desde forjar la paz en todos los rincones, trabajar honradamente y prosperar individual y familiarmente. Nos hacía falta, después de hilvanar problema tras problema (que siguen presentes), para desahogarnos con gritos de alegría bajo un común denominador, una selección que nos representa.

Por un lado, la pasión alrededor del futbol redefinió la radiografía profunda del mexicano: con su fiesta exquisita y sus abrazos extendidos sin instituciones que nos contengan. El mundo de la ocurrencia y la felicidad en cada momento, pues somos expertos en crear e improvisar y en vivir como nadie los suspiros más explosivos.

Pero por el otro, nos golpea otra realidad, la que está sujeta a la imposición de un sistema de partidos manipulado y controlado, cuyas piezas del ajedrez político buscan cooptar el poder a como dé lugar. Son perversos sobrevivientes al amparo del negocio de la política. Subsistir es su mandamiento, porque si lo hacen, se toparán con presupuestos ilimitados que les llegarán en automático para posicionar sus ranchos, negocios y familia.

México es un lugar donde los políticos son forajidos, y no ideólogos o estadistas. Su palabra anidada en el inconsciente es “permanencia”, porque es lo que les abre las puertas al enriquecimiento por el que tanto esperaron, se humillaron y subordinaron: ese es su fin, y para ello, son expertos en crear los medios adecuados, no importa si éstos están plagados de corrupción, impunidad o traiciones.

Por eso un día dicen una cosa y al día siguiente otra. Prometer en campaña es lo más fácil, e incumplir las promesas cuando gobiernan su deporte favorito; quien lo haga mejor será el sobreviviente, muchos se exponen demasiado por vanidad y los descubren; otros se esconden en los pantanos y nadie los ve, pero no logran escalar. La mentira es otra de sus verdades, por eso los problemas, sexenio tras sexenio, se acumulan. El pasado jueves vimos en diversas avenidas protestando a las madres buscadoras, a maestros y estudiantes, a sexoservidoras y otras víctimas de violencia o injusticia en México. El otro México.

También nos dimos cuenta de que las y los mexicanos no estamos divididos, pero sí nos han intentado dividir entre buenos y malos, con esos gigantescos aparatos de propaganda ideológica, porque los políticos saben que con esa división se instaura la máquina para manipular al electorado y hacerles creer que deben votar por el bien y no por el mal. Por supuesto, quienes gobiernan son los buenos, hasta que las insostenibles mentiras los llevan al cadalso.

Cuando López Obrador llegó al poder, esa propaganda se instauró como nunca en el México moderno. Puso una línea divisoria entre la sociedad buena y la mala. Persignaba a quien le apoyaba, y vituperaba a quien le criticaba. Y entre su luz y su sombra, sometió a medios de comunicación, empresarios, partidos políticos, instituciones del Estado, países, intelectuales, universidades, profesionistas, etc. Y así fue creando una estela a modo de los virtuosos y los apestados. Paralelamente, logró que la sociedad mexicana tuviera que decidir entre qué bando pertenecer y defender bajo su mantra.

Lo normal sería que la sociedad siempre esté unida para defenderse precisamente de los poderes del Estado, vía los procesos democráticos. No obstante, su fabricada división ha funcionado para manipular a una sociedad subjetiva y engatusada; se le sesgó la libertad de criticar a sus gobernantes. Pero ese mecanismo siempre tiene un límite y, al parecer, ya está cayendo, nuevamente, el telón de los mentirosos.

Ahora que la sociedad se unifica a partir del mayor evento (por cierto) neoliberal, donde hasta la “izquierda” baila el son que les toca la FIFA, las y los mexicanos se están sacudiendo la división que intentan imponernos nuestros gobernantes en cada juego de futbol de nuestra selección.

México es un país de contradicciones, y mientras los partidos políticos se frotan las manos a la espera de las siguientes elecciones, es decir, de su siguiente botín, los partidos de futbol encienden la unidad nacional, o acaso ¿usted siente suyos los logros de los legisladores, gobernadores o presidentes mientras mudan de partido, para seguir alimentándose del presupuesto, ellos y sus familias? Lo curioso es que están los otros partidos, los de futbol, que con sus goles alimentan más la felicidad de los mexicanos.

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