El año que nace traerá consigo una velocidad vertiginosa. Si 2023 se fue rápido, este año se vaticina, lo será más, pues estará cargado de importantes hechos que trascenderán en México y el mundo.
El calendario trae dos fechas sustanciales para nuestro país. El 2 de junio y el 1 de octubre. En la primera, se celebran las elecciones más grandes en México desde que se implementó el voto universal y un modelo electoral como fuente central de nuestra democracia.
La segunda es cuando, pase lo que pase en esa elección, se despida Andrés Manuel López Obrador de la silla que tanto anheló. Lo es, porque guste o no, construyó una imagen política sin igual en la historia reciente de México, aunque deje un legado incierto, sin resultados contundentes, y cuyas promesas de campaña aún están en el aire.
El 2 de junio se juega la elección presidencial, entre muchas otras estatales, legislativas y municipales. Esto significa que, o se mantendrá un movimiento político que busca disminuir los poderes del Estado y concentrarlos en sí, que es pragmático, y que desde hace mucho dejó de ser de izquierda; o bien, regresaría al poder el pasado político, bajo siglas partidistas que han acumulado un desprestigio sistemático e incapaz de amalgamar un proyecto renovado.
Lo más seguro es que muchas mexicanas y mexicanos se encontrarán, nuevamente, ante la disyuntiva de votar por la candidata ‘menos mala’, la que engañe mejor, la que actúe con la sonrisa adecuada. Ambas opuestas, paradójicamente, tienen muchos rasgos en común… máxime ahora que vemos con mayor ímpetu el ‘chapulineo’, o ese intercambio de políticos de un movimiento a otro, como si fueran piernas en el mercado del futbol.
Las dos fechas se conjugan porque el 2 de junio repercutirá de manera significativa en cómo sucederá el acto, simbólico y político, del 1 de octubre. ¿Se imagina usted si gana la candidata del PRIAN? ¿Lo permitiría López Obrador? ¿Sería capaz de entregarle la banda presidencial a Xóchitl Gálvez? Si triunfa la oposición, en ese momento la intención de AMLO de pasar a la historia como un transformador quedaría en automático enterrado, su futuro personal y como ese político de época que quiere patentar, se acabaría.
No obstante, sucedería todo lo contrario si gana su pupila, su réplica, su apuesta al todo o nada, Claudia Sheinbaum. En ese momento, el 1 de octubre será la consecuencia de una serie de actos que pretenderán revestir, amplificar y fortalecer al líder, y a un movimiento que (si logra el control absoluto del Congreso de la Unión) podrá modificar las estructuras del poder y la institucionalidad del Estado, para buscar perpetrar su extraño (o perverso) modelo político.
Por lo pronto, los juegos del poder ya se hicieron ver en este 2024, y a pesar de los negativos de ambos bloques, la oposición logró su primer triunfo político al lograr juntar los votos suficientes en el Congreso de la Ciudad de México, contra la reelección de la ya exfiscal, Ernestina Godoy.
La oposición dio un manotazo en la Ciudad de México, un bastión en disputa que generará otra lucha electoral encarnizada, al mostrar su músculo político, pero también electoral, ya que esa mayoría de diputados serán los principales activos para buscar atraer el voto y quitárselo al debilitado Morena, que desde 2021 quedó herido al perder la mayoría del voto, lo cual se vio reflejado en el gobierno de las alcaldías, que la mayoría de ellas quedaron en manos del PRIAN.
Pero esto es sólo un ejemplo de lo que estamos por ver. Una serie de eventos de alto impacto mediático, que harán de nuestros días, un verdadero tetris de alta velocidad, que serán factor decisivo para que las balanzas políticas se equilibren hacia alguna de las protagonistas.
El presidente López Obrador no sólo sueña con una especie de reelección bajo el mandato de Claudia Sheinbaum, sino en obtener mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y de Senadores, y así realizar las reformas constitucionales que le permitirían controlar prácticamente todas las instituciones. Esto significaría estar viviendo en un periodo oscurantista donde el destino del país dependerá de lo que disponga un solo hombre y no los equilibrios de poderes e instituciones que una democracia fuerte exige.
Por otro lado, la oposición sueña con arrebatarle la Presidencia, y regresar a una silla que dejaron ir por los altos niveles de corrupción e ineptitud, que cuando gobernaron esparcieron por todos lados. Todo apunta a que regresaremos a esa fútil forma de pensar, de votar por la “menos mala”, por quien mejor sonría, por quien mejor mienta.