Trópicos

El dilema de Sheinbaum en el Mundial

El nombre de México resonará en los 5 continentes y una pregunta será recurrente: ¿dónde está la presidenta de México, mientras se canten los himnos nacionales, se presenten a las autoridades, se griten los goles? Señales vacías.

La presidenta Claudia Sheinbaum tomó una decisión controversial que jugará en el campo de la política al no asistir a la inauguración del Mundial de Futbol en el estadio Ciudad de México el próximo 11 de junio.

No es una obligación participar en dicho evento, pero sí reviste un importante grado de autoridad y liderazgo el que participen los mandatarios anfitriones de la mayor justa deportiva, un evento que acaparará la mirada de todos los sectores de la sociedad mundial con una fuerte carga de expectación, emoción y morbo. El nombre de México resonará en los 5 continentes y una pregunta será recurrente: ¿dónde está la presidenta de México, mientras se canten los himnos nacionales, se presenten a las autoridades, se griten los goles? Señales vacías.

A simple vista, pareciera ser que la presidenta está perdiendo una oportunidad de oro para mostrarse como una líder regional. Los mundiales tienen ese efecto, el de posicionar al país como un modelo de estabilidad, desarrollo y oportunidades; no le otorgan la organización a cualquier bandera, tienen que ser naciones competitivas.

Pero en la visión de Claudia Sheinbaum, es mejor jugar a la defensiva, con línea de cinco defensas, y resguardarse en las inmediaciones de su área chica, en su zona de confort, y así no arriesgar su investidura, es decir, participar desde el patio de Palacio Nacional: el Zócalo capitalino.

¿Cuál de los dos efectos tendrá mayores repercusiones en la investidura presidencial: el hecho de que no asista a la inauguración del Mundial de Futbol para evitar una rechifla monumental (no se entiende otro motivo a su inasistencia), o que su ausencia genere un vacío simbólico al ser la única mandataria entre las copas del mundo modernas que no haya participado en la máxima justa deportiva?

Ambas realidades serán noticia; la pregunta es cuál será más contraproducente, la rechifla o la descortesía… una descortesía, no sólo a la selección nacional y a los mexicanos, a los organizadores y patrocinadores, sino también al presidente rival, el sudafricano Cyril Ramaphosa, quien ya confirmó su presencia, por supuesto, quien aprovechará la gran ventana para mostrarse ante el mundo, aunque pierda esa tarde.

En la mañanera del lunes pasado, Sheinbaum confirmó por enésima vez su cancelación, a pesar de que ha recibido a los máximos dirigentes de la FIFA en Palacio Nacional, con toda y la marca refresquera que patrocina el evento; recordemos, además, que también fue al sorteo en Washington, es decir, ha formado parte de los coros y parafernalias de los organizadores, por eso es que se ha convertido en un debate noticioso su decisión de ver el partido inaugural desde el Fan Fest en el Zócalo y no desde el coloso de Santa Úrsula.

Prefirió el control milimétrico que le preparará su equipo de seguridad y logístico para preparar las fotos con el pueblo y después ser publicadas en medios y redes sociales; la campaña mediática la deben estar aceitando con lujo de detalle. Prefiere la foto controlada al público embravecido. Y es que se sabe que los asistentes al estadio Ciudad de México serán en su mayoría clase media y alta, capitalinos críticos de Morena, que jugarán fuerte en las elecciones de 2027 por quitarle a la “izquierda” el control de la CDMX.

Es un cálculo político del cual no se sabrán los resultados hasta que pase el día inaugural, pero la apuesta ya está echada. Sin lugar a duda, la presidenta está tomando una decisión a contracorriente, pues recordemos que, desde los mundiales de la época moderna, siempre han asistido los presidentes, reyes, cancilleres o primeros ministros.

En México (1970) asistió el presidente Gustavo Díaz Ordaz; en Argentina (1978) lo hizo el dictador Jorge Rafael Videla; en España (1982), participó el rey Juan Carlos I; nuevamente en México (1986), Miguel de la Madrid hizo lo suyo (quien fue abucheado durante la inauguración y por ello quizá Sheinbaum lo está usando de referente); en Estados Unidos (1994), Bill Clinton incluso se atrevió a pronunciar un mensaje en la ceremonia inaugural en Chicago.

Ya en el nuevo siglo, en Corea y Japón (2002) asistieron el presidente surcoreano Kim Dae-jung y el primer ministro japonés Junichiro Koizumi; en Alemania (2006) cantaron los himnos el presidente Horst Köhler y la canciller Angela Merkel; en Sudáfrica (2010), no desaprovechó la oportunidad Jacob Zuma; en Brasil (2014), un país todo futbol, sabía que tenía que asistir Dilma Rousseff; en Rusia (2018), el calculador Vladímir Putin supo que era su momento; y en Qatar (2022), el emir Tamim bin Hamad Al Thani consideró que una nueva oportunidad de estas dimensiones difícilmente les volverá a tocar en el mediano plazo.

Ahora es el turno de México, por tercera vez dentro de la historia de los mundiales. Y lo único que sí es seguro es que Claudia Sheinbaum pasará a la historia como la presidenta que no asistió a la inauguración del mundial. El tiempo, ya se encargará de darle, o no, la razón.

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